Si quieres aprender, estudia. Si quieres aprender más, pregunta. Y si de verdad quieres aprender, ponte a enseñar.
Aquel día que iba a ser el último de su vida, Pedro recordó esas palabras, en la misma cama, antes siquiera de despertarse. Eran las palabras de su viejo maestro… si… éste… ¿cómo era su nombre?…
Pedro arrastró sus pies hasta el lavabo y tras mojarse la cara observó al viejo con ojos rojos y barba de varios días que le miraba desde el espejo. Se miraron un tiempo pero no quisieron decirse nada. Luego Pedro giró la cabeza.
-La lista, dónde esta la lista, a ver.
1.- Lavarse.
¿Me he lavado? Por si acaso, lo hizo de nuevo. Prefería hacer las cosas dos veces antes que dejarlas sin hacer.
2.- Ejercicios.
¿Qué ejercicios? Pedro siguió leyendo. Para ejercitar la mente, con la Brain Training. ¿Brain Training? ¿Y eso qué es? y siguió leyendo la lista que le explicaba en un añadido la maquinita de marcianitos de los cojones.
¡Ah, si! Pedro arrastró sus pies hasta la cocina y abrió la máquina. El dibujo de un japonés sonriente y burlón le daba la bienvenida y le puso la lista de operaciones matemáticas del día con una música ridícula y estridente.
3+2
Tres y dos, cinco. El viejo escribió un tembloroso cinco en la pantalla táctil.
7×0
Siete por cero… siete por cero…
Los números se tornaron extraños jeroglíficos ante sus ojos. Se pusieron a bailar. ¿Qué es un siete?
Debes ejercitar la mente, Perico, la mente es la única amiga que tendrás en tu vida. La mente te sacará de aquí, tú eres listo, puedes hacerlo. Confía en tu mente.
Confía.
Siete por cero…
Pasó su niñez en un pueblo perdido del norte, lejos del País Vasco para huir de los bombardeos. Su padre desaparecido, su madre trabajaba de criada en la ciudad, solo quedaban sus 4 hermanos para arreglárselas en casa. Y de todos ellos, solo él iba a la escuela. Las niñas no debían perder el tiempo en esas cosas que no habian de servirles para nada, y los demás chicos tenían que trabajar. Perico, como le llamaban, era demasiado enclenque para llevar las vacas al campo, así que lo mandaban a la escuela. Entonces la escuela solo tenía un aula donde se apelotonaban niños de todas las edades, y el maestro se esforzaba porque algún alumno saliera del pueblo y se hiciera con alguna brillante carrera.
La guerra dio paso a la posguerra y lo que no consiguieron las bombas, lo consiguió el hambre. Perico, sin coger ninguna pertenencia porque nada tenía, se levantó el cuello del desgastado abrigo y se marchó de casa para no ver más a sus hermanos. En la ciudad sobraba trabajo, pero faltaba todo lo demás. Perico se convirtió en Pedro y a los 14 años cobró su primer sueldo de hombre y recibió su primer paquete de cigarrillos que no supo fumar. Decidió no hacerse cargo de nadie y estiraba su sueldo para comer y pagarse unas clases. La fundición en la que trabajaba minó sus pulmones pero no su mente, que seguía desarrollándose, prodigiosa, hasta hacer realidad los sueños de su viejo maestro. Se convirtió en un afamado catedrático en matemáticas. Daba clases, congresos, masters. Siempre haciendo números, siempre pensando, siempre calculando. No sabía vivir si no era trabajando con sus números, los pintaba por todas partes, le hacían sentir que estaba vivo.
Siete por cero
Pedro se dió cuenta que había estado llorando. Su mente ya no era amiga suya. Algún Dios cruel y burlón se reía de él cada día suprimiendo parte de su pasado. Apenas le quedaban ya recuerdos y ahora… también le estaba quitando el razonamiento… los números… sus números…
Pedro decidió que no quería llorar más. Cerró la maquinita sin guardar la partida y se subió el cuello de la camisa que llevaba puesta. No cogió ninguna pertenencia, porque nada tenía ya.
Vámonos Perico
La puerta hizo mucho ruido cuando se cerró por última vez.


Las cosas que dicen