Archivos para Enero 2008

31
Ene
08

El disfraz

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La paga no era mala. 6 horas al día 30 Euros la hora. Libres de impuestos. Sólo tendría que pasearme, dejar que me hicieran fotos y hacer alguna carantoña ocasional a algún niño. Nada más. Claro que todo eso, vestido de pingüino.

Me venía bien el dinero y me gustaban los animales, así que sin dudarlo mucho, acepté.

El trabajo era en el Zoo. El primer día, el conserje, un tipo malhumorado y con bigote que al final, resultó ser mujer, me tendió un enorme, apestoso y húmedo disfraz de pingüino que llevaba una cabeza no menos grande y apestosa.

Póntelo aquí mismo. No se te ocurra fumar ahí dentro si no quieres quemarte el trasero. Y no te quites la cabeza. Tendrás que pagar el disfraz si se daña o se pierde ¿de acuerdo? Estás de suerte. Hoy no hará mucho calor. Y recuerda añadió mientras daba una calada a su cigarro Sé cariñoso con los niños. Finge ser feliz. Mueve la cabeza, ya sabes. Eres Pingu, el Pingüino feliz del Zoo. Pasa buen día, pimpollo.

“Pimpollo”.

Esa palabra ya me dio mala espina. A pesar de todo y debido a mi naturaleza en general animosa, me puse el disfraz pensando en que con el tiempo me acostumbraría al apestoso tufo de otros sudores. El traje estaba hecho con felpa, gomaespuma y algún otro material que daba forma al disfraz sin dejar mucha movilidad al usuario. Te obligaba a dar pasitos cortos, como los de los pingüinos. Tomé aire y me encasqueté la enorme cabeza. A través de un cuadradito semi-transparente podía ver justo lo que tenía en frente. Así que para no chocarme debía mover la cabeza constantemente de un lado a otro.

Efectivamente, el efecto estaba logrado. Parecía un auténtico pingüino gigante al que algún demente hubiera dejado suelto por el Zoo. Por suerte había dado clases de yoga, meditación y tai-chí. Eso me ayudó a salir de los vestuarios con animoso aire de pingüino alegre.

Todo parecía ir bien al principio… pero comprendí pronto el por qué el traje apestaba.

La ventilación dejaba mucho que desear y sudaba como un cerdo. Caminar a saltitos era agotador y me daban calambres en las piernas. Y ¡oh! lo peor de todo.

Las incipientes ganas de orinar que tenía nada más ponerme el traje, con el paso del tiempo se habían convertido en acuciantes espasmos de dolor en mi vejiga.

Necesitaba ir al baño urgentemente.

A esa velocidad, tardaría media hora en alcanzar los lavabos. Los chorros de agua de las fuentes del Zoo no hacían sino agravar mi problema. Y el oso polar me miraba insistentemente.

Pensé que si me metía detrás de la caseta del oso no tardaría mucho en bajarme la bragueta y hacerlo sin que nadie se diera cuenta. Pero aquel maldito disfraz no tenía ninguna cremallera. Estaba encerrado y dudaba en poder quitarme yo solo semejante vestimenta. Empecé a ponerme nervioso, lo cual hizo que sudara más aún. Mis enanas aletas apenas llegaban al gancho que cerraba la cabeza. Me puse a darme golpes yo mismo hasta que conseguí quitar el cierre. La cabeza salió rodando pero al fin conseguí aire. ¡Menos mal, una cosa menos! Ahora solo tengo que mear y ya podré volver a pensar como una persona normal y civilizada. En cuanto encuentre la manera de…

El oso, seguramente invertido o corto de vista, había conseguido acercarse hasta donde yo estaba. No se cómo, se las había arreglado para alcanzar con sus zarpas la cabeza de pingüino, colarla entre los barrotes y entonces se puso a realizar prácticas amatorias con ella. Me da igual lo que diga la/el conserje. No pienso volver a ponerme esa cabeza. El oso en cambio, no debió quedar muy satisfecho y empezó a mirarme con deseo. Yo sólo buscaba la forma de salir de aquel traje, mear y marcharme de allí lo más rápidamente posible.

