Archivos para Julio 2007

18
Jul
07

Estranged

I knew the storm was getting closer
And all my friends said I was high……..

La música fluía por sus venas, ya bastante cargadas de alcohol. Tenía los ojos cerrados para no distraer sus sentidos. Gozaba. No había nada más. Los Dioses manaban música. Llovía música, empapándole, calándole hasta el tuétano. ¡Que buenos eran!.

Bebió un trago. Vacía. Tiró la lata y cogió otra. La última.

La lata, mareada ya con todo el ajetreo de la noche, vomitó un chorro de espuma. Bebió ansiosamente como un viejo bebedor del Oeste. Tiró la lata al suelo. La guitarra taladraba el cerebro. El corazón se detenía. Todo se detenía. Todos eran solo uno. Una comunión perfecta. Un orgasmo colectivo. Se mecían a un lado y otro, según pedía La Música. Luces cegadoras convertían el estadio en el único escenario del mundo. El concierto más esperado. El Único. Tres meses con las entradas en el bolsillo, tocándolas, como quien toca el cielo. Entradas para el cielo. Allí estaba.

No supo cuanto tiempo había pasado. Estaba fuera, en alguna calle. Hacía tiempo que el concierto había acabado, pero aún estaba ahí, en su cabeza. Al fín, uno de sus colegas se asomó a buscarle.

-¿Donde estabas?. Te buscabamos. Magdalena acaba de echar la pota. ¿Que hacemos? ¿Nos vamos?

-Las tías no saben beber. Ahora voy. Estoy bien.

Se levantó del bordillo. Daba pasos despacio, pero el mundo se movía a un ritmo diferente que el suyo. Cámara lenta. Como en las pelis, que gracia ja,ja. Seguro que puedo hacer lo de matrix. No. No puedo. La cabeza embotada suplicaba una calada. No quedaban ya mas cigarros. No quedaba ya nada.

Montaron en el coche. No era la primera vez. El coche recibió los 5 cuerpos desplomándose en los asientos. Extenuados. Peste a humo. Sudor. Juantxo le atinó al botón del cd. Sonaron de nuevo Los Dioses.

Conducía despacio. Despacio. Controlando. Siempre controlando.

¡Oh, pero que buenos son!… La Música le poseyó de nuevo. Cerró los ojos.

Demasiado tiempo. No vió los focos. No vió el camión. Sólo había música, conducía hacia La Música…

Sus Dioses, ajenos a la tragedia siguieron con su estrofa

……..But everything we’ve ever known’s here
I never wanted it to die

17
Jul
07

El Ángelus

Silencio.

Era todo lo que podía oír.

Bueno, eso no es del todo cierto. En realidad, había un pitido. Un pitido constante que le taladraba el cerebro. Como cuando vuelves de un concierto, o de un lugar con la música muy alta. Y si se paraba a escuchar, detrás de ese zumbido, Sara podía oír aquella música. bajita, muy bajita, pero ahí estaba. Lo malo es que la música se había instalado en su cabeza, y ahora nunca podría dejar de oirla. Desde aquella vez.

Aquel día se presagiaba como El Gran Día. El día en el que por fín Carlos se decidiría y le pediría matrimonio. Había corrido el rumor de lo de Carlos en la joyería. Eso sólo podía significar una cosa. El compromiso. El anillo. Todo iba a ser maravilloso. Incluso miró su horóscopo que auguraba que “cáncer” era el signo propicio de la semana y que iba a recibir una inesperada sorpresa.

Así que se levantó feliz aquella mañana. Canturreando, sacudía las sábanas y limpiaba aquí y allá, sin importarle ésta vez todo el trabajo. La tía ya se había despertado y esperaba en su habitación. Sara estaba tan feliz que incluso le puso una pajita en el zumo.

- Buenos días, tía. ¿Ha descansado bien?.

-Se te nota feliz. ¿Que ocurre?

- Nada tía, que  es primavera… ¿Quiere que le ponga la radio?.

-¿Primavera? ¿No era primavera también ayer?.

Sara mullió con garbo los almohadones en la espalda de la vieja tía , que miraba con recelo por encima de sus gafas. Algo tramaba la niña. Claro que sí. La felicidad no era una buena señal. Era mala. La tía, era demasiado vieja para confiar en la felicidad. Y supo que Sara quería marcharse. Y supo que aquella vez tenía dónde ir.

-¿Va a venir Carlos esta mañana?

