¿Te imaginas un columpio en el Sahara?
Lo más sorprendente de esa pregunta, es que no era la primera vez que me la hacían.
Verás. Lo que hoy es la Plaza-Grúa era donde estaba antes la Casa-Grúa. Debió ser una vieja imprenta, pero yo siempre la recuerdo cerrada. Aún el fenómeno Okupa no había nacido, así que la casa estaba vacía. La grúa que daba nombre a la casa, estaba encima de un viejo, viejísimo muro de piedra que a veces saltábamos para adentrarnos de aventuras en la vieja casa. Algo fantasmagórica sí era, con sus viejas cadenas donde ataban a los perros aún soldadas a la pared. Los cristales rotos y la escalera de fuera medio derruida. Decían que una vez, un hombre perdió una mano en un accidente de la imprenta y que aún estaba por allí, que podías encontrártela entre los escombros. Yo por si acaso, nunca entraba el primero. Íbamos en fila, riéndonos nerviosos y diciendo tonterías en voz alta para fingir que no estábamos asustados. Luego, salíamos siempre corriendo, con un botín de cachos de escayola que usábamos como tizas y un cargamento de pulgas que nuestras madres se afanaban en quitar entre broncas y bofetones.
- ¡Piojos y Pulgas!, ¡solo traes bendiciones a casa!. ¡Que no se te vuelva a ocurrir entrar a la Grúa!.- era una de las cosas que gritaba mi madre mientras mientras me sacudía en la cabeza.
Así que al día siguiente, nada de aventuras saltando el muro. Nos quedábamos en la plaza, mirando la grúa desde lejos. Lo malo es que la plaza donde vivíamos, no tenía nada. Ni siquiera bancos. Solo era un pedazo de cemento en el que se atrevía a subsistir un pequeño jardín, que se llenaba de hierbajos en verano y de charcos en invierno. Antes teníamos árboles pero, (debo confesar), acabamos con ellos una gloriosa tarde en la que nos batimos a muerte en una memorable batalla de ramas contra los de la otra plaza. Desgraciadamente, los árboles no sobrevivieron a la lucha y ahora nos habíamos quedado sin sombra. Debimos haber pasado el campo de batalla a la otra plaza, pero ya es demasiado tarde para eso.
Aquel verano solo quedábamos Juancar y yo. Bueno, como siempre. Los demás se iban al pueblo, o a playas lejanas donde había helados y columpios. Y mientras, allí estábamos nosotros, como fantasmas en la ciudad desierta, sentados en el bordillo, comiendo pipas en silencio y mirando a la grúa. Soportando el calor inmisericorde de las 3 de la tarde.
-¿Bajamos las bicis?
-La mía está pinchada. Tiene que arreglármela mi padre.- mascullé mientras comía pipas.
-¿Y el balón?
-No me deja mi madre…
-Ah, si, la ventana, ya….
Cris, cras… cris cras…. era el único sonido de la tarde. Respirabamos el calor. Incluso los rayos de sol parecían ser muy pesados y lo aplastaban todo. Ni siquiera había sombra.
-¿Te imaginas que hubiera un columpio?
-Si.. ya… ¿Te imaginas un columpio en el Sahara?
Aquella frase nos trasladó al desierto, era fácil imaginarlo con aquel aplastante calor. Dunas… arena… sol… y un columpio. Un ridículo y solitario columpio para nadie mientras nosotros mirábamos la grúa.
-Nunca pondrán columpios aquí- Sentenció Juancar sacudiéndose las cáscaras de pipas de la camisa- Hace demasiado calor.
De eso hace ya muchos años. Un día tiraron la casa grúa, y el muro, y usaron el solar para hacer una plaza. Encima de un parking, eso si. Pusieron bancos, jardines y hasta un columpio. Pero Juancar tenía razón. Era un lugar demasiado despejado, castigado por el tremendo calor en verano y por el gélido viento en invierno. Por eso yo nunca elegía esa plaza para llevar a los niños a jugar. Nunca excepto ayer, que me pillaba de paso. Estaba yo haciendo tiempo sentado en un banco, cuando un padre despistado como yo tomó aliento junto a mi, y secándose el sudor de la frente, entablamos una conversación sobre el tremendo calor que hacía ese verano. Los niños habían encontrado refugio a la sombra del tobogán. Y ahí surgió la preguntita de nuevo.
-¿Como serán los columpios en el Sahara?. ¿Te imaginas?
Le miré incrédulo sonriendo. Aquellas palabras hicieron que volviesen a mi mente las dunas, el sol, y aquel absurdo y vacío columpio, tal y como lo habíamos dejado aquella calurosa tarde de verano. Juraría que incluso podía notar el sabor salado de las pipas.
-Si- dije con la mirada distraída, y un toque de nostalgia en los ojos.- Lo recuerdo. … Lo imagino.



Las cosas que dicen