
La mujer era sin duda muy bella, aunque un gesto de preocupación apenas imperceptible afeaba su frente. Vestía provocativamente, luciendo un más que apreciable escote que hubiera sido el blanco de todas las miradas de no ser porque se encontraba sentada a una mesa de póker dentro de un pequeño antro de juego. Los jugadores no se fijan en eso, parecen estar programados únicamente para jugar. Yo diría que no les importa tanto ganar como jugar, porque un jugador nunca gana lo suficiente como para abandonar el juego.
Todo aquello me hizo recordar la noche en que yo misma lo perdí todo por una mala jugada. Me gustaría decir que aquello ocurrió en Las Vegas, o Montecarlo. O incluso en el Gran Casino de Madrid. Pero el lugar donde lo perdí todo era una pequeña ciudad de levante, tan vulgar e insignificante de la que solamente diré que su nombre comienza por B.
Yo entonces era joven, bella y estaba acostumbrada a que todos me llamaran princesa. Parecía imposible que las cosas fueran a irme mal.
Pero una mala racha hizo que todas mis pertenencias fueran desapareciendo una tras otra bajo el pestilente olor a sobaco de un tipo demasiado sudoroso que yo tenía enfrente.
Tres malas manos seguidas me hicieron sentir un buen presentimiento y en la siguiente mano decidí ir a por todas. Pero aquella vez solo me tocó una pareja de doses en el reparto.
«Debería abandonar»
«Pero si no arriesgas, no ganas.» Dijo una voz a mis espaldas
Uno siempre escucha esa voz antes de caerse por el precipicio, suele venir de alguien que no tiene nada que perder.
«Voy.»
«No tienes ya nada que apostar.»
«Tengo… tengo un hombre»
«Vamos. Sabes que no se pueden apostar personas.»
«Calla –dijo el hombre sudoroso– no estamos hablando de personas, sino de sentimientos. Si pierde, su sufrimiento será tan grande que puede ser interesante. »
Los hombres a su alrededor asintieron murmurando. El sufrimiento es una moneda de cambio muy golosa para algunas personas.
«Aceptamos tu hombre como apuesta, preciosa.»
Me descarté con la confianza de ligar alguna mejor jugada, pero el destino se había empeñado en verme perder aquella noche.
Y perdí.
De nada me sirvieron mis encantos aquella noche. Terminé sin nada de lo que tenía cuando hube entrado por la puerta de aquel antro, unas horas antes.
El hombre sudoroso reía obscenamente mientras recogía sus ganancias. Cuando uno pierde siempre hay alguien que se alegra por ello. Como el vencedor de la batalla se alegra sobre el vencido, o cuando uno encuentra la moneda que otro pierde, o cuando la esposa se da cuenta que su hombre ha abandonado por fin a su amante, y regresa al hogar.
«Y ahora… ¿Qué puedo hacer?»
«Hay un acantilado a un par de kilómetros de aquí. A algunos les da por arrojarse y terminar así todo. Otros van al bar y buscan la manera emborracharse. A ti no te será difícil encontrar alguien que te pague las copas hasta amanecer con una polla en la boca, en cualquier rincón de la ciudad, o si tienes suerte, en una cama.»
«¿Esas son mis opciones?»
«También puedes volver a casa»
«No tengo casa. Lo único que tenía era un hombre y lo he perdido»
«Bueno. Piensa que de haber tenido tenido casa la también la hubieses perdido. Reconoce que no sabes cuidar bien tus cosas.»
Aquel hombre tenía razón, pero en aquel momento no me importaba nada de todo eso. Cuando uno nota como su culo ha golpeado el suelo, pasa un tiempo tan desorientado que no sabe hacia donde tiene que salir.
«¿Vas a ayudarme? »Pregunte desesperada, tratando de agarrarme a cualquiera que me ofreciera su ayuda.
«No.»
«Lo suponía. »
En algún momento había perdido mi condición de princesa. Ahora era solo una puta mas.
Apuré las últimas caladas de mi cigarro y me acerque a la mujer de arrugas en la frente.
No vayas, reina. Pensé. Pero no le dije nada.
Ella arriesgó y lo perdió todo. Con mirada vacía y desesperada, muy parecida a mi propia mirada en aquella mesa de juego de B. preguntó.
«Y ahora… ¿Qué puedo hacer?»
Como todo gesto humanitario, tendí un cigarro a aquella dama que acababa de perderlo todo bajo la risa inmisericorde de su propio tipo sudoroso y grasiento.
«No… no fumo.»
«Sólo por esta noche -le dije-. Fumar es malo para la salud. Pero sólo para eso. »
Ella aceptó mi ofrecimiento y se levantó de la mesa lo más dignamente posible.
«Uno nunca debe apostarlo todo cuando solo tiene una pareja de doses -le dije antes de llegar a la barra del bar en la que pasaríamos toda la noche.
«¿Cómo sabes que era esa mi jugada?»
Me encogí de hombros sin añadir nada más.
Cuando la noche terminó, las dos estábamos demasiado borrachas y demasiado cansadas para pedirnos el numero de móvil, y nunca más la volví a ver.
Aunque no importa porque para encontrarme con alguien igual, lo único que tengo que hacer es acercarme a las mesas de juego de cualquier ciudad, una noche cualquiera y encontraré a una mujer igual que ella.
Igual que yo.
Las cosas que dicen