-¡Si!- exclamó Sara. Y en seguida se dio cuenta que estaba mostrándose demasiado entusiasta.- Si, luego vendrá. Con el Ángelus, Tía.

-El Ángelus… – la Tía tomó su zumo despacio. – No te olvides de limpiar la cubertería. No querrás que Carlos vea la plata en ese estado. ¡Ah!, y sí, pon la radio. No quiero que se me pase la hora.

El corazón de Sara parecía enloquecer a medida que se acercaban las doce. Mientras, la radio escupía música sacrosanta, llenando la enorme casa de cánticos gregorianos. Era la emisora favorita de la Tía, que había postulado como novicia en su juventud. Por algún motivo, había abandonado el convento. Sara no pensaba ahora en la tía. Solo en Carlos. Los repetitivos salmos jugaban con el tiempo, sin dejar muy claro si los minutos estaban pasando hacia adelante o solo se divertían retrocediendo.

-¡Pon mas alto, querida!. – Gritó la tía desde su habitación.

Acostumbrada a obedecer, fue en seguida al salón a subir el volumen. Justo en ese momento, sonó el timbre de la puerta. 

Sara ahogó un gritito y corrió a la entrada. Al fín había llegado. Le abrió la puerta con una gran sonrisa. Carlos, azorado ante una casa tan impresionante, caminaba con pasos cortos tras de Sara.

-Solo.. solo quería preguntarte una cosa, Sara… – comenzó a decir

-¿Si?-ella esperaba impaciente con una gran sonrisa en los ojos. La música lo envolvía todo.

-Verás, no es fácil para mí decir esto, así que, por favor, escúchame hasta el final. Creo que voy a dar el gran paso. He encontrado a alguien y necesito compartir mi vida.

-¿Si?- El corazón de Sara parecía enloquecer. Las señales horarias anunciaban las doce del mediodía.

-Y sólo tú puedes ayudarme. Sara. ¿Puedes dejarnos el rolls antiguo de tu tía para la boda? Me casaré en Septiembre con María y espero que todo sea maravilloso. Eres la única persona que conozco con Rolls. Te pagaremos, por supuesto. ¿Eh? ¿Qué dices?.

Sara no decía nada. Sara no oía nada. Solo el Ángelus. ¿Rolls? ¿Que Rolls? Tampoco pudo oír nada mientras cogía el cuchillo de plata, recién pulido. Ni mientras lo clavaba en el incrédulo pecho de Carlos que no pudo siquiera darse cuenta de que la tía lo tenía cogido por detrás. Sara no pudo oír ni una palabra más. Ni siquiera a su tía, cuando le dijo cómo deshacerse del cadáver, debajo, en la bodega. Sara solo podía oír el silencio.

Y bajito, muy bajito, en su cerebro, seguía sonando el Ángelus.

16
Jul
07

La fachada

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10
Jul
07

El último viaje

-Pero… ¿Dónde coño se ha metido Gumer? . ¡Cagüenlaputadoros ya!. Van a dar las Ocho. Éste es capaz de llegar tarde el último día. ¡Y el último día no se llega tarde!. ¡Ni el primero tampoco!. Ya quisiera yo ver al nuevo niñato, cumpliendo sus horarios. Sí. Un novato. Sustituido por un novato recién salido del cascarón. Me pondría a echar humo si no lo prohibiese la maldita ley del medioambiente. ¡Si es que hay que joderse!…. Ya ni eso.

¡Cagüenlomasbarrido!. ¡50 años! ¡50!. Y no he salido con retraso ni un solo día.  Lo de llegar, eso ya no es culpa mía, que hay mucho percance en el camino. ¡Ah!, aún recuerdo el primer día. Valencia – Madrid. Un cargamento de 25.000 Toneladas de lingote. De Sudáfrica, creo. Tanto da.  Entonces casi todas las mercancías se movían por tren. Y con solo 2 horas de retraso. Hasta el alcalde vino a la inauguración. Y periodistas. Las cosas no podían ir mejor. ¡Aaaaah!, que glorioso momento. Entonces trabajaba con Antxon, qué buen tipo era aquel. Recuerdo cuando nos dieron los servicios nocturnos Bilbao-Alicante. Nos pasábamos la noche cantando. El y yo, mano a mano. Cada viaje se pimplaba una botella de Dyc el solito. Los viajes eran un placer. Y tenía buenos redaños con todo lo que nos encontrábamos por la vía, que de todo ha habido. Desde ovejas descarriadas hasta suicidas desquiciados. Recuerdo a uno, que se había parado en la misma vía con los brazos en cruz. Tuvimos que quemar todas las zapatas. A 10 centímetros nos quedamos de aquel desgraciado. Algún problema con la mujer, o vete tu a saber, algo de eso dijeron. Idiota. Hubo que renovar todo el sistema de frenado.  Antxon se quedó bastante tocado con eso, incluso dejó de beber. Pero yo no. Yo siempre he sido mas duro. Después me dije que ya no frenaba. Me daba igual lo que se me pusiera por delante.

