Archivos para Agosto 2007

29
Ago
07

El abuelo

El abuelo podía oler las medusas. Decía que dejaban un olor en el ambiente imposible de confundir. De niña me esforzaba por encontrar ese olor y olfateaba el mar antes de meterme al agua, como un sabueso despistado buscando presas en la orilla de la playa. Tal vez me mintió y solo disfrutaba viéndome hacer el ridículo. Creo que al abuelo no le gustaban los niños, nunca nos hacía regalos ni quería subirnos en sus piernas, como hacían los otros abuelos. Ni se me ocurría pedirle al viejo que me subiera en sus piernas. Yo le temía en secreto, puede que por eso me quisiera. Un poquito.

Dice la abuela que fue él quien me dio nombre. Me puso nombre de mar porque había nacido el mismo día que vinieron a buscar el viejo barco. 

El abuelo era marino y nunca pudo ser otra cosa. Dicen que cuando estaba navegando, odiaba la mar por encima de todo, pero en cuanto ponía un pie en tierra firme la añoraba y no paraba de blasfemar en contra de la maldita costa.

El abuelo decía que jamás se podía meter un paraguas en el barco, porque daba mala suerte, y además… ¿para que valdría?. Y por ese motivo siempre que llovía salíamos vestidos con impermeable. 

 El abuelo pescaba con las manos y se burlaba de mí si se me escurrían los peces entre los dedos cuando me llevaba en la barca.

El abuelo una tediosa tarde de verano, me dijo que a veces, cuando estaban muy aburridos en alta mar, mataban delfines por diversión. Y entonces temí más aún a mi abuelo, pero aún así me atreví a preguntarle por qué lo hacían.

- No es para tanto, Itxaso. Solo son peces.

-Pero… los delfines… son… buenos… -dije sin poder encontrar otra razón

-A veces… uno ve lo fácil que es matar… y desea matar algo precisamente porque es bueno…

El abuelo se puso a mirar el horizonte sin decir ninguna palabra más. Yo también fijé la vista en el incierto horizonte esperando que aquella frase desapareciera de mi cabeza. Pero me di cuenta que no desaparecería.
El abuelo era un buen hombre, de eso no me cabía duda.
Lo que pasa, es que a los 70 años el corazón de un hombre encierra muchos secretos. Alguno siempre se escapa.

28
Ago
07

El mar

¿Y cómo no voy a saber de mar si mi nombre es Itxaso?.

Mar es lo que veo en cuanto me despierto y es lo último que veo cuando me acuesto.

Mar es lo que tejen mis manos cuando cosen y recosen viejas redes. Mar es lo que siento cuando paso los dias eternos lavando las cajas de pescado. A mar huelo, mar son mis cabellos, el mar es lo que suena si hablo, el mar es mi sabor si besas mi boca.

Mis ojos se llenaron de mar cuando te fuiste, dejándome sola en el puerto. Mar es lo que maldigo cada día gritándole al viento, por si éste pudiera llevar mi voz hasta tí. Y grito. Grito. Grito y en mi garganta solo hay silencio, porque no me queda nada ya que gritar. Mar son mis sueños, donde me envuelvo de espuma buscándote allende los mares, y … mar lloro. Lloro porque no te encuentro, porque no vuelves, porque dicen que no volverás. Porque sé que no volverás.

Mar vivo, en mar me convierto, mar respiro y mar soy. Mi nombre es el mar. Pero mi vida…. mi vida eres tú.

26
Ago
07

Amistad

Mientes.

Mientes en cada beso que das a tu marido, en cada caricia que recibes de tu amante. Tu eterna sonrisa miente cuando se alegra de verme y tus ojos mienten cuando finges escucharme. Mientes en el frío de la mañana y en el calor de la noche.

Miento yo cuando digo que no me importa, que no me duele tu mentira. Mi sonrisa miente cuando te saluda y mis ojos mienten cuando fingen no verte.

Hubiera deseado tenerte como amiga, pero tal vez, también esté mintiendo en esto.

23
Ago
07

El acertijo

Dos puertas son el único acceso a la ciudad. Una es la puerta del bien y la otra, la del mal, pero las puertas son exactamente iguales. Dos guardias las custodian. Uno siempre miente y el otro siempre dice la verdad. Solo puedes hacer una pregunta a cada uno. ¿Qué les preguntarías para elegir la puerta del bien?