Pero el oso fue mas rápido que yo. Consiguió agarrarme a través de los barrotes y murmurando lo que debía ser en idioma osezno “tranquila nena, que no te va a doler”, me acercó a él.

Si alguien ha sentido alguna vez el abrazo del oso, no tendré que explicarle lo que se siente cuando un enorme bicho de 600 Kg. y 2 metros de altura pretende copular contigo. Por suerte, el disfraz comenzó a deshacerse entre las garras del animal, y conseguí al fin liberarme del oso y del pingüino. A esas alturas, ya no necesitaba usar el lavabo.

Tampoco fui a buscar mi paga. Ni tan siquiera mi ropa. Salí del Zoo arañado, mancillado, descalzo y apestando a sudor, suciedad y otros líquidos que prefiero no mencionar aquí.

Desde ese día no he vuelto a disfrazarme. Ni a ir al Zoo.

28
Ene
08

María Pucheros

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María Pucheros, la cocinera, supo que estaba muerta un jueves por la mañana, cuando vio su reflejo en una olla de la cocina en la que trabajaba. Fue un pensamiento absurdo, fugaz. Pero su imagen borrosa y deformada le hizo darse cuenta que en realidad,  ella vivía dentro de esa olla, y que nunca podría salir de allí.

Trabajaba en la cocina de un pequeño bar-restaurante de un pequeño pueblo cerca de una ciudad no muy grande. Sus únicos conocimientos de cocina se los había transmitido su madre antes de morir.

Con azúcar se corrige el acidez del tomate y del pimiento

Añádele a la salsa de chipirones siempre una onza de chocolate

Cuando hagas un asado, úntalo con miel cinco minutos antes de sacarlo del horno.

Cocina el bacalao siempre con la piel hacia abajo sólo los primeros minutos. Luego dale la vuelta.

Al picar la cebolla lava antes el cuchillo en agua fría. Siempre te picarán los ojos, pero si lo haces rápido, lo notarás menos.

Con estos consejos, María se ganó el reconocimiento de ser una de las mejores cocineras de todo el pueblo. Claro que ya hemos dicho que el pueblo, tampoco era muy grande.

Siempre le olían las manos a cebolla frita. No podía quitarse ese olor por mucho que se lavara. Ahora ya le daba igual, porque después de todo, no tenía a nadie con quién hablar. Se levantaba muy temprano, a las 6 de la mañana, para preparar los primeros pinchos de la barra, y a esas horas la calle estaba desierta. Cuando salía del bar, casi siempre se había hecho de noche. Sus pies le dolían tanto que cruzaba muy rápido la calle que le separaba de su casa pensando sólo en el momento de quitarse los zapatos. Luego ya no quería volvérselos a poner.

En la cocina trabajaba sola. Únicamente Manoli, la dueña del bar le daba las instrucciones a través de un ventanuco, y casi siempre tenía el ceño fruncido. Manoli no era una mujer muy alegre. Diremos solo que la apodaban Manoli Vinagre.

María Pucheros no sabía alternar. No tenía amigos, y apenas se hablaba con su familia. Salvo Anita, su sobrina. Anita era hija de su único hermano. Podría decirse que era padre soltero, porque la madre de Anita desapareció el mismo día que tuvo fuerzas suficientes para escaparse del hospital donde dio a luz.

En el armario de María Pucheros sólo había 3 perchas. Dos de ellas tenían la ropa de diario que se iba alternando para ir al trabajo. De la tercera, colgaba un vestido de Organdí que le había dejado su madre al morir. Lo guardaba por si alguna vez tuviera algún compromiso. Alguna boda… Alguna cita…

Pero María era realista. En 45 años no había tenido nunca oportunidad de ponérselo, así que lo conservaba más como recuerdo que otra cosa.

Así era su vida día tras día, librando los miércoles y con una semana de vacaciones al año.

Manoli decía que no necesitaba más días libres porque… ¿para qué los querría esa chica? Si no tiene otra cosa que hacer. Y es buena trabajadora. No. Ni siquiera se lo había planteado. María tampoco le pidió nunca un día de descanso. Lo peor de todo es Manoli tenía razón y no sabía  que hacer con el tiempo libre.

Seguramente, si se lo preguntaran, María diría que era feliz.

