Archivos para Noviembre 2007

28
Nov
07

El maestro

Si quieres aprender, estudia. Si quieres aprender más, pregunta. Y si de verdad quieres aprender, ponte a enseñar.

Aquel día que iba a ser el último de su vida, Pedro recordó esas palabras, en la misma cama, antes siquiera de despertarse. Eran las palabras de su viejo maestro… si… éste… ¿cómo era su nombre?…

Pedro arrastró sus pies hasta el lavabo y tras mojarse la cara observó al viejo con ojos rojos y barba de varios días que le miraba desde el espejo. Se miraron un tiempo pero no quisieron decirse nada. Luego Pedro giró la cabeza.

-La lista, dónde esta la lista, a ver.

1.- Lavarse.

¿Me he lavado? Por si acaso, lo hizo de nuevo. Prefería hacer las cosas dos veces antes que dejarlas sin hacer.

2.- Ejercicios.

¿Qué ejercicios? Pedro siguió leyendo. Para ejercitar la mente, con la Brain Training. ¿Brain Training? ¿Y eso qué es? y siguió leyendo la lista que le explicaba en un añadido la maquinita de marcianitos de los cojones.

¡Ah, si! Pedro arrastró sus pies hasta la cocina  y abrió la máquina. El dibujo de un japonés sonriente y burlón le daba la bienvenida y le puso la lista de operaciones matemáticas del día con una música ridícula y estridente.

3+2

Tres y dos, cinco. El viejo escribió un tembloroso cinco en la pantalla táctil.

7×0

Siete por cero… siete por cero…

Los números se tornaron extraños jeroglíficos ante sus ojos. Se pusieron a bailar. ¿Qué es un siete?

Debes ejercitar la mente, Perico, la mente es la única amiga que tendrás en tu vida. La mente te sacará de aquí, tú eres listo, puedes hacerlo. Confía en tu mente.

Confía.

Siete por cero…

Pasó su niñez en un pueblo perdido del norte, lejos del País Vasco para huir de los bombardeos. Su padre desaparecido, su madre trabajaba de criada en la ciudad, solo quedaban sus 4 hermanos para arreglárselas en casa. Y de todos ellos, solo él iba a la escuela. Las niñas no debían perder el tiempo en esas cosas que no habian de servirles para nada, y los demás chicos tenían que trabajar. Perico, como le llamaban, era demasiado enclenque para llevar las vacas al campo, así que lo mandaban a la escuela. Entonces la escuela solo tenía un aula donde se apelotonaban niños de todas las edades, y el maestro se esforzaba porque algún alumno saliera del pueblo y se hiciera con alguna brillante carrera. 

La guerra dio paso a la posguerra y lo que no consiguieron las bombas, lo consiguió el hambre. Perico, sin coger ninguna pertenencia porque nada tenía, se levantó el cuello del desgastado abrigo y se marchó de casa para no ver más a sus hermanos. En la ciudad sobraba trabajo, pero faltaba todo lo demás. Perico se convirtió en Pedro y a los 14 años cobró su primer sueldo de hombre y recibió su primer paquete de cigarrillos que no supo fumar. Decidió no hacerse cargo de nadie y estiraba su sueldo para comer y pagarse unas clases. La fundición en la que trabajaba minó sus pulmones pero no su mente, que seguía desarrollándose, prodigiosa, hasta hacer realidad los sueños de su viejo maestro. Se convirtió en un afamado catedrático en matemáticas. Daba clases, congresos, masters. Siempre haciendo números, siempre pensando, siempre calculando. No sabía vivir si no era trabajando con sus números, los pintaba por todas partes, le hacían sentir que estaba vivo.

Siete por cero 

Pedro se dió cuenta que había estado llorando. Su mente ya no era amiga suya. Algún Dios cruel y burlón se reía de él cada día suprimiendo parte de su pasado. Apenas le quedaban ya recuerdos y ahora… también le estaba quitando el razonamiento… los números… sus números…

Pedro decidió que no quería llorar más. Cerró la maquinita sin guardar la partida y se subió el cuello de la camisa que llevaba puesta. No cogió ninguna pertenencia, porque nada tenía ya.

Vámonos Perico

La puerta hizo mucho ruido cuando se cerró por última vez.

27
Nov
07

Otros universos

Un gusano ciego que no recuerda cuando ha nacido, lanza bocado tras bocado abriéndose paso lentamente entre las entrañas de algún lugar.