-Maldito acertijo. -Pensé.- Nunca se me han dado bien estas cosas, pero es que soy la única de toda la mesa que no lo ha sacado, y ya empiezan a burlarse de mí. A ver, vamos a ver, calma. Seguro que tiene solución. Voy a hacerme un esquema a ver…

- Si quieres, te dejamos una calculadora…- se burló Lorena y todas sus amiguitas se echaron a reír. Me sonrojé y ya era imposible pensar. 

- Si te rindes, avísanos.- dijo Maribel. Es curioso como disfrutaban riéndose de las demás cuando estaban en grupo. Buscaban cualquier cosa para ridiculizar a sus víctimas, seguramente sintiéndose muy importantes. Siempre por encima de los demás. Si tenías gafas, por ser empollona, y no te digo nada si estabas algo gordita. Te machacaban. Lo mejor era no cruzarse mucho en su camino, pero ahí estaba, el maldito acertijo. Iba a quedar como tonta. Una tonta, con gafas y gorda.

- Ya lo miraré en casa – dije restándole importancia y levantándome con toda la dignidad que me era posible. Fingí no oir sus risitas a mis espaldas. Estaba deseando que terminara el recreo cuando de pronto apareció Sor Ángela. Caminaba apresuradamente y en silencio, como solo ella sabía hacer. Parecía que tenía patines debajo del hábito. Que raro. Sor Angela nunca  sale de su despacho. ¿Que querrá?

-Acompáñame- dijo al pasar a mi lado sin detenerse.

-¡Ay, Dios mío!. – el corazón me dio un vuelco.- Han encontrado la piedra de costo. Pero ¿cómo?, ¡es imposible!. La tenía en el estuche, justo debajo de… ¡Mierda!, debajo de este maldito cuaderno, que acabo de coger para hacer el estúpido esquema para el acertijo. Ha debido caerse. La he liado, la he liado…

-Y tú también, Lorena, ven conmigo

¿Lorena? ¿Por que Lorena? – Mi mente vio una luz al fondo. -Lorena se sienta a mi lado… puede que se haya caído cerca de su mesa…

Una nube de alumnas de 14 años se amontonó a nuestro alrededor. Es curioso como nos perseguían a distancia, empujándose entre ellas pero sin acercarse a nosotras. Era como si un invisible campo de fuerza las mantuviera alejadas. Mis mejillas seguían sonrojadas pero intenté respirar con normalidad.

Y llegamos a la clase, donde estaba nada menos que la directora. Estaba claro, lo habían encontrado. ¡Expulsión!. Esa era la única palabra que se me ocurría. Nos hizo acercarnos a ella. El satélite de alumnas curiosas se mantuvo alejado a prudente distancia pero sin perderse una palabra.

-Hemos encontrado esto entre vuestras mesas. – dijo mostrando la piedra de costo, casi invisible en sus grandes manos.- Así que solo lo preguntaré una vez. Lorena. ¿Es tuyo?

Lorena había perdido sus colores desde el mismo momento que Sor Ángela la había llamado. No sabía que era lo que estaba pasando, pero los nervios la traicionaron. Se puso a agitarse y a señalarme como una loca

-¡Suyo!, ¡es suyo!, ¡Ella!. ¡No!, ¡no!, ¡no es mío!, ¡es suyo!- gritaba atropelladamente señalándome.

La directora se volvió hacia mí mirándome fijamente.

-¿Es esto tuyo, Alicia?

Le miré lo mas tranquilamente que pude y mentí:

-No, nunca lo había visto. ¿qué es?

¡Que bien me había salido!. No pensé que fuera tan buena mentirosa. Es bueno saberlo.

No hizo falta una segunda pregunta. Todos asumieron que la chica nerviosa era la culpable. Estaba escrito en su cara.

-Acompáñame. – dijo muy seria Sor Ángela.

Lorena salió de la habitación gritando, defendiéndose como una gata panza arriba, señalándome, insultándome y clamando su inocencia. Pero se ve que a veces,  es mas importante la respuesta que la propia pregunta.

No me hizo falta resolver el acertijo, después de todo…

22
Ago
07

Arrastrándome

Hace 586 horas que no veo el sol.

Debe estar en alguna parte, ahí arriba, pero no parece interesado en bañarme. Seguramente está enfadado conmigo por algo que le dije. No me importa, tenemos una relación dificil, el sol y yo.