¡Cagüenelcopón!. Que me flojean los tornillos, que me he ganado un merecido descanso, que a la vista está , …  Memeces. Si todavía puedo cubrir el trayecto con solo 45 minutos de retraso. Si me pongo, lo hago. Vaya que si. Malditos pajarracos. Y todo por ahorrarse que, ¿15 minutos?. ¿30? Y yo… a pudrirme en cualquier anden, o peor aún, fuera de todo servicio… ¿Que harán conmigo? ¿Serán capaces de quitármelo todo? ¿Después de tantos años? ¿Tantos kilómetros?…. Me estoy ablandando. ¿Es que voy a tener miedo a estas alturas? Carajo, será la edad.

 ¡Cagüentóloquesemenea!. Ahí se le ve aparecer por fin. ¡Hay que ver, que pachorra tiene!. ¡Espabila Gumer!, ¡que salimos tarde!, ¡tu también pareces nuevo, hostias!. ¡Ayyyyy! que tengo que estar en todo.

-Ya, ya… – dijo Gumer dándome una palmada – Estaba en el bar, despidiéndome. Hoy es el último día, ¿sabes?. Si, claro que lo sabes. Se te oye resoplar desde el otro lado de la estación. Solo por eso no me animaba a venir. Te echaré de menos, viejo. – Gumer puso en marcha la máquina por última vez, haciendo una seña a Fran, el jefe de estación. El tren partió despacio en su último trayecto Galicia-Irun.- Ya me han dado las últimas clases. Creo que sabré manejarme con el nuevo. ¿Sabes que no hay que hacer nada? Solo estar. Un ordenador lo controla todo. Obstáculos, puertas mal cerradas, alarmas… Todo.

¡Cagüenelplanrenovedeloscojones!. Hasta Gumer prefiere al nuevo. Si, es lo que yo decía, ordenadores, tecnología punta, asientos de cuero, paneles de control…  Todo más fácil. Y a los viejos, que nos den. No puedo ofrecerte ninguna de esas comodidades, Gumer, pero te he dado todo lo que podía de mí en estos 20 años que llevo contigo. Y antes, mucho antes, a los demás. Pues este será mi ultimo viaje, pero cuervo que vea, cuervo que me cargo. Odio todo lo que me recuerde al AVE. 

Malos tiempos para nosotros, los viejos talgos. 

08
Jul
07

El viejo

En su boca asomaban únicamente los 4 dientes de abajo. Pero lo realmente peculiar era que estaban recubiertos de varias capas de sarro que iban desde el color amarillo hasta el verde. Daba la sensación que aquella pestilente masa de porquería era lo único que los mantenía unidos. Alguna parte de mi mente pensó que con sólo tocarlos, se caerían. Pero en seguida luché por quitarme esa imagen de la cabeza.

La otra peculiaridad del viejo era que no se le entendía al hablar. Sus cuerdas vocales se esforzaban en emitir sonidos pero su boca no acertaba a vocalizarlos. Era como los muñecos de los ventrilocuos, que solo descuelgan la mandíbula de abajo. Sin “pes” ni “bes” era imposible captar lo que decía. Más aún porque mezclaba palabras en euskera y castellano. Reconocer alguna palabra era todo un logro para mí.

- Yo siempre lo recuerdo borracho.- me dijo el carnicero – Siempre con la misma manga que lleva ahora. Una vez,- explicó- se cayó hacia atrás en el Txindor y se abrió la cabeza. Todos pensaban que aquella sería su última manga. Que iba a morir. Sangraba como un cerdo. Vino la ambulancia y se lo llevaron. Pues al día siguiente ahí estaba, con la cabeza cosida de un lado a otro con un montón de puntos. Otra vez en el Txindor bebiendo. Está conservado en alcohol el hijoputa.

