-¿Dónde está el finado?.
-Pase, por favor…
La tía Digna hizo pasar al forense hasta la alcoba. Allí, en la cama conyugal que lo había sido por 3 generaciones, yacía Remigio, con un extraño rictus en el semblante. Claro que no hay que olvidar que estaba muerto, así que no podía pedírsele un rostro agradable.
El forense, un tipo bajito y con bigote, vestido impecablemente de negro, abrió un maletín y examinó minuciosamente el cadáver.
- ¿Habían practicado algún acto sexual?- Preguntó a la tía Digna sin mirarle a la cara, mientras examinaba la mano izquierda del difunto.
- Puedo asegurarle que mantengo mi virginidad intacta.
- No dudo de su virtud, señora, – ahora si que la miró a la cara – me refiero a si hubo alguna clase de sexo entre ustedes antes del … desgraciado suceso.
- No le comprendo…. – murmuró la tía digna.
- Era su noche de bodas, ¿no?.
La tía Digna seguía mirándole sin entender lo que quería decir aquel hombre. Ya le había dicho que no hubo cópula. Entonces… ¿qué era lo que quería?
- Lo que quiero decir, – explicó pacientemente el doctor- es si practicaron algún acto… alguna práctica que pudiera ocasionar a su marido… al difunto una excitación inhabitual…
- Mire usted. No ocurrió nada. Mi Remi se sentó en la cama a quitarse los zapatos y … y…
Finalmente, el forense, dictaminó infarto como causa de la muerte.
Esta muerte no hizo sino afianzar la maldición del vestido de boda de la tía. Con éste iban dos.
La primera fue cinco años atrás. La tía Digna estaba a punto de casarse con un próspero hacendado del pueblo vecino, Matías, un gran tipo además, que no faltaba nunca a las reuniones de la Casa Social del pueblo, y que mantenía siempre llenas las despensas con buenos farias y Ron de la Habana, traído especialmente para él por un contrabandista gallego que le debía muchos favores, desde su juventud.
Pues bien, justo una semana antes de la boda murió la Abuela Francisca, madre de Digna, dejando a la pobre tía sumida en un mar de lágrimas y en un luto riguroso que debía durar 15 años. Siendo así, la tía se encontró en la disyuntiva de o respetar pacientemente tan largo luto antes de casarse, lo cual le supondría seguramente quedarse soltera, ya que a pocos pretendientes se les puede exigir tanta paciencia, o seguir adelante con la boda pero eso si, manteniendo el luto.
Así que la tía decidió casarse de negro. Le advirtieron que un vestido negro de novia traería mala suerte, pero la tía no quiso ceder. Mandó tejer uno de los vestidos de novias mas lúgubres y sobrios que se hayan visto nunca pensando que así la Abuela Francisca (en paz descanse) daría su consentimiento allá donde se encontrase.
Y así fue vestida Digna hasta el altar, donde le aguardaba Matías, sonriente y orondo. Anillo en ristre y pañuelo en mano. El cura, Don Saturnino leyó las bendiciones declarando el matrimonio ante los ojos de Dios. Y fue justo en el momento de la comunión, cuando Matías notó que le faltaba el aire.
-Un atragantamiento- murmuraron los de la primera fila. Después lo gritaron, porque Matías seguía poniéndose morado, sin ser capaz de introducir aire en sus pulmones. El decoro de la situación hacía que los invitados no se decidieran a echarle una mano al pobre recién casado, y todas las maniobras de auxilio que intentaron después llegaron ya demasiado tarde. El fugaz tío Matías murió en la misma baldosa que se había casado, con la misma ropa, y con los mismos invitados, que ya, se quedaron al funeral.
La abultada cuenta corriente que iba creciendo sin freno era afrodisíaco suficiente para que nuevos amantes pretendieran a la tía Digna. El tercero en cambio, Tomás, el farmacéutico que atendía a los pueblos del municipio, decía no creer en maldiciones ridículas y cortejó a la tía con cartas de amor primero, ramos de flores después y un enorme diamante que pretendía zanjar su futuro en matrimonio. Digna, que iba añadiendo años de luto a su particular condena a medida que iba perdiendo maridos, aceptó casi por rutina. No sin antes advertir al nuevo aspirante de su macabro curriculum.
Todos mirábamos con curiosidad y lástima al futuro tío Tomás y procurábamos ser muy amables con el, para que pasara de la forma mas agradable posible sus últimas horas.
Ni que decir tiene que la boda despertó gran expectación en el pueblo y no faltó nadie a la misa. Ni siquiera el tabernero, que no cerraba nunca.
Todo el pueblo pasaba ante Tomás dándole la mano, en un gesto más de pésame que de felicitación.
Desgraciadamente, Tomás no pudo soportar tanta tensión y minutos antes de la ceremonia, escapó corriendo de la iglesia, como alma que lleva el diablo, calle abajo. Justo por donde venía el cortejo de la novia.
Digna tuvo que perseguir a Tomás durante dos calles antes de darle alcance. Con el vehículo.
No se iba a escapar el tercero, ¿verdad?
Las cosas que dicen