La vida hubiera seguido así eternamente de no ser por aquel día en que vino un turista al pueblo. Un extraño. Ese día, Manoli se asomó al ventanuco y gritó:

-¡Mari! Hay un señor aquí que quiere que salgas.

María Pucheros se quedó petrificada con la cebolla en las manos.

-¡Vamos, chica! ¡Que te están esperando!

María salió al fin. Temblando como una hoja y mirando al suelo, ensayó una excusa por aquello que le había salido mal. Porque evidentemente, ese señor estaba ahí para quejarse de algo.

-¿Eres tú la cocinera?

María asintió pensando que el corazón se le saldría por la boca si osaba a decir algo.

-Te felicito. Estos chipirones en tinta son exactamente igual que los que hacía mi madre.
-El secreto es el chocolate -dijo ella con voz muy baja como disculpándose.
-¡Chocolate! Si eso era. Estaba estupendo, de verdad. Solo quería felicitarte.

María hizo una pequeña reverencia tratando de agradecer tanto cumplido al que no estaba en absoluto acostumbrada y corrió de vuelta a la cocina. Pero Manoli no tardó en volverse a asomar con el ceño fruncido.

-¡María! ¡Otra vez ese señor quiere que salgas! ¡Y dile que no puedes perder así el tiempo, que estas trabajando!

María salió de nuevo, esta vez más tranquila.

-Decía yo -dijo el caballero- que si querrías salir conmigo a cenar cuando salgas del trabajo.
-No puedo. Salgo tarde
-¿Y mañana?
-También
-¿Y al otro?
-También.
-¿Cuando libras?
-El miércoles.
-¿El miércoles entonces?
María finalmente asintió.
-El miércoles  a las 8 en la plaza, entonces. ¿de acuerdo?

María se marchó haciendo otra reverencia, porque no sabía que debía hacer en esos casos. A partir de entonces, empezó a vivir. La emoción de la vida y la ilusión por lo desconocido le daban tantas vueltas que la tenían mareada. No podía concentrarse en su trabajo y… no paraba de sonreír.

A Manoli no le gustaban las sonrisas. Siempre son señal de malas noticias. En 20 años aquella chica no había sonreído ni una sola vez ¿y qué? Todo iba bien. Ahora no paraba de sonreir y no daba pie con bolo. Manoli estaba segura de que aquello no podía (ni debía) durar.

María salió temprano aquel día y corrió a su habitación. Pero al abrir el armario descubrió solamente 2 perchas. Su vestido de Organdí había desaparecido.
Incrédula, contó las perchas una y otra vez, como si fuera posible perder un vestido entre dos pantalones raídos. Hasta que admitió la realidad. No había vestido.

-Anita -llamó-Anita, ¿has visto tu mi vestido azul?
-Esa vieja antigualla de tu armario?, si, claro -dijo Anita mascando chicle con la boca abierta-. Lo usé para hacerme un disfraz de Dama Antigua por carnaval. Pero se me quemó con un cigarro y ya no podia aprovecharse. Así que lo tiré. ¿por qué? No me digas que ibas a ponértelo.

La vida de María Pucheros volvió entonces a su normalidad. El vestido era de Dama antigua y ella misma era una Dama antigua. Su pelo lacio y brillante por la grasa de la cocina no podría tener la gracia que tenía el cabello de las demás mujeres. El eterno olor a cebolla y especias se le antojaba insoportable para cualquier hombre. Era inúil engañarse. Nadie quiere salir con una mujer que huele a cebolla.

María no fue capaz de enfrentarse a sí misma y decidió que después de todo, vivir dentro de una cocina, no estaba tan mal.

Sólo que ahora siempre aparta la vista de las cacerolas. No le gusta ver lo que reflejan.

25
Ene
08

Brasil

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La primera vez que oí su voz pensé que era un ángel. No me equivocaba, una voz así solo podía venir acompañada de un rostro tan bello. Se agitaba dentro de un espectacular cuerpo moreno, que respiraba sensualidad por todos sus poros. Oírla cantar “Pressentimento” mientras se movía sugerentemente a ritmo de bossa era la cosa más hermosa que he visto en mi vida. Era imposible ser más perfecta. Su risa resonaba como una campana en mis oídos, derritiéndome, juro que me derretía al oírla. Todos lo haríais. A veces el Paraíso deja abierta una de sus puertas y las cosas mas bellas van a parar a Brasil.

