Archivos para Octubre 2007

29
Oct
07

Trágico y anunciado suicidio de un reloj de pared

Pues sí. Finalmente voy a hacerlo. Os escribiría unas líneas explicando mis motivos pero lo he intentado, y mis manos son demasiado pequeñas y torpes para asir papel y lápiz. Así que os lo dejo dicho.

Por si no os habeis dado cuenta, pedazo de vagos, llevo ya más de dos semanas parado ante vuestros propios ojos. Me detuve a las 11 y media porque me pareció que os preocuparía no escuchar las doce, hora que tanto me gusta, con todas sus campanadas seguiditas… es el momento del día que todos me prestáis más atención. Pero descubrí con desagrado que eso os daba igual. Pasaba el tiempo (por mi no, claro, yo seguía empeñado en marcar las 11 y media) y nadie se me acercaba. Es cierto que os quejábais. “Hay que ponerle pilas a ese reloj de una vez”. Decíais. Pero ante mi estupor, nadie se dignaba a hacerlo.

Creo que os he dado tiempo suficiente para arreglarme (digo que creo porque al estar parado, lo de medir el tiempo se me da fatal, insisto). Para ponerme pilas. Para al menos consolarme en mi pesar. Pero nada, veo que no os importo. Tal vez ¡oh ingratos! no me necesiteis. Así que me voy. No espero más.

Adios.

CRIS CLASH CROS PLISPLAS PLOSCRISCRAS PLAN CRIS CRIS CRIS Y RECRIS.

-¿¿¿¿¿Que ha pasado?????- digo corriendo al salón ante tremendo escándalo de cristales.

En el salón, paralizado, Jorge. Sin atreverse a moverse. Mirando incrédulo al suelo entre sorpresa y susto.

-El reloj. – dice- Se ha caido. Y casi se cae encima mio el muy cabrón.

Miles de cristales esparcidos por la alfombra, incrustados en la madera, desparramados por el suelo…

-Que casualidad. Si son las 11 y media de la noche.

Pues sí. Una casualidad. ¿Será que realmente el reloj estaba aburrido de que no le cambiaramos la pila?

-Míralo por el lado bueno. Al menos a este no hay que ponerle en hora.

Eso si.

27
Oct
07

El regalo

-¿Quieres ir al cine esta tarde?
Adoraba aquellas palabras. Salté a los brazos de mi hermano como un resorte. ¡Pues claro que quería ir al cine!. Entonces sólo había una peli de dibujos al año, y el cine era toda una aventura para mí.  Mi hermano, 10 años mayor, me usaba para salir cuando se echaba novia. Así las madres estaban tranquilas porque los chicos no iban solos y yo encantada porque era la única manera de ver películas.

-¿Cómo se llama esta vez?- le pregunté en el ascensor.

-Yolanda. Acuerdate. Yoli. Y si no, mira, mejor no la llames por su nombre.

Fuimos a buscarla a su casa como hacíamos siempre. A las novias de mi hermano yo les parecía un encanto, y todas me trataban como a una hermanita pequeña. Aquel sábado echaban 101 dalmatas. Me sentaban una fila delante de ellos y así yo no podía verles. Esa era otra de las cosas que no debía decir a mi madre. Cuando salimos del cine, mi hermano fue a comprar unos paquetes de pipas y algunas gominolas para mi. Era la forma de mantenerme callada. Entonces fue la primera vez que ví el colgante.

-¿Te gusta? Me lo ha regalado tu hermano. ¿No es precioso?

Era una cadena de plata, seguramente, con una inscripcion debajo de un corazón. Te amaré siempre. No había nombres. A mi no me gustaba mucho, pero le vi aparecer con la bolsa de gominolas y le mentí a Yolanda…. Yoli.

-Si, es preciosa…

Bueno, aquella vez fueron los 101 dálmatas. El año siguiente, fue La bella durmiente. Sandra. Esta se llamaba Sandra. Era algo estirada y no me quiso dar la mano, pero en su cuello lucía el mismo colgante que le había visto a Yoli. No se como se las arreglaba, pero por lo visto, el regalo acababa siempre de nuevo en sus manos. Algo debió pasar en los asientos de detrás mio porque ya no volvieron a dirigirse la palabra en todo el viaje de vuelta. Y antes de entrar a su casa, Sandra me llevó aparte en un rincón y me dió el colgante aquel que había llevado orgullosamente toda la tarde. Te amaré siempre.

-Se lo devuelves a tu hermano. Y que no vuelva a dirigirme la palabra.

-¿Que te ha dicho? -preguntó Carlos cuando salí del portal.