Pero sabe que le echo de menos y se hace de rogar. A veces, lanza un tímido rayo justo para herir mi retina, acariciarme la cara y luego se burla y se vuelve a esconder antes de que me de tiempo a agarrarle. Me pregunto si me quiere, ahí arriba. Creo que no le importo en absoluto, como si fuera uno de esos administradores endiosados y distantes, esos que fuman puros. O tal vez no.

¿Fumará el sol?.

Supongo que lo tiene prohibido, después de todo, es una bola de gas.

Pues, ¿sabes que te digo? me da igual que me quiera o no. Yo sigo odiandole cordialmente desde aquí. Y tambien…, si… echándole de menos. Un poquito.

…………………………¿Te das cuenta que malo es el aburrimiento?

22
Ago
07

Agradecimientos

Desde aquí desearía agradecer a mis vecinos su indesmayable afición al Reaggeton así como a las tertulias a voces a las 4 de la mañana, sin las cuales hubiera sido imposible para mí alargar mi vida, ya que son incontables las noches en vela que me han regalado así como una interesante infección de oídos debido al uso indiscriminado de tapones cada noche.

Ellos han conseguido provocarme inimaginables pensamientos de odio, venganza y destrucción, de los cuales, únicamente me he atrevido a poner en práctica los más endebles, pero con el tiempo todo se andará.

Para terminar, solo deseo que el destino les bendiga con el hijo más hiperactivo, trasnochador y de de naturaleza vomitona que pueda parirse, eso sí, que nazca una vez me haya mudado yo de casa.

16
Ago
07

El número

Me sudan las manos. Tanto que no me atrevo a coger el papel doblado en mi bolsillo, por miedo a que se borre el número.

No puedo hacer que dejen de sudar, por más que me froto en la ropa. Tengo náuseas y ahora que lo pienso, me cuesta respirar. Mis pulmones han decidido rechazar el aire que me rodea. ¿Es que ningún órgano de mi cuerpo va a obedecerme?. Alguna parte de mi cabeza intenta poner orden y opina en voz baja que debo tranquilizarme. Y para hacer eso, pienso que lo mejor es dejar de mirar  al tipo con cara de bestia que custodia la celda. Porque sí, a estas alturas puedo admitirlo, estamos (estoy) en una celda. No tengo ni idea de lo que va a ocurrirnos (ocurrirme) y el miedo paraliza todo mi cuerpo.

-Me llamo Andrés Sánchez De la Maza, soy español, comerciante (recuerda, comerciante, no digas la palabra agente comercial, no sea que la palabra agente levante sospechas) y estoy en Alemania por negocios.- Repaso mentalmente una vez más.

Me maldigo mil veces por haber aceptado el trabajo sin saber una palabra de alemán. Me maldigo por no haber cogido el diccionario de la maleta (que a estas horas ya debe estar en el mercado negro). Me maldigo por haberme separado de Carlos, mi compañero de viaje, mis oídos, mi lengua, mi guía en este maldito viaje por el maldito Berlín. Me maldigo mil veces por mi estupidez en el autobús donde me dejé llevar como un imbécil por esta pandilla de energúmenos armados con cara de pocos amigos. Mi mente asustada rebota por las paredes de la celda. Los demás miran al suelo o al techo. Nadie habla.

El soldado de antes, el que nos dio los papeles, ha entrado de nuevo escupiendo malsonantes palabras en alemán.

No se lo que hay que hacer, pero intuyo que tengo que salir cuando digan mi número. Me levanto a explicar una vez mas que no hablo alemán y que no entiendo los números, pregunto si hay alguien que hable inglés, pero solo recibo un empujón que me hace dar con la cabeza en la pared.

Parece ser que no hay más que una oportunidad. No recuerdo el número que me han dado, cuatro mil algo. Trescientos algo. Tengo que abrir el papel pero siguen sudando mis manos sin parar. Por fin consigo leerlo 4531. ¿Como se dirá esto en alemán?. Pregunto a un compañero en voz baja pero el tipo que nos vigila me propina otro empujón. No se puede hablar. Parece.

Esa náusea, otra vez.

Un altavoz desgarra el silencio tronando con una suerte de ruidos entre los que se dice un número. ¿Será el mío? Nadie se mueve. Un viejo se levanta al fondo y se dirige a la puerta. Sale y nadie sabe que ha ocurrido.