Era mi chica, sólo que ella no lo sabía. Era cuestión de tiempo, en un par de años yo cumpliría 16 y entonces no le parecería tan crío. Para estar con ella todos los días me las arreglaba saliendo de casa muy temprano y terminando así mi trabajo de repartidor justo a tiempo de tropezarme con ella que salía camino de la academia. Fingía siempre alguna tonta excusa y me ofrecía para llevarle la mochila o los libros. Ella sonreía con la expresión de quien se sabe cortejada pero pretende no demostrarlo.

Cuando la vi besándose con mi hermano Sete noté una curiosa mezcla de furia y emoción. Furia porque era MI chica, y no quería que nadie más la besara. Pero emoción porque si realmente se liaban juntos, la vería mucho mas que ahora. Y ¿quién sabe?

De todas formas, yo prefería que se besara con Sete antes que con el idiota de Jotabá, que la trataba como una puta. Decía que eso les gustaba a las tías y se portaba como un cerdo. No entiendo como a las mujeres les gustan los hombres así.

Jotabá se creía muy importante porque trabajaba para Flavio, el camello más respetado de toda la favela, y siempre tenía con qué chutarse. Se metía de todo y entonces sí que era peligroso. Todo el mundo sabía que era mejor quitarse de su camino. Por eso no comprendo como Alexandra, mi Sandra, coqueteaba con él.

El día que más cerca estuve del Paraíso fue a finales del verano. Habíamos ido a echar un partido a la playa y les vi aparecer a lo lejos. Los mayores estaban fumando a la luz de una hoguera, seguramente esperando a Flavio para meterse algo más fuerte. Sandra estaba con ellos.

Empezaron a pelearse. No se que ocurrió, pero Sandra gritó. Y ocurrió el milagro.

Sandra se iba. Y sola.

Chuté el balón todo lo fuerte que pude en su dirección. Tanto que temí darle en la cabeza. Luego corrí, no, volé en busca del balón. De ella. Lancé el balón a Denis que se pasó mucho rato mencionando a mis muertos y al resto de mi familia que aún estaba viva.

No me importaba. Me ofrecí a acompañarla hasta el pueblo y ella volvió a sonreir. Estaba triste y nos pasamos el camino conversando. Y … ¡me dijo que era un encanto! Me puse colorado de la cabeza a los pies. Cuando poco después ella insinuó que quería un porro yo me ofrecí de inmediato a buscarle uno. Flavio no era el único camello del pueblo y yo conocía a Maurizio. Siempre tenía buen material.

Le dije que me esperara en la calle. Era solo cuestión de un momento. Podía haberla dejado subir conmigo pero también quería agenciarme unos condones por… bueno, por si acaso.

Era como un ángel. Parecía que se había quedado tumbada buscando dibujos entre las nubes, con los ojos abiertos, muy abiertos. Muy bella. Solo que no había nubes. Ni nada que mirar. Su cara parecía no pertenecer a aquel cuerpo masacrado por las balas. Al menos, ninguna le había acertado en la cara.

No se de donde vino el tiroteo, las balas no eran para ella. Ni para las otras 5 personas que murieron a su lado. ¿Quién sabe? Alguna me hubiera podido dar a mi de haberme quedado.

La sangre y los gritos me recordaron que alguna puerta del infierno de cuando en cuando se queda abierta y el azufre siempre acaba salpicando a Brasil. Con el estómago revuelto odié al asesino de Sandra. A todos los asesinos del mundo. Odié el odio y la sinrazón.

Ahora ya estoy mas tranquilo. Sé que todo se arreglará. Y busco un arma.

 

Referencias:

Ciudad de Dios

Para quien aún no la haya visto. 

Fico Assim sem você Adriana Calcanhoto

Para quien aún no la haya escuchado.

22
Ene
08

¿Y si las sombras pensaran?

fotosombras.jpg 

Bienvenidos a El Valle

Población 435 hab.

El único lugar del mundo donde todos los días hace sol

 

Seguramente, el cartel que daba la bienvenida al pueblo era el único que se enorgullecía de ser el lugar mas seco de toda la tierra.