-No quiere volver a hablarte.

-¿Y no te ha dado nada?

Tardé solo unos segundos en mentir.

-No.

Unos años después, regresaba yo a mi casa del colegio cuando  encontré una chica llamando frenéticamente al timbre de mi casa.

-No hay nadie- le dije.

-¿Tu eres la hermana de Carlos?

Asentí con algo de miedo. No era la primera novia despechada con la que me tropezaba.

-Toma. Le devuelves esto.- dijo dándome un anillo.- Y no quiero volver a saber nada suyo. ¿entiendes?

Te amaré siempre. Rezaba el anillo. Que poco original. Y me quedaba grande. A este paso, iba a montar una joyería.

Cuando volví a ver a mi hermano fue en el desayuno del día siguiente. No aparecía mucho por casa, la verdad, solo en las comidas y por las noches.

-Me he encontrado con… ¿Raquel?- le dije masticando mis galletas del desayuno.

- Sonia.

- Si, esa. Me dice que no quiere volver a hablarte.

-¿Te ha dado algo?

-No. Pero he visto un reloj de pulsera precioso en la joyería de abajo. Seguramente se le puede hacer alguna inscripción. ¿Cómo se llama tu nueva novia?

-Cristina.

-Cristina, vale. -dije terminando el desayuno.

-Bueno, tengo que irme. Buena suerte. Y recuerda, el reloj dorado de esfera cuadrada y brillantitos en las agujas.

Ya que voy a acabar quedándomelo, por lo menos- pensaba yo- elijo yo el regalo.

20
Oct
07

¿Quién conoce el final de Piel de Asno?

     Piel de asno…

     Piel de asno era una princesita que se vio obligada a salir del castillo, seguramente, porque no quería casarse con algún príncipe o algo así, y para que no la reconocieran, se cubrió con la piel de un asno. Tan estrafalario y maloliente disfraz hacía que nadie se acercara a ella, y así pasaba desapercibida pudiendo llevar otra vida muy diferente a la suya.

      No sé mucho más de ese cuento, si por fín la chica encontró trabajo en otro lugar, o marido, o si se pasó la vida con el disfraz de burro a cuestas. ¿Quién conoce el final de Piel de Asno? 

     ¿Y por qué me acuerdo yo ahora de ese cuento? 

      Pero la segunda pregunta que le vino a la cabeza, era mucho más inquietante

     ¿Y quién soy yo?
     No recordaba nada en absoluto de ella misma. ¿Dónde estaba su casa? ¿Había salido a comprar? ¿A trabajar? Se miró a ver si su indumentaria le daba alguna pista. Vestía vaqueros y una camisa blanca, normal y corriente. Botas y una chaqueta en el brazo. No reconocía ninguna de esas ropas como suya. Se miró en el reflejo de un escaparate y tampoco reconoció su cara. Como cuando uno se despierta de una siesta profunda y no sabe ubicarse, no sabe si es de día o de noche, o si está en casa, o en el hotel que estuvo hace unos días. Solo que esta sensación era…. mucho más intensa. Todo estaba borrado. Completamente borrado.

      Se tocó la cara. Estaba suave. Esa fue la única sensación que le produjo. Aún mirándose en el cristal, se  puso la chaqueta que resultó ser muy larga y a rayas rojas y negras. Una sonrisa amarga le hizo pensar de nuevo en piel de asno ja,ja, sólo le faltaba cubrirse la cabeza con algo. Y restulta que la chaqueta tenía capucha. Como broma, (tal vez como broma, quién sabe) se puso la capucha cubriendo su cabeza con más rayas rojas y negras. Y aquello le gustó.

     Buscó en los bolsillos. Piel de asno seguramente tendría un hada madrina y no necesitaba dinero. Pero hasta lo que ella recordaba (que no era mucho, por otra parte), ese no era su caso y un poco de dinero no le vendría mal. No encontró móvil, ni cartera, ni identificación de ninguna clase. Solo un pequeño monedero con algunos euros y unos billetes de metro usados que ella se apresuró a tirar rápida e inconscientemente.

      Empezó a caminar. Como no sabía a donde iba, no tenía prisa. Tampoco estaba asustada, tal vez esto sea solo un sueño. -pensó- si, claro, eso debe ser. 

     Convencida con su explicación se puso a vagar por las calles, intentando reconocer algo. Alguna tienda, o tal vez algún rincón. Pero todo era completamente nuevo para ella. Subió la cuesta hasta darse de bruces con un tumulto de gente. Parecían estar esperando a alguien. O algo. Si, claro, un autobús. Un enorme autobús se paró frente a la multitud con un suspiro mecánico y abrió sus puertas al grupo que se apresuró a subir y buscar asiento.