Vuelvo a mirar el número. ¿Cual era? No lo recuerdo. Ahora si que el aire es irrespirable. El altavoz chilla otro número. Esta vez alguien se levanta rápidamente y es conducido por otra puerta.

- ¡Viertausendfünfhunderteinunddreißig!

Lo entendí a la primera. Ese era mi número. Nunca he entendido una sola palabra en alemán, pero el miedo hizo que de pronto lo supiera.
-¡Ich! -Grito poniéndome en pie.

No volví a ver a mis compañeros de celda. Ni a Carlos. Ni por supuesto, mi maleta.
El asunto de la venta de filtros para fundición en el Berlín Oriental de los años 80 nunca prosperó.
En cambio aprendí que algunas veces, el miedo es la mejor escuela de idiomas.

10
Ago
07

El pintor

De pequeña, yo pensaba que aquella mujer era una bruja. Siempre desgreñada, de cara regordeta y mirada perdida, ataviada con un eterno vestido de color beige y siempre caminando con aires de marquesa. Un lunar verrugoso del cual salían un puñado de pelos coronaba su barbilla y era imposible evitarlo cada vez que se acercaba a darme dos besos. Incluso ahora sin mucho esfuerzo, puedo recordar el roce de su verruga contra mi piel.

  Se llamaba Julita y era la mujer del pintor. Durante un tiempo fue considerado como un pintor bastante célebre y mi madre decía que tenían mucho dinero pero que eran demasiado tacaños para cambiarse de piso. Eran los vecinos de enfrente y desde luego, su casa no podía ser más espartana. Conservaban la primitiva cocina de carbón de cuando se construyó la vivienda. No tenían muebles, sólo una enclenque mesa con dos sillas en el rincón que hacía las veces de comedor, una anémica cama en una esquina de lo que debía ser el dormitorio y lo que parecía ser una lámpara envuelta en papeles de periódico en el suelo de la habitación. Julita decía que era una lámpara muy valiosa, de cristal de bohemia, y no quería que se desgastara por el uso. Y luego estaba el estudio de pintura. Una habitación siempre cerrada a la que nunca pude acceder.

No tenían hijos así que no era raro que me llamaran para hacer algunos recados.

-Anitaaaa – llamaba el pintor desde la ventana del patio – ¡Trae tabaco cuando subas!.

A veces, pasaban a nuestra casa y el pintor me hacía dibujar. Mi madre me lanzaba miradas fulminantes, obligándome a obedecerle, no sea que viera en mí una gran promesa de la pintura. Él se fijaba en la seguridad de mi trazo, en la rapidez del dibujo, en las veces que apartaba el lápiz del papel. Luego nunca decía nada, ni una crítica, ni una alabanza. Eso era lo que mas me fastidiaba.

-El bien y el mal están dentro de las personas, no en las pinturas.- decía.

Frases como esa le hicieron ganarse fama de genio, aunque yo pensaba que sólo estaba loco.

Un día, las persianas del patio se cerraron y nunca más se les volvió a ver. Se rumoreaba que habían ido a París a vivir, que un famoso marchante le había contratado… no se. En cualquier caso, para mí fue un alivio.

No hace mucho que volví a ver a Julita por las calles. Se podía adivinar su figura através de  su sempiterno abrigo beige, cascando maderas y recogiendo cartones en un viejo carrito de supermercado. Hablaba en voz alta, maldiciendo a unos y otros y a veces miraba a su alrededor con su mirada perdida siempre buscando algo. Parecía la definición viviente de la locura. Creo que me vio aunque es imposible saber si me reconoció.

Un tiempo después, recibí una carta. Más que una carta, era una nota. Inmediatamente reconocí la letra churrigueresca de Julita que exponía en frases cortas y sin sentido cómo eran objeto de una desquiciada persecución y todos les trataban de robar. Hubiera roto la nota en mil pedazos de no ser por la última frase, donde me pedía ayuda desesperadamente.

Así que volví al viejo barrio, a la vieja casa. Las ventanas seguían cerradas tal y como las recuerdo desde el día en que dejé el vecindario. Subí la vieja escalinata de madera reconociendo viejos crujidos y descubriendo otros nuevos. Llamé y unos pasos cansados se arrastraron despacio desde el otro lado de la casa. El pintor me abrió la puerta.

Ante mi sorpresa, no había cambiado. Tal vez tenía menos pelo, tal vez algo más encorvado… pero prácticamente igual que siempre. Parecía no sorprenderle mi visita y me hizo pasar, como si me hubiera estado esperando.