No sabe si lo que está deglutiendo es manzana, tomate, patata o tierra. Ni tampoco le importa. Masca, come, despacio en su universo, sin pensar en nada más porque no hay nada más. Y avanza, pero lo mismo podría estar retrocediendo, ya que ahí dentro no existe delante ni detrás.

No sabe cuanto tiempo ha estado así, toda una vida. Toda su vida. Y de pronto, sin que nadie avise, el universo se acaba. El siguiente bocado es sólo aire. El gusano sigue mecánicamente mascando y entonces se da cuenta que la intemperie hiere su cuerpo desnudo, como si miles de cuchillas lo atravesaran. Se retuerce, busca nuevos bocados que dar pero no hay nada.

Y qué hacer ahora- piensa- si no se quien soy, no veo, no oigo, no tengo pies ni manos.

Pero entonces un sonido estridente llega a su oído

-¡Puaj!, es un gusano.

Así que no estoy sordo.- Piensa- y soy un gusano.

-¡Mátalo!- dice otra voz

-No, me da asco.

-Pues tira la manzana.

Una manzana, era manzana lo que comía-piensa ahora el gusano. Y toda esa información le sorprende y agota.

El universo se agita, se vuelve loco, se cae.

Ahora el universo es oscuro y huele diferente. El gusano da nuevos bocados buscando un nuevo mundo al que pertenecer. Allí encuentra otro gusano que masca algo. El también se pone a mascar. Sí, eso vale. El gusano ahora sabe que no se trata de una manzana. Pero no sabe lo que es. Masca y sigue mascando. Intuye que pronto conocerá más gusanos.

Tal vez la muerte no exista.

09
Nov
07

Desilusión

“A veces se le quitan las ganas a uno de tener ganas”

Gomaespuma

Van a tener razón.

06
Nov
07

Por el amor de esa mujer…

-No puedo creer que me hayas hecho esto… Eres un cabrón y un malnacido.- dice Maribel en la barra del karaoke, esforzándose porque su voz supere los insufribles alaridos del cantante de turno que se desgañita con una canción de Camilo Sexto.

Ella es una mujer de unos 45 años, bastante bien conservada y de aspecto semi-juvenil como está tan de moda ahora. Los restos de maquillaje unidos al tremendo disgusto que acaba de recibir de su ¿novio? ¿pareja? … (acompañante, en todo caso), hacen que su cara luzca vieja y triste.

-Pero cielito, no lo entiendes, no ha significado nada…

- Mira, Manolo, no me calientes, no me vengas con que si uno se corre fuera no es infidelidad porque te parto la cara.

-No, no, Maribel, no. De verdad que no ocurrió nada de eso.

-¡Déjame en paz, no me toques!

Aquella era la primera vez que Merche iba a un Karaoke. Lo había decidido en un momento de enajenación mental, justo después de beberse su 5ª cerveza (o por ahí cualquiera lleva la cuenta en día de fiesta). Iba dispuesta a reventar el local, a regalar su hermosa y potente voz al resto de humanos que quisieran escucharla.

Y allí bajó las escaleras cual diva de televisión en plena noche de estreno, sonriente y bella, preocupandose por sus movimientos cadenciosos y sensuales, sin darse cuenta que salvo un par de tios que iban al pille, nadie se fijaba en ella, y aún así, estos se fijaban más en sus tetas que en otra posible virtud suya.

El local, que bien podría considerarse como antro, estaba en un semi-sótano al que se accedía bajando más y más escaleras, y la barra estaba unas escaleras por encima de lo que es la pista. Merche ya se había colocado en posición, acomodándose la ropa.

-¿Cuanto valen las rosas?- Le preguntó Manolo al chino de turno ataviado con diademas de luz, delirantes accesorios brillantes y rosas de tela fabricadas seguramente a mano por alguna colonia de niños chinos.

-3 euros cada una.

-Dámelas todas

El chino cambió su cara por una más radiante y le tendió las 20 rosas a Manolo.

-Toma, cariño. Son para tí- dijo Manolo a su novia-amante-mujer con la mayor dulzura de la que fue capaz.

-¡Me cago en tus rosas y en tus muertos!

Maribel cogió las rosas con rabia y las tiró todo lo lejos que pudo, yendo a caer encima de la cabeza de Merche, que ya se había preparado a cantar su primera canción.