      ¿Se atrevería ella a entrar?

      ¿Y por que no?

      Sin ninguna preocupación, se sentó en la parte trasera del autobús, al lado de la ventanilla. Aun llevaba la capucha, y decidió que tal vez sería mejor quitársela. Un caballero de mediana edad, con aspecto cuidado, le preguntó si estaba libre el asiento. Ella asintió arrimándose más a la ventanilla, aunque había más que suficiente espacio en el otro asiento. Ella dibujo una sonrisa de cortesía y se puso a mirar por la ventana, pero el hombre parecía tener ganas de hablar.

     -Vaya tiempecito tenemos ¿eh?     Ella asintió con su sonrisa aun dibujada, sin mucha gana de conversar. Eso en cambio, no desanimó al hombre que parecía estar bastante contento.

     -¿Vas hasta Logroño?

     -Si- dijo ella por decir algo.

     -Me llamo Alfredo- dijo el tendiéndole la mano lo mas decorosamente que permitía la postura en la que se encontraban.

     Ella se dio cuenta que no sabía su nombre. Pensó en decir que se llamaba piel de asno, pero en seguida desechó la ocurrencia. Así que dijo el primer nombre que se le pasó por la cabeza

     -Alicia

     -Encantado, Alicia. -Dijo el hombre estrechándole la mano- ¿del país de las maravillas?

     Seguramente si te llamas Alicia, acabas un poco harta de escuchar siempre el mismo comentario. Pero aquella era la primera vez que ella lo oía así que le hizo gracia.

     El autobús cerró sus puertas y arrancó con un resonante ruido de motor que se sentía sobre todo en los asientos traseros.

     La nueva Alicia vio como se alejaba tras el cristal aquella calle desconocida, rumbo a alguna parte, y de algún modo, se sintió a salvo.

17
Oct
07

Mi último día bajo la lluvia

Llueve.

Ya no me gusta la lluvia, debe ser que me estoy haciendo viejo. Me cuesta mucho luego secarme y no puedo quitarme esa sensación de humedad en todo el día. Ni por la noche. Camino cansado hasta un rincón negro por la suciedad y los orines. Vagamente reconozco algunos, incluso míos, y me acurruco todo lo que puedo evitando el agua. Descanso mi cabeza entre las patas mientras veo caer la lluvia.

Te echo de menos, ¿sabes? Apenas recuerdo tu rostro pero sé que te reconoceré en cuanto te huela. Hueles a galletas y calor, y me gustan tus manos. Las lameré todo el tiempo que me dejes, deseo hacerlo. Solo de pensarlo me pongo a lamer mis propias patas. Una de mis pulgas me ha mordido y esta vez me ha hecho daño. Bueno, no parece una pulga. Dejo de lamerme y busco con mis dientes el maldito bicho que anda por mi barriga. Ahora me pica todo.

No se cuanto tiempo paso así, pero aún llueve cuando poso mi cabeza entre las patas otra vez. No conozco esta ciudad. Te he buscado por todas partes, pero no encuentro nada familiar aquí. No sé como he llegado y estoy pensando si debo buscarte por otro lado. O tal vez vengas a buscarme aquí. No sé que hacer. Me duele la oreja. Por lo de la pelea del otro día. Me duele mucho pero ya no quiero tocármela. Espero que se pase solo. Tú sabrías que hacer, tu siempre sabes que hacer. Ahora procuro no cruzarme con otros perros, sobre todo si tienen amos. Ellos son afortunados, pero no creo que se den cuenta. Tengo sueño.

Un ruido me despierta. Ahora nunca duermo profundamente, como antes. Algo pasa, se acerca alguien. ¿Eres tú?

No. No huele a ti. Son dos hombres pero no entiendo lo que dicen. Solo puedo entender algunas palabras, ojala hubiera aprendido más. Oreja, dicen algo de oreja. Eso si lo he entendido, ¿se referirán a mi?. Parece que quieren cogerme.

¡Eh, no! No.

Huyo. Intento huir. Si me cogen no podras encontrarme tú. Corro todo cuanto puedo, pero ahora sé que estoy viejo. Me han atrapado. No, no, malditos. ¡No! Ladro pero no me atrevo a morder. Me pegan mucho cuando muerdo y estos parecen fuertes, me harán daño. Me rindo.