La misma cocina de carbón, la misma mesa, incluso en una esquina pude ver el bulto informe que debía ser la lámpara de bohemia. El tiempo parecía haberse detenido atrapando a la casa y al viejo. Solo la suciedad que se había acumulado en todas partes indicaba que el tiempo había pasado. Esta vez, la habitación prohibida estaba abierta.

- ¿Dices que has visto a Julita?- me preguntó sin dejar de caminar.

-Creo que si… – le dije – No se si ocurre algo, Fernando, he recibido esta nota…

El pintor no se dignó siquiera a mirarme, como si ya lo supiera todo. En su lugar, me hizo pasar a la habitación prohibida.
-No, no creo que la hayas visto. Hace años que Julita no sale de esta habitación.
No podía creer lo que veía. La habitación estaba llena de cuadros. Colgados de las paredes o amontonados por los suelos, cientos de retratos de Julita me observaban. Una bella y jovencísima Julita de pelirrojos cabellos posaba en todas las posturas imaginables. Parecía como si Julita se hubiera mirado más tiempo en los cuadros que en el espejo, de hecho, no creo que hubiera un solo espejo en la casa. Los ojos del pintor habían transformado a aquella vieja loca en una bella y eterna joven que vivía sólo en aquella habitación. El mismo pintor parecía vivir sólo dentro de esa habitación.
-Tengo que seguir pintando- me dijo volviendo a su caballete – la vida solo existe si sigo pintando.

El viejo pintor se embebió de nuevo en sus colores y su paleta, tan manchada y torturada que parecía imposible encontrar algún resquicio de donde pintar.
Salí despacio y algo asustada de aquella casa.

Cuando bajaba las escaleras, pude oír al viejo gritar desde el patio:

-¡Anitaaa! , ¡trae tabaco cuando subas!.

08
Ago
07

La mancha

Noto la respiración agitada y el sudor recorre mi espalda.

Acabo de tener el orgasmo del año. Mis dedos juegan acariciando las sábanas de satén, me gusta su tacto fresco y suave, tan suave en mi piel…

Una máquina de ruido apenas imperceptible se ocupa de que la habitación se mantenga fresca a pesar de que estoy en medio del desierto. En mi boca aún recuerdo la sinfonía de sabores de la comida. El fresco bouquet de lechugas, aderezado con frutos secos, pasas, un toque de queso de cabra y aromatizado con vinagre de módena y aceites vírgenes. La suave textura del pescado sobre lecho de patatas panadera, el intenso sabor de la carne, jugoso, delicioso…. La comida se desborda de las fuentes a todas horas. Si algo no te gusta, sólo déjalo, alguien se apresurará a recogerlo y quitarlo de tu vista. Mas de 15 grifos manan toda clase de bebidas, vinos de todas las clases, aguas con o sin gas, refrescos, zumos….

Me estiro perezosa gozando, como un gato persa por los tejados de El Cairo. Es entonces cuando descubro una mancha en mi brazo. Antes no estaba. Una mancha negra, del tamaño de una moneda, transforma mi aterciopelada piel en una oscura y aspera corteza. Me levanto entre sorprendida y asqueada. Intento quitarme la mancha frotandome fuerte, consiguiendo solo que se haga mas grande. Pronto se extiende y rodea mi brazo. La mancha sigue creciendo ante mis incredulos ojos. Me levanto y me dirijo al espejo, no sea que haya mas de esas manchas en mi cuerpo.

No busco causas, solo la forma de detener la maldita mancha que se empeña en apoderarse de mi brazo. Bueno, bueno, pienso, tranquila, aún puedo ocultarla, puedo ponerme ropas de manga larga… puedo maquillarla, tal vez exista alguna operacion….

La mancha se extiende por mi mano, llega al codo y observo estupefacta como va ganando terreno hasta llegar a mi hombro. Desesperada, estrangulo mi muñeca, como si evitando el flujo de sangre, pudiera detenerla. Es un sueño, seguro, es sólo un sueño. Pasará.

