En esta calle es donde estaba el Gran Cine Coliseo Royal. Y ya es casi la hora.
Recuerdo que cada semana acudíamos en tropel cargados con un montón de bolsas de pipas y regalices y hacíamos cola para la sesión de las cuatro de la tarde. En invierno no había mucho mas que hacer los fines de semana y allí crecimos viendo pelis de vaqueros, de Abbott y Costello, los Hermanos Marx, ¡y las pelis de guerra! ¡Esas las mejores! …. nos encantaba ver explotar cosas. Trasladabamos luego el tiroteo al patio de butacas y hacíamos auténticas batallas de gominolas y chucherias. Luego nos escondíamos en los lavabos a esperar a la siguiente sesión y así pasabamos las tardes.
Después vinieron las pelis de terror, y con ellas, las chicas. Una peli de miedo es la mejor excusa de meter mano a una chica. En una de esas tardes conocí a Carmen.
Carmen.
Era la nueva y nadie quería sentarse a su lado. Sus gafas y el aparato de los dientes eran revulsivo suficiente para que ningún chico quisiera verse acompañado de ella. Además, su madre se empeñaba en ponerle un montón de lazos en el pelo lo cual le daba un aspecto bastante poco atractivo. Y claro, Carmen me tocó a mí en la rifa. Pero no me importaba. Al fin y al cabo, yo iba a lo que iba y el cine estaba oscuro, ¿a quién le importaba la cara? lo que importaba era conseguir rozarle la pierna, a ver hasta donde se podía subir la mano.
Ya en la oscuridad de las butacas quise abordarla del mismo modo que los demás lo hacían con sus parejas y entonces ella con una voz extremadamente dulce, me dijo:
— ¿Me vas a contar la pelicula?
— ¿Qué?
— No veo bien, ni siquiera con gafas —continuó— ésta es la primera vez que vengo al cine sola. Mi madre no me dejaba venir, decía que los chicos sólo quieren propasarse con chicas como yo. Pero le dije que no, que no todos eran así. Y tenía yo razón. ¿verdad?
¡Menuda suerte la mía! ¡Encima cegata! Recuerdo al resto de la cuadrilla que se moría de risa señalándome y diciendo toda clase de burradas. Sentí vergüenza ajena y me entretuve toda la película contandosela en voz baja. Abandoné mis pretendidos intentos de conquistar su entrepierna y en su lugar sin quererlo, conquisté su corazón.
Desde entonces, cada semana quedábamos a las puertas del cine a primera sesión. Le cogí el gusto a hacer de intérprete, y me enloquecía aquella dulcísima voz. Ante nuestros ojos desfilaron toda clase de heroes y bellacos. Incluido Rambo al cual no se bien donde encasillar. Y Van Dame. Y aprendimos más despacio a deslizar nuestras manos, y despues nuestras lenguas. Y aprendí a narrar todo aquello que veía para ella, convirtiendome en sus ojos. Y aprendí a peinarla con mis dedos, deshaciendo miles de lazos y bañandome en su precioso cabello rojo. Antes de darme cuenta, la necesitaba yo a ella mucho más que ella a mí. Sin esforzarme mucho recuerdo la emoción al verla haciendo cola a las puertas del cine.
Carmen.
Pero el tiempo tiene sus propios caprichos al tejerse y un año tuvimos que marcharnos de la ciudad. Mi padre encontró trabajo en Madrid donde nos quedamos a terminar de crecer y a ver germinar nuestros últimos granos en la frente. Nunca imaginé echar tanto mi antigua ciudad. Al viejo cine. A Carmen.
Ya casi es la hora. Han tenido que pasar 20 años para volver a cruzar esta calle. Para mi desilusión, hoy el Gran Cine Coliseo Royal es un hotel. Se reconoce la fachada, pero no hay ningún otro rastro familiar. Y sin embargo aquí estoy. Haciendo cola a sus mismísimas puertas al filo de las cuatro de la tarde, hora de la primera sesión. Esperando.
Es ridículo pensar en milagros. En magia. En romanticismos estúpidos. Ella no puede acordarse de nuestra cita 20 años después. Ya no existe la magia, ni el cine Coliseo, y las pelis ahora se bajan por internet. Y en cambio ocurrió. De algún modo. Aquel domingo, como si el tiempo se hubiera detenido a las puertas del antiguo cine, una dulcísima voz hizo que se me erizase el vello mientras me susurraba al oído unas bellas palabras casi mágicas.
— ¿Me vas a contar la película?






Las cosas que dicen