El Valle es un pueblo que nadie visita nunca. Ni tampoco nadie sale de él. Sus habitantes son testarudos y secos como las calles que se empeñan en seguir en pie. Y si bien no puede decirse que El Valle sea el fin del mundo, está tan cerca que a nadie le importa. El sol pasa por encima cada día aplastando todos los rincones del pueblo, muy despacio, como gozando mientras se bebe hasta la última gota de humedad.

En un lugar así no es de extrañar que las sombras sean tan importantes. Todas las calles están cubiertas por toldos, tejados, sombrillas y toda clase de parapetos que protegen el suelo de la intemperie. Cubriendolo todo, escondiendo el pueblo entero a los ojos del sol. Esa es la única manera que tiene la gente para salir.

A pesar del optimismo del cartel de la entrada, en el pueblo viven sólo unas 14 personas que merezcan ser considerados como habitantes, y sólo 3 son niños. Charlie, Mike y Calavera.

Los tres varones.

Esto era algo que hacía que la gente se mirase nerviosa entre sí, aunque nadie se atrevía a decir en voz alta lo que todos pensaban. Estos crios necesitan una niña cerca o terminarán haciendose todos maricones. Y el pueblo acabará muriendose.

Y como no podía ser de otra forma, los niños siempre jugaban juntos. Únicos compañeros en su lento viaje a la extinción.

—¡Idiota, eres idiota del culo y tu madre no te hizo mas idiota porque se le acabaron las piezas!
—¿Qué pasa? Ha sido sin querer.
—¡Mierda! ¡Mierda y mierda!
—¡Sabes que no se puede chutar tan alto! Ahora nos hemos quedado sin balón.
—¡Caca!
—¡Culo!
—¡No!
—Pues vete tú a buscarlo, que tú lo has chutao.
—¿Hay cerca alguna sombra?

Los tres se acercaron al mismo umbral del pueblo. El balón yacía 20 metros mas allá preso de las garras del sol. No podría recuperarse antes del anochecer, y aún quedaban muchas horas para eso. No. No había sombra cerca. Y los tres se sentaron recogiendo los pies entre las sombras, sólamente mirando el estúpido balón.

—Pues era mi balón y ahora os jodeis.
—Te jodes tú.
—Pues…

Insultarse les pareció de pronto mortalmente aburrido y se quedaron en silencio. Resignados en su prisión de sombras.

—¿Y si las sombras pensaran?

El que había hablado era Calavera. Seguramente, tendría algún otro nombre, pero todos le conocían por Calavera. Hacía mucho que sus padres habían muerto, y con ellos se fue el último vestigio de memoria que hubiera recogido su verdadero nombre.

—¡Eres chorra!
—¡No, no! Fijaos. ¿Por qué no podría ser? El pueblo siempre ha estado cubierto de sombras. Vivimos entre ellas. ¿Por qué no han podido quedarse con algo de nosotros y echarse a vivir?
—De nuestros muertos—dijo Charlie alargando mucho la “e” fingiendo voz de ultratumba.
—Pues yo creo que son muy listas. —insistió Calavera—Siempre están en el lado opuesto al sol. Y se mueven tan rápido como nosotros. Pueden ver todo lo que hacemos.
—Sí. Ven como te haces pajas. Y se lo dirán a tu madre.—Se carcajeó Mike.
—Las sombras no viven ni piensan, idiota. Sólo son sombras y si estamos entre ellas es porque no tenemos otra forma de vivir. Cabeza de culo.

Calavera se encogió de hombros y siguieron un rato en silencio.

Fue entonces cuando ocurrió algo que jamás podrían contar a nadie. Ni siquiera se podrían explicar entre sí.


Una sombra del tejado se movió en el lado opuesto al resto de sombras y se deslizó despacio hasta el balón. Se movió serpenteando hasta conseguir mover el balón y lo hizo rodar hasta los mismos pies de Charlie.
Los tres se quedaron mirando el balón sin tener ninguna gana de tocarlo.

—Quiero marcharme de este maldito pueblo.—dijo Mike

—Yo quiero quedarme.—dijo Charlie

Calavera no dijo nada.