Estoy en una furgoneta con mas perros. Uno de ellos está muy mal, tiene una pierna destrozada, puede vérsele el hueso y se lo muerde constantemente. Otro está ladrando todo el rato, creo que se ha vuelto loco. Ojala se calle, porque yo también tengo ganas de ladrar. Hay uno tirado en el suelo, no se si esta muerto. El viaje es muy largo. Tengo miedo y sigo mojado. Es como si nunca abandonara esta maldita lluvia.

Estoy en una jaula. Dicen que es un hogar pero esto es una maldita jaula. ¿Vendrás aquí a buscarme? Seguramente sabrás encontrarme aquí. Hay muchos perros. De pronto miro la lluvia y pienso que nunca mas volveré a sentirla. Ahora quiero sentirla, eso me recordaría que estoy vivo. Me pongo a llorar. Aúllo. Ven a buscarme. Ven, por favor. ¡Ven!. De pronto, todos aúllan y nadie nos hace callar. Tal vez acabe volviendome loco.

Sigue lloviendo en la calle.

07
Oct
07

Cosas que no se pagan con dinero

Ocurrió hace dos años. La locura parecía campar a sus anchas aquel otoño y daba la sensación de que nada malo iba a pasar nunca. Esa sensación era como una burbuja, y yo sabía que en algún momento estallaría, pero no sabía cuando.
De momento, acababa de empezar, todo era nuevo, nuevito, y yo solo me preocupaba de tener los ojos muy abiertos, porque nunca antes había visto tantos colores. Anochecía, y alguien decidió ir a buscar setas al monte del cabrero. Esa frase era tan surrealista que decidí por supuesto, unirme al grupo.
No era mi mejor momento. De hecho, deseaba morir. Tenía las lágrimas a flor de pie después de haber pasado por uno de los momentos mas difíciles de mi vida. Aún así, subí al monte. Las setas que encontramos resultaron no ser comestibles, pero el cabrero nos recibió con una cazuelada de pimientos verdes fritos y un revuelto de setas. Tambíen cortó queso y sacó vino abundante.
Una cabra consiguió abrir la puerta y hubo que echarla entre risas.
Cuando probamos los pimientos, alguien dijo.
Estas cosas no se pagan con dinero.
El delicioso sabor transformó mi pena en emoción.
Al bajar del monte, en el último arrebato de locura del día, detuvimos los coches en medio de la pista y salimos a bailar con la música a tope.
Parecíamos dementes, moviendonos delirantes ante los focos de los coches.
Era completamente denoche, el frio congelaba nuestro aliento bajo las estrellas.
Ningún otro coche subió por esa carretera.
Aquel día fué el principio de mis otoños

06
Oct
07

La piedra

Los ojos de Najwa brillaban como nunca aquella mañana. Fue lo primero que ví al despertarme,de hecho, ella me despertó, empeñada en que fuéramos al mercadillo. Después de todo, era nuestro último dia en Sudáfrica.

—Vamos, tienes que venir-insistía con su fuerte acento francés- es mejor madrugar para ir a estos sitios. Ya dormirás al llegar a casa, ¡Vamos!.

Mi cabeza me recordaba que llevaba 7 noches sin dormir mas de tres horas seguidas y me pedía una explicación. Pero Najwa era tan insistente… Decidí que ya pensaría alguna escusa para mi cerebro y a regañadientes, me levanté de la cama luchando por mantener los ojos abiertos.

Los puestos ambulantes se sucedían siguiendo líneas indefinidas y formando callejas imposibles de recordar. Era un mercado de artesanía, y ya a esas horas había bastante gente curioseando. Collares de hueso, marfil y madera, figuritas de animales, instrumentos musicales, mesas, bancos… en seguida comenzamos a comprar recuerdos y souvenirs para amigos y familiares cuando vimos un puesto con figuras enormes de piedra. En medio, una piedra verdinegra representando un hombre y una mujer, dispuestos en forma de círculo atesorando dentro una pequeña figura. Najwa cayó rendida ante tan bella piedra en cuanto la vio. Comenzó a regatear y a preguntar por el significado de la figura y la vendedora, una regordeta mujer negra, insistía en que no podía bajar ni un solo rand. Que se trataba de piedras libres de maldiciones, no como las maderas, que venían de árboles malditos y había que hacerles ofrendas para alejar los malos espíritus, y señaló una figura de madera negra con un enorme delfín. Solo aquella frase hizo que me dieran ganas de salir de aquel mercado lo más rápidamente posible, pero era inútil. Najwa estaba prendada de la piedra.

—Pero ¿como vas a llevarla en el avión? si lo menos pesa 40 kilos. Y ¿como vamos a llevarla al hotel?—le preguntaba yo.