Según me explicaron, antes vivía solo, pero ahora estaba en alguna residencia de ancianos. Por lo visto, él había sido troquelista y se las había ingeniado para agenciarse las llaves de la residencia y hacerles él mismo una copia. Así entraba y salía cuando quería. Yo casi no podía creerlo, pero el viejo se apresuró a enseñar su juego casero de llaves. Era curioso como hablaban de él en sus mismas narices, igual que si no estuviera. Entonces, el viejo murmuró algo de dinero. Que él tenía mucho dinero, más que todos nosotros. Eso sí pude entenderlo. En cambio, todos fingieron no haberle oido. Y el viejo sacó lentamente de su bolsillo, del mismo donde guardaba las llaves de la residencia, la cartilla de la caja de ahorros.

-Engo ihero.- masculló tendiendonos la cartilla. Todos desviaron la mirada como si el viejo nos quisiera mostrar su ropa interior.

- De dinero no se habla.- dijo alguien mirando hacia otro lado.

Yo no podía dejar de mirarle, como si fuera una especie de espectadora ajena a todo. El viejo clavó sus ojos pequeños en los míos tendiendome la cartilla. Yo negué con la cabeza, sin saber/poder decir nada. Volvió a guardarla.

En silencio, comprendió que nadie quería soportarle. Se dió la vuelta, muy agarrado a su recia cachaba y se marchó a alguna parte.

07
Jul
07

Espata-dantza

Dantza

Lejos de los San Fermines. En 7 de Julio.

05
Jul
07

Maldiciones y más maldiciones

Da la sensación que con tanta maldición, todo el mundo ha desaparecido del mapa.

04
Jul
07

Maldición (3)

-¿Dónde está el finado?.

-Pase, por favor…

La tía Digna hizo pasar al forense hasta la alcoba. Allí, en la cama conyugal que lo había sido por 3 generaciones, yacía Remigio, con un extraño rictus en el semblante. Claro que no hay que olvidar que estaba muerto, así que no podía pedírsele un rostro agradable.

El forense, un tipo bajito y con bigote, vestido impecablemente de negro, abrió un maletín y examinó minuciosamente el cadáver.

- ¿Habían practicado algún acto sexual?- Preguntó a la tía Digna sin mirarle a la cara, mientras examinaba la mano izquierda del difunto.

- Puedo asegurarle que mantengo mi virginidad intacta.

- No dudo de su virtud, señora, – ahora si que la miró a la cara – me refiero a si hubo alguna clase de sexo entre ustedes antes del … desgraciado suceso.

- No le comprendo…. – murmuró la tía digna.

- Era su noche de bodas, ¿no?.

La tía Digna seguía mirándole sin entender lo que quería decir aquel hombre. Ya le había dicho que no hubo cópula. Entonces… ¿qué era lo que quería?

- Lo que quiero decir, – explicó pacientemente el doctor- es si practicaron algún acto… alguna práctica que pudiera ocasionar a su marido… al difunto una excitación inhabitual… 

- Mire usted. No ocurrió nada. Mi Remi se sentó en la cama a quitarse los zapatos y … y…

Finalmente, el forense, dictaminó infarto como causa de la muerte.

Esta muerte no hizo sino afianzar la maldición del vestido de boda de la tía. Con éste iban dos.

La primera fue cinco años atrás. La tía Digna estaba a punto de casarse con un próspero hacendado del pueblo vecino, Matías, un gran tipo además, que no faltaba nunca a las reuniones de la Casa Social del pueblo, y que mantenía siempre llenas las despensas con buenos farias y Ron de la Habana, traído especialmente para él por un contrabandista gallego que le debía muchos favores, desde su juventud.

Pues bien, justo una semana antes de la boda murió la Abuela Francisca, madre de Digna, dejando a la pobre tía sumida en un mar de lágrimas y en un luto riguroso que debía durar 15 años. Siendo así, la tía se encontró en la disyuntiva de o respetar pacientemente tan largo luto antes de casarse, lo cual le supondría seguramente quedarse soltera, ya que a pocos pretendientes se les puede exigir tanta paciencia, o seguir adelante con la boda pero eso si, manteniendo el luto.

Así que la tía decidió casarse de negro. Le advirtieron que un vestido negro de novia traería mala suerte, pero la tía no quiso ceder. Mandó tejer uno de los vestidos de novias mas lúgubres y sobrios que se hayan visto nunca pensando que así la Abuela Francisca (en paz descanse) daría su consentimiento allá donde se encontrase.