Sí, se detiene. ¿lo ves?, puede arreglarse. Puedo usar guantes, eso da mucho glamour. Puedo salir de aquí y buscar ayuda sin despertar sospechas, puedo…La mano me duele, desea dejar fluir la sangre retenida en mis negras, negrisimas venas. Suelto mi muñeca y mantengo la respiración. Nada ocurre…

De pronto la mancha toma mi cuello, sube por mi cara, me escuece mientras gana mis mejillas, quema mi frente, mis ojos y riza mi pelo. Nada puedo hacer, solo ser testigo de mi propia y absurda metamorfosis. Mi nariz se ancha. Soy un hombre, pienso. Estoy transformandome en un hombre. Éste pensamiento hace que me preocupe más que me esté convirtiendo en negro. La mancha me ha recubierto por completo. Mi fantasía hace que mire mi sexo, que en mi imaginación, sobrepasa todas las habladurías. En cambio la realidad es muy otra. No hay nada extraordinario en mí.

El cambio ha terminado y ahora soy negro. Dos cicatrices surcan mi cara desde el ojo hasta la boca. Si me paro a buscar, encuentro más. Incluso recuerdo el dolor.

-Mourad, despierta. Despierta. Sigue, no te pares.

Kah sigue frente a mí, atado a su enorme cesto. El sol ha debido hacer que pierda el sentido. Mi boca y mi cerebro me suplican agua.

- He tenido un sueño…. He soñado…. Estaba en el paraíso y … era una mujer…. blanca…

Kah no puede evitar reirse. Una mujer blanca en el paraíso. Como si eso fuera posible.

-Vamos, Mourad, el sol te ha confundido. Ésto es el paraíso, ¿no lo recuerdas?.

-Ésto no es el paraíso. Es el infierno.

Un hombre blanco se acerca a caballo y me azota mientras me dirige incomprensibles palabras. Aún no conozco el español, pero puedo imaginar sus insultos.

El sudor escuece mis heridas mientras vuelvo a agacharme y recoger tomates en este infernal mar de plástico.

Noto mi respiracíon agitada y el sudor recorre mi espalda.

03
Ago
07

La caja

Supongo que no había encontrado nada que regalarme, o sencillamente se había olvidado de mí. Por eso, cuando fuimos a buscarla al aeropuerto hace ahora 15 años, se sorprendió tanto de verme. Había traído regalos para todos, y fue dándoselos uno a uno a todos mis hermanos acompañados de sonoros besos. Cuando llegó mi turno, mi tía sacó una caja de madera, sin ninguna marca ni dibujo, ni color, ni nada especial. Solo una caja. Daba la sensación que era una caja ya usada, el envoltorio de algo.

- Esta caja es especial – me dijo con una sonrisa – es una caja de secretos. Cuando tengas un secreto, abre la caja un poquito y susúrralo. Luego cierralo bien, no dejes que se escape. Creo que también vale para los deseos, pero no puedo asegurarlo. Tal vez sea mejor que lo pruebes tú misma.
Y con dos besos, pasó por fin a hablar con los mayores, visiblemente cansada por el viaje.  La tía venía a quedarse, después de una mala experiencia que tuvo con el tío. Nunca supe el nombre del tío de Femés. Solo era el tío. Después me enteré mejor de la historia, que al final, es tan parecida a las demás historias que casi es mejor no profundizar en eso

Descubrí pronto que la tía era diferente al resto de adultos. Mientras los demás procuraban siempre apartarnos para que no molestaramos, la Tía buscaba cualquier cosa de la que hacía un juguete, inventaba una historia mágica y todos nos quedábamos boquiabiertos por un buen rato.
No hace mucho llegó aquella carta. El tío de Femés había muerto, y ahora la tía podía volver. En todo el tiempo que la tía vivió con nosotros, nunca la había visto llorar. A mis 23 años, me senté en el suelo ante ella, como solía hacerlo antes, y le pregunté que era lo que le pasaba.
- Voy a echaros de menos. A todos. A la casa, a las calles… a la lluvia… el olor a la tierra….

Entonces, salí de la habitación dejandola algo confusa. Regresé con aquella vieja caja de madera y un puñado de tierra del jardín. En silencio, dejé caer la tierra en la caja delante de sus ojos. Después cerré la caja y se la dí.

- Toma. Ésta caja está llena de secretos. Y también de deseos. Y ahora, de ésta tierra. Cuando nos eches de menos, abre la caja y mójala. Así nunca perderás el olor a la tierra mojada, y nos tendrás a todos.

Ninguna palabra osó empañar aquel momento, donde la emoción lo envolvía todo. Y nunca podré olvidar los temblorosos ojos de mi tía mirándome con el color de la tierra.




Un Rincón Tranquilo

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