Me ocurre a veces un déjà-vú, cuando vuelvo a casa por la calle Caminolafuente. Creo que es sólo eso, un déjà-vú, pero siempre es el mismo, y en el mismo lugar.
Camino de regreso a casa, mirando hacia abajo, mientras veo como el suelo se queda atrás bajo mis pies cuando de pronto miro a la derecha y ahí está la vieja tienda de caramelos «Dulces Gloria», pintada de verde pistacho y con la eterna luz amarilla encendida dentro, exactamente igual que estaba cuando solíamos ir de niños a pasar allí la tarde. A pesar de llevar el nombre de «Gloria», detrás del mostrador siempre hubo un viejo, que siempre fue viejo y que se llamaba José. Miro la tienda y José me hace señas con la mano, para que cruce la calle y entre.
Entonces miro al suelo porque no quiero mirar al viejo, y veo como el suelo desaparece bajo mis pies, y yo trato de avanzar, y de hecho creo que he avanzado y miro a la derecha y veo con angustia que no me he movido del sitio, sigo estando a la altura de la tienda de caramelos y el viejo me hace señas para que cruce. Y yo miro al suelo porque no quiero mirar al viejo y el bucle se repite una y otra vez hasta hacerme enloquecer.
Puede que no sea un déjà-vú. Puede que sea una obsesión.
Entonces me paro tratando de buscar cordura en todo aquello y levanto los ojos. La tienda hace años que ha desaparecido, la madera hinchada y negra de la entrada parece una boca desdentada que no acierta a sujetar bien la puerta. La persiana deformada por los años hace tiempo que no carraspea. Lleva en sus entrañas acumulada el polvo y la grasa de años que hoy parece que son miles. El escaparate, inexistente, me mira desde una negra oscuridad que debe conducir directamente al infierno, y siempre, siempre, escupe frío. El Infierno, en contra de lo que piensa la gente, debe ser frío y mucho. Y sin duda esa tienda es la entrada al mismo reino de Lucifer.
Entonces recuerdo aquel mes de Febrero, el invierno de la nevada. Los niños jugábamos con la nieve y nos enfrascamos en una dura batalla de bolas que terminó en la Tienda de Gloria. Y allí fue donde golpeé a Teresa sin querer, y allí fue donde vi sus ojos. Me enamoré de aquellos ojos azules y entonces fui besado por primera vez.
El amor pronto se vio sacudido por el deseo y mis manos, muertas de curiosidad, no se conformaron con el tierno cuerpo de Teresa, y perseguí a Inés, y a Marta. Las mujeres son bellas porque son muchas, y en eso radica precisamente el amor. En poder ver muchas, muchas caras. Muchos labios.
Teresa siguió esperandome dentro de la tienda de caramelos, aunque yo procuraba evitar pasar justo por delante de la puerta. Igual que hago ahora, siempre regreso a casa por la acera de enfrente.
Si aquel invierno no hubiera nevado, si no hubiera yo sentido el roce del amor, si el suelo no hubiese estado tan congelado después de la pelea, si aquel coche hubiera decidido no pasar por allí esa tarde…
Yo volvía a casa por Caminolafuente, mirando al suelo, no quería que me viera Teresa. Pero no pude evitar mirar a la derecha, y el viejo José me hacía señas para que cruzara -Teresa estaba allí, seguro- y yo desvié la mirada al suelo para no verla a ella, pero ella salió de pronto, y el suelo estaba muy resbaladizo, y el coche no pudo frenar y yo seguía caminando.
Teresa murió aquella tarde y yo ni siquiera me paré a mirar. De eso hace ya más de treinta años.
No me gusta pasar por Caminolafuente, de regreso a casa. Pero hoy he vuelto a ir por allí. No entiendo por qué deseo mortificarme algunas veces, por qué necesito vivir aquella tarde una y otra vez. Hoy he pasado por allí y me he detenido justo en frente. José no me hacía señas desde dentro, ni estaba Teresa esperandome, ni la luz era amarilla ni las paredes verdes. Lo que entonces fue una tienda de golosinas hoy solamente es una lonja abandonada dentro de un ruinoso edificio de tres plantas, comido de polución y humedad.
Hoy en la persiana cuelga un cartel que dice «Cerrado por derribo».
Ojalá sea así.