Y así fue vestida Digna hasta el altar, donde le aguardaba Matías, sonriente y orondo. Anillo en ristre y pañuelo en mano. El cura, Don Saturnino leyó las bendiciones declarando el matrimonio ante los ojos de Dios. Y fue justo en el momento de la comunión, cuando Matías notó que le faltaba el aire. 

-Un atragantamiento- murmuraron los de la primera fila. Después lo gritaron, porque Matías seguía poniéndose morado, sin ser capaz de introducir aire en sus pulmones. El decoro de la situación hacía que los invitados no se decidieran a echarle una mano al pobre recién casado, y todas las maniobras de auxilio que intentaron después llegaron ya demasiado tarde. El fugaz tío Matías murió en la misma baldosa que se había casado, con la misma ropa, y con los mismos invitados, que ya, se quedaron al funeral.

La abultada cuenta corriente que iba creciendo sin freno era afrodisíaco suficiente para que nuevos amantes pretendieran a la tía Digna. El tercero en cambio, Tomás, el farmacéutico que atendía a los pueblos del municipio, decía no creer en maldiciones ridículas y cortejó a la tía con cartas de amor primero, ramos de flores después y un enorme diamante que pretendía zanjar su futuro en matrimonio. Digna, que iba añadiendo años de luto a su particular condena a medida que iba perdiendo maridos, aceptó casi por rutina. No sin antes advertir al nuevo aspirante de su macabro curriculum.

Todos mirábamos con curiosidad y lástima al futuro tío Tomás y procurábamos ser muy amables con el, para que pasara de la forma mas agradable posible sus últimas horas.

Ni que decir tiene que la boda despertó gran expectación en el pueblo y no faltó nadie a la misa. Ni siquiera el tabernero, que no cerraba nunca.

Todo el pueblo pasaba ante Tomás dándole la mano, en un gesto más de pésame que de felicitación.

Desgraciadamente, Tomás no pudo soportar tanta tensión y minutos antes de la ceremonia, escapó corriendo de la iglesia, como alma que lleva el diablo, calle abajo. Justo por donde venía el cortejo de la novia.

Digna tuvo que perseguir a Tomás durante dos calles antes de darle alcance. Con el vehículo.

No se iba a escapar el tercero, ¿verdad?

04
Jul
07

Física y Química

Aprendí la primera ley de Newton el mismo día que descubrí que los niños no podían volar. A mí ya me parecía raro eso de salir volando, nunca había visto a nadie hacerlo, pero Susana parecía tan convincente cuando me explicaba que si coges suficiente impulso y te sueltas en el punto justo, agitando muy fuerte los brazos, si hacías eso, salías volando. Un poquito, eso sí. Pero ella ya lo había hecho. Y yo la creía, que para eso Susana era mi mejor amiga. Así que sin pensarmelo mucho decidí seguir sus indicaciones. No puedo entender que fué lo que salió mal. Pero salí despedida del columpio para aterrizar un par de metros mas allá con la frente en el suelo.

También estuvo presente Susana el día en que me enteré de otra de las leyes de Newton, cuando aprendiendo a patinar, descubrí que un empujón lo suficientemente grande dado a alguien calzado con patines, sigue desplazandose linealmente hasta chocarse con el primer cuerpo (en este caso, farola) con que se encuentre en el camino. El resultado esta vez fue un esguince de tobillo y un porrazo en la cara con el consiguiente chinchón.

Pero el día en que confluyeron todas las leyes de Newton y seguramente, de cualquier otro antiguo y venerable sabio de la antigüedad fue cuando conocí a Luis.

Era el primer día de clase, y andaba algo despistado por los pasillos. Recuerdo que me preguntó el camino hacia la biblioteca y sus verdes ojos, o lo profundo de su voz, o el corte de pelo (seguramente todo junto), hizo que me pusiera a balbucear unas ininteligibles explicaciones acompañadas con un montón de gestos que no suelo hacer normalmente. Luego me dí cuenta que si aquel chico seguía mis indicaciones, acabaría probablemente en la cocina.

Susana se empeñó en decirme que yo le gustaba. Que no dejaba de mirarme. Me pasé la clase lanzandole furtivas miradas acompañadas de insulsas risitas hasta que me gané un torniscón de la Señorita, que resultó ser la mas severa de todas las profes de matemáticas.

