En su boca asomaban únicamente los 4 dientes de abajo. Pero lo realmente peculiar era que estaban recubiertos de varias capas de sarro que iban desde el color amarillo hasta el verde. Daba la sensación que aquella pestilente masa de porquería era lo único que los mantenía unidos. Alguna parte de mi mente pensó que con sólo tocarlos, se caerían. Pero en seguida luché por quitarme esa imagen de la cabeza.
La otra peculiaridad del viejo era que no se le entendía al hablar. Sus cuerdas vocales se esforzaban en emitir sonidos pero su boca no acertaba a vocalizarlos. Era como los muñecos de los ventrílocuos, que solo descuelgan la mandíbula de abajo. Sin “pes” ni “bes” era imposible captar lo que decía. Más aún porque mezclaba euskera y castellano. Reconocer alguna palabra era todo un logro.
Fue la primera vez que me tropecé con tan pintoresco personaje. Eran las fiestas de Arteta y puede decirse que todo el pueblo había salido a alternar aquella mañana de domingo. El viejo se nos había acercado con un vaso de vino en la mano, y se había plantado en el medio del grupo, no dispuesto a quedarse solo.
- Ya está aquí Santi. Yo siempre lo recuerdo borracho.-me dijo Jaime, el carnicero- Siempre con la misma manga que lleva ahora. Ahí donde le ves, una vez, -explicó- encontró oro. Si, si, como lo oyes. Estaba podrido de dinero. Trabajaba en una mina, en alguna parte de Sudáfrica, y encontró una veta. Cuando volvió, se hizo dueño de medio pueblo. Compró por cuatro perras y se volvió un usurero, sangrando a todo aquel que se atrevía hacer negocios con el. Se hizo casas por todas partes, una de ellas, el palacio Urgoiti, que ahora es un hotel. Se portó como un auténtico hijoputa.
- Y ¿Que ocurrió?- pregunté incrédula mirando aquel viejo que seguramente llevaba varios días sin cambiarse de ropa y que apestaba a sudor y vino. Intenté imaginarmelo vestido de Armani pero mi imaginación no daba para tanto.
- Se lo quitaron todo, entre la familia y la mujer. La vieja historia, ya sabes, se casó con la mujer equivocada. Una chica preciosa, de Cuba, creo. Ella lo cubrió de besos justo el tiempo que duró el oro. Pero como sabes, las minas se agotan, y el dinero se funde en seguida. Fue incapaz de ver como su mujer se esnifaba toda su fortuna entre fiestas y viajes. Ahora no tiene ni una sola propiedad. Ni siquiera un solo amigo. Se pasa el día bebiendo.
Era curioso como hablábamos de él en sus mismas narices, igual que si no estuviera. Entonces, el viejo murmuró algo de dinero. Que él tenía mucho dinero, más que todos nosotros. Eso sí pude entenderlo. En cambio, todos fingieron no haberle oído. Y el viejo sacó lentamente de su bolsillo la cartilla de la caja de ahorros.
- Engo ihero.- masculló tendiéndonos la cartilla. Todos desviaron la mirada como si el viejo nos quisiera mostrar su ropa interior.
- De dinero no se habla.- dijo alguien mirando hacia otro lado.
Me sentía incapaz de dejar de mirarle, como si fuera una especie de espectadora ajena a todo. El viejo clavó sus ojos pequeños en los míos tendiéndome la cartilla mientras luchaba por meter aire en sus pulmones a través de su patética dentadura. Yo negué con la cabeza, sin saber/poder decir nada. Volvió a guardarla.
En silencio, el viejo comprendió que nadie allí cambiaría amistad por dinero. Se dio la vuelta, muy agarrado a su recia cachaba, y sin soltar su vaso de vino se marchó a alguna parte.


Las cosas que dicen