
Piel de asno…
Piel de asno era una princesita que se vio obligada a salir del castillo, seguramente, porque no quería casarse con algún príncipe o algo así, y para que no la reconocieran, se cubrió con la piel de un asno. Tan estrafalario y maloliente disfraz hacía que nadie se acercara a ella, y así pasaba desapercibida pudiendo llevar otra vida muy diferente a la suya.
No sé mucho más de ese cuento, si por fín la chica encontró trabajo en otro lugar, o marido, o si se pasó la vida con el disfraz de burro a cuestas. ¿Quién conoce el final de Piel de Asno?
¿Y por qué me acuerdo yo ahora de ese cuento?
Pero la segunda pregunta que le vino a la cabeza, era mucho más inquietante
¿Y quién soy yo?
No recordaba nada en absoluto de ella misma. ¿Dónde estaba su casa? ¿Había salido a comprar? ¿A trabajar? Se miró a ver si su indumentaria le daba alguna pista. Vestía vaqueros y una camisa blanca, normal y corriente. Botas y una chaqueta en el brazo. No reconocía ninguna de esas ropas como suya. Se miró en el reflejo de un escaparate y tampoco reconoció su cara. Como cuando uno se despierta de una siesta profunda y no sabe ubicarse, no sabe si es de día o de noche, o si está en casa, o en el hotel que estuvo hace unos días. Solo que esta sensación era…. mucho más intensa. Todo estaba borrado. Completamente borrado.
Se tocó la cara. Estaba suave. Esa fue la única sensación que le produjo. Aún mirándose en el cristal, se puso la chaqueta que resultó ser muy larga y a rayas rojas y negras. Una sonrisa amarga le hizo pensar de nuevo en piel de asno ja,ja, sólo le faltaba cubrirse la cabeza con algo. Y restulta que la chaqueta tenía capucha. Como broma, (tal vez como broma, quién sabe) se puso la capucha cubriendo su cabeza con más rayas rojas y negras. Y aquello le gustó.
Buscó en los bolsillos. Piel de asno seguramente tendría un hada madrina y no necesitaba dinero. Pero hasta lo que ella recordaba (que no era mucho, por otra parte), ese no era su caso y un poco de dinero no le vendría mal. No encontró móvil, ni cartera, ni identificación de ninguna clase. Solo un pequeño monedero con algunos euros y unos billetes de metro usados que ella se apresuró a tirar rápida e inconscientemente.
Empezó a caminar. Como no sabía a donde iba, no tenía prisa. Tampoco estaba asustada, tal vez esto sea solo un sueño. -pensó- si, claro, eso debe ser.
Convencida con su explicación se puso a vagar por las calles, intentando reconocer algo. Alguna tienda, o tal vez algún rincón. Pero todo era completamente nuevo para ella. Subió la cuesta hasta darse de bruces con un tumulto de gente. Parecían estar esperando a alguien. O algo. Si, claro, un autobús. Un enorme autobús se paró frente a la multitud con un suspiro mecánico y abrió sus puertas al grupo que se apresuró a subir y buscar asiento.
¿Se atrevería ella a entrar?
¿Y por que no?
Sin ninguna preocupación, se sentó en la parte trasera del autobús, al lado de la ventanilla. Aun llevaba la capucha, y decidió que tal vez sería mejor quitársela. Un caballero de mediana edad, con aspecto cuidado, le preguntó si estaba libre el asiento. Ella asintió arrimándose más a la ventanilla, aunque había más que suficiente espacio en el otro asiento. Ella dibujo una sonrisa de cortesía y se puso a mirar por la ventana, pero el hombre parecía tener ganas de hablar.
-Vaya tiempecito tenemos ¿eh? Ella asintió con su sonrisa aun dibujada, sin mucha gana de conversar. Eso en cambio, no desanimó al hombre que parecía estar bastante contento.
-¿Vas hasta Logroño?
-Si- dijo ella por decir algo.
-Me llamo Alfredo- dijo el tendiéndole la mano lo mas decorosamente que permitía la postura en la que se encontraban.
Ella se dio cuenta que no sabía su nombre. Pensó en decir que se llamaba piel de asno, pero en seguida desechó la ocurrencia. Así que dijo el primer nombre que se le pasó por la cabeza
-Alicia
-Encantado, Alicia. -Dijo el hombre estrechándole la mano- ¿del país de las maravillas?
Seguramente si te llamas Alicia, acabas un poco harta de escuchar siempre el mismo comentario. Pero aquella era la primera vez que ella lo oía así que le hizo gracia.
El autobús cerró sus puertas y arrancó con un resonante ruido de motor que se sentía sobre todo en los asientos traseros.
La nueva Alicia vio como se alejaba tras el cristal aquella calle desconocida, rumbo a alguna parte, y de algún modo, se sintió a salvo.
Las cosas que dicen