El golpe hizo centrar mi atención sólo en parte, ya que Susana seguía con su labor de acoso y derribo hasta que llegó a convencerme que para dejar claro ante toda la clase que yo era su novia, debía darle un beso a la salida. Una hora de clase puede ser lo suficientemente larga para convencer a alguien de semejante cosa. Así que lo hice.

Esperé a encontrarme a Luis a solas, que fué justo al borde de las escaleras del patio. Me acerqué meciendo mis caderas todo lo que mi corta edad daba de sí y le asalté con un beso. Mis intenciones eran solo de plantarselo en la cara, pero mi torpeza y un rápido movimiento de el, hicieron que nuestros labios se juntaran en lo que debió ser el beso mas corto de la historia, porque él reaccionó inmediatamente abriendo mucho los ojos y soltándome un empujón de espanto. Por desgracia, estaba demasiado cerca de las escaleras y entonces experimenté una curiosa mezcla de todas las leyes de la física actuando sobre mi maltrecho cuerpo. Creo que fueron 5 escaleras y  8 puntos de sutura, pero puede que fuera al revés. Nunca se me dieron bien las matemáticas.

También acabé por cogerle manía al tal Newton.

Y a Susana.

03
Jul
07

Maldición

Comía con las manos, sintiendo la grasa del pollo asado escurrirsele entre los dedos. Dando grandes bocados, engullía sin apenas masticar todo lo que se metía a la boca. Lo hacía en silencio, se había acostumbrado a ser muy, muy sigilosa. Esto lo había aprendido a hacer por las noches, cuando a veces se despertaba en medio de la oscuridad y un repentino azote de hambre le estremecía el estomago. Pero ahora eran las 5 de la tarde y estaba sola en casa. Sabía que no tardarían en venir, así que se daba mucha prisa. Bebió agua ansiosamente, bajando los enormes bocados que amenazaban con atascarse en su garganta y notaba como las bolas de comida se abrian paso a duras penas por su esofago.

Te parecerá bonito.-dijo aquella voz otra vez.-Mira, mirate. Pareces una cerda. ¿No eres capaz de comer como las personas? ¿No tienes disciplina?.

Las preguntas se le iban acumulando en la cabeza y había dejado ya de comer. Miró los restos de comida en la bandeja y de pronto sintió nauseas. Los grasientos restos de pollo frío que antes le habían seducido y habia devorado, ahora le daban un asco visceral. Y cerró muy fuerte los labios. Como sellandolos. Como no queriendo meter nada mas en su cuerpo, nunca, nunca mas.

Hoy no te has reducido nada. -seguía diciendo la voz.- Mira tus caderas. Mira que monton de grasa te sobresale del pantalon. Me das asco. Y las piernas? Son tan gordas que da la risa solo verte andar con ellas. ¿Quieres tener michelines por la espalda? ¿es eso lo que quieres? Vamos. Hazlo. Hazlo. Gorda asquerosa. Si piensas que alguien va a soportar estar solo delante tuyo… ¡Hazlo ya!.

Se levantó de golpe, volcando la silla en la cocina y corrió al baño. Sus pisadas y su respiración resonaban entre los azulejos del baño. Puso la cabeza encima del vater y respiró rápidamente con bocanadas cortas, cerrando el paso al estomago. Ya no necesitaba pensar en cosas asquerosas. Sólo con respirar rápidamente, podía hacerlo. Estaba preparada, se metió los dedos tocando el fondo de su garganta y vomitó. Vomitó comida y lágrimas. Vomitó parte de su vida, y de su mente, y tras limpiarse los ojos, la boca y la frente con un cacho de papel higienico, tiró de la cadena. Se quedó mirando como el desagüe se lo tragaba todo. Tosió.

Estaban a punto de llegar y ella no quería tropezarse con nadie, así que se maquilló ocultando las ojeras y dando color a sus mejillas, y salió de casa. En el portal se encontró con Marga. La buena de Marga. La gorda de Marga.

- ¡Alicia, hola!, ¡Hay que ver, que guapa estas!, cada día mas delgada. ¿cómo lo haces? ¿haces dieta?.

- No, no. Que va. No hago nada. Es que soy así. Cosa del metabolismo, supongo.

-¡Qué suerte tienes!. Yo con la comida tengo una maldición. Me encanta comer y todo se me va a las cartucheras. En cambio tu… Vaya, que estás estupenda.

-Gracias.

Nunca hablaba mucho. Además odiaba hablar de ese maldito tema. Maldita comida. Maldita vida.

Maldita sea.




Un Rincón Tranquilo

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