Merche, ajena a todo lo demás, recibió las rosas que le llovían del cielo pensando que la Gloria le había llegado antes incluso de abrir la boca.

Manolo, Maribel y Merche se quedaron un rato sin hacer nada. Solo pensando.

Después de un rato, Maribel se marchó escaleras arriba furiosa, Merche se agachó a recoger las flores a sus pies y Manolo se acercó a Merche con su mejor sonrisa, halagándola y ayudándola a recoger las rosas del suelo, pensando que tal vez no todo se había perdido.

El chino reclamaba sus 60 Euros y Manolo le devolvió rosas por valor de 54.

Con invertir 6 Euritos en ésta, ya valía por esa noche. ¿no?

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Nota: Para aquellos que busquen la letra de “Por el amor de esa mujer”.
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Para aquellos que busquen el vídeo
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02
Nov
07

Desde la alcoba

No es la primera noche que Elena se pasa mirando al techo. Tiene el oído muy fino y el sueño ligero, así que cualquier ruidito es suficiente para despertarla. El techo es un buen amigo, se lo conoce bien. Las luces de la calle se cuelan por las rendijas de la persiana pintando de rayas la habitación y Elena se entretiene contándolas y creando dibujos abstractos en su imaginación.

Cero, Tres, Cero, Siete. Elena tarda un poco en ordenar esos números que arroja el reloj de la mesita y convertirlos en información horaria. No tardaría en llegar.

Efectivamente. Ruido del ascensor. A esas horas un jueves solo podía ser el. El ascensor se detiene en el sexto y la puerta se abre con un golpe seco. Era una manía suya. Nunca abría las puertas empujando con la mano, las derribaba con el hombro como si fuera un jugador de Rugby. Las llaves tintinean histéricas en sus manos hasta acertar en la cerradura. La cerradura cede con un metálico chasquido. La puerta se abre del mismo modo que la del ascensor y Elena se arrima todo lo que puede a su esquina de la cama, asegurándose que hay sitio más que suficiente para el al otro lado. Normalmente, cuando llega tan borracho, se desploma en la cama cuan largo es y se queda como muerto, totalmente inmóvil hasta que llega la mañana. Pero a veces, llega con ganas de sexo y se tumba encima de ella directamente. Elena se queda inmóvil, aguantando el tremendo peso que la aplasta contra el colchón, y buscando aire para respirar lejos del pestilente aliento de su marido. Aguanta sus torpes empujones hasta que termina y luego ella se escurre todo lo rápido que puede hasta el baño para lavarse. Seguramente le ha pegado algo, porque lo tiene muy irritado y le pica mucho, y a veces, sangra.

Elena se tapa con las mantas un poco más buscando el escaso consuelo que le da el calor y sigue escuchando. Pesados pasos por el pasillo, entra en la cocina. El zumbido intermitente de la luz encendiéndose. Más pasos arrastrándose. La tostadora se lamenta con su característico chasquido.

Va a comer algo.

Encender la tostadora es lo que el entiende por cocinar. Se abren los armarios de la cocina, pero no los cierra. Busca algo, tal vez, la botella de ginebra. Los ha abierto ya todos, solo le falta el de arriba. Donde guardan el vidrio para reciclar. La balda no es muy segura, bascula, ella se lo había advertido muchas veces, pero el nunca encontraba tiempo para arreglarla. Ella tampoco.

Una botella resbala de la balda. Después, todas las demás.

Ruido de cristales. Cristales cayendo, cristales reventando, cristales incrustándose, cristales explotando en miles de pedazos, cristales deslizándose sobre las baldosas como canicas furiosas. Algo cae sobre el vidrio de la puerta de la cocina que revienta también en un crujido y se suma a la particular orgía de cristales rotos y enloquecidos. Después, no hay ningún ruido más. Ni un quejido, ni un lamento.

Creo que ahora sí tendré que levantarme.- Piensa Elena.

Pero justo en ese momento, el sueño cae sobre ella como una cortina. No. Como un pesado telón. Inunda sus sienes, sus músculos, derriba sus ojos. Su mente comienza a volar tejiendo un sueño absurdo y Elena piensa antes de rendirse al sueño que al día siguiente tendrá que recoger muchos, muchos cristales.




Un Rincón Tranquilo

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