—Nos las arreglaremos. Esta piedra debe ser mía.

De algún modo, aquella mujer levantó la piedra la acarició tres veces e incluso yo diría que con infinita pena, la envolvió con periódicos, antes de dársela a Najwa. 

El camino al hotel se me hizo eterno. La piedra parecía hacerse mas pesada a cada paso, pero mi terca compañera, inasequible al desaliento, llevaba la mayor parte del peso con un ritmo y soltura admirables en una mujer de 50 años.

No serían mas de las 10 de la mañana cuando aparecimos las dos, sudorosas, acarreando la maldita piedra al hotel. Pierre, el marido de Najwa exclamó un sonoro ¡Mon Dieu! nada mas vernos entrar por la puerta. Tuvieron una rápida discusión en francés la cual no pude entender del todo y finalmente, el accedió a quedarse con la piedra. Pero no podían llevarla en el avión así que contrataron un barco a Rotterdam, para después llevarla en camión hasta París. La piedra estaba resultando cara.

Esto ocurrió en nuestro último viaje a Sudáfrica, hace ahora justo 2 años.

Hará unos meses que recibí un e—mail de Najwa contándome que por fin, le había llegado la piedra. Por lo visto, habían ocurrido toda clase de percances por el camino. El barco naufragó, la piedra pasó muchos meses extraviada hasta que dieron con su dirección y tras un par de intentos fallidos, la compañía de transporte dio con ella y ahora que la piedra acababa de entrar en su casa, Najwa se dio cuenta de que hubiera preferido uno de esos animales de madera. De hecho, no se atrevía a meterla en la casa y me preguntaba si acaso la querría yo. Para mi sorpresa, le dije que si, que me la enviara.

Hace ya unos días que la piedra llegó a mi casa. Es una piedra a la que apetece acariciar y me gusta mucho mirarla. Tiene gracia, pero desde que llegó la piedra, he vuelto a conciliar el sueño.  Ahora, curiosamente, antes de dormir, siempre pienso en delfines.

04
Oct
07

Piedras

Hoy te he encontrado en mis sueños.

Era un sueño de esos raros, delirantes, y trataba sobre cuentos, ya ves tú que tontería.

Tenía que ir a una casa con uno de mis relatos para que me lo valorasen. Como estaba muy emocionada, lo llevaba encuadernado en tapas de cuero marrón oscuro y con grandes letras doradas. Un señor mayor al que no se si se le podría calificar como anciano, abrió mi libro con gesto aburrido, y comenzó a tachar párrafos. Añadía notas y torcía la boca en un mohín de disgusto. Pasó la hoja, y llegó a un párrafo en el que, no se por qué, había incluido yo unas fotos de Alfredo Landa, e incluso un video de youtube, que en virtud de esa magia que tienen los sueños y  aun estando en papel impreso, podía verse de principio a fín en pleno movimiento. Aquí el venerable señor mayor lanzó una carcajada y apuntó algo a mi favor. Me dijo que no estaba mal, pero que tenía que mejorar mucho.

Salí de allí cogiendo el libro con solo dos dedos y con el corazón lleno de piedras. Y entonces te encontré sentado en una barandilla. Parecías Humpty Dumpty, en el mismo país de las maravillas, ahí encima del muro.

-¿Qué te pasa?

-No creo que yo les guste…

Te pusiste a ojear el libro, sin decir una palabra hasta que viste todas las anotaciones/críticas.

-No creo que tengas que hacer caso de este viejo.-dijiste apartandome el pelo de la cara, con infinito cuidado.

-¿Crees que mi relato es bueno?

-No, no. Tu relato es malo. Casi totalmente desechable. Pero ese hombre aplaude lo que tú no eres. Tú no tienes que hacer cosas para gustar a viejos polvorientos, solo tienes que escribir lo que sale de tu corazón, de tus tripas o de cualquiera de tus vísceras. Pero sin hacer extraños volatines para los demás.

Me quedé embelesada mirandote, como siempre.

-No todo lo que haces está bien. Pero eso nos pasa a todos. Ven,-dijiste saltando de la barandilla- vamos a tirar piedras al pantano.

Algún ruido me privó de ese placer, y el reloj despertador insistió en marcar las 5 de la mañana. Se reía, porque sabía que era muy mala hora y creo que disfruta mortificarme. Cerré los ojos fuerte, intentando volver a coger tu mano, para ir a tirar las piedras al pantano, pero nunca he tenido el don de retomar los sueños una vez me despierto.

También me dí cuenta que ya no había piedras en mi corazón.




Un Rincón Tranquilo

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