18
Ene
08

Estaba escrito

Cuando Benigno Uribe abrió el periódico aquella mañana por la página de sucesos, sencillamente no podía creer lo que estaba leyendo. El titular, en letras grandes decía

Benigno Uribe morirá hoy.

Sobresaltado, apartó la vista del periódico. 
- Debe ser una casualidad -se dijo-. Debe haber algún famoso que se llame así, deb…
- Cariño, ¿te encuentras bien?
Benigno, inmóvil, no contestó
- ¿Cariño? ¡Cari, la magdalena!
El aviso fue inútil y la magdalena cayó en el café salpicándolo todo.
- ¿Eh? – El líquido caliente devolvió a Benigno a la realidad- Oh, lo siento. Lo siento. ¿Qué? ¿Decías?
- Que qué te pasa. Te has quedado de piedra.
Fugazmente, por la mente de Benigno pasó la posibilidad de contar a su mujer lo que estaba pasando. Pero no. Mejor no. Será una tontería. ¿Para qué preocuparla?
-Nada, nada. Estaba pensando en una cosa, no es nada.
Y siguió leyendo.

A pesar de conocer la noticia, y en mitad del desayuno, Benigno Uribe decide no decir nada a su esposa. No ha podido evitar mancharse la camisa con café y tendrá que cambiarse rápidamente para no llegar tarde al trabajo.

Sintió un sudor frío. No puede ser.

-Voy al trabajo- dijo dando un mecánico beso a su mujer, incapaz de pensar con claridad.
-Recuerda que esta tarde vendrá la tía Feli a tomar café.
-¿Eh? ¡Ah, si! Feli.- Maldita vieja, no terminará de morirse, no. Inmediatamente se avergonzó de sus pensamientos. Feli era del tipo de visitas que uno siempre quiere evitar, pero desearle la muerte en un momento como ese estaba feo y totalmente fuera de lugar.
-No llegues tarde, vendrá con las fotos de su último viaje a Italia. La pobre está tan sola…
-Si, si, no te preocupes. Aquí estaré.
Benigno dobló el periódico por la mitad y salió al trabajo.

Uno no se da cuenta de la cantidad de cosas que hace rutinariamente. Coger las llaves, el móvil, cerrar la puerta, dar la luz… movimientos ensayados y precisos que uno hace y luego no recuerda, por repetitivos. Uno puede permitirse el lujo de pensar en otra cosa mientras se pone el abrigo, llama al ascensor, saluda al vecino… completando el pequeño rompecabezas que es la vida.
Tirar la basura.
Conducir.

Benigno no podía concentrarse en ninguna de esas actividades. Sólo pensaba.

Un coche le pasó rozando.
¡Eso! ¡Era eso! Habían estado a punto de atropellarle. Lo del periódico era una especie de aviso, había burlado la muerte. Ya estaba seguro.

¿Seguro?

El calor de la oficina le acogió con la normalidad que él ansiaba. Luces fluorescentes, faxes imprimiéndose, zumbidos de ordenadores, gente tecleando, hablando… Incluso riendo.

Sed. Tenía mucha sed. La máquina del agua le recibió con unas enormes burbujas que se escapaban hacia la superficie a medida que el vaso se llenaba. El agua fría arrastró la sequedad de su garganta aplastándola más abajo de su estómago. Reconfortándole. Refrescándole. Era imposible que algo malo le ocurriera allí.
-Buenos días, Beni. ¿Has visto la noticia en el periódico?
¡No puede ser!
-¿Que noticia?
-Messi. Que vuelve el domingo.
Benigno, leyó el periódico que su compañero le tendía. Solo que justo debajo de la noticia de Messi, decía.

Benigno Uribe lee el periódico despreocupadamente a pesar de saber que hoy morirá. Ya no querrá leer más y se encerrará en su despacho.

No. No puede ser.
Benigno se levantó bruscamente dejando caer tras de sí la silla y sin dar ninguna explicación, se encerró en su despacho. Canceló todas sus citas y dejó recado de que no le pasaran llamadas. Pasó el día sin hablar con nadie, alarmantemente pálido y obsesionado con el reloj. Debía ser una broma. Algo de sus compañeros de trabajo. Claro. No es nada. 

De camino a su casa, vio el terrible accidente. Un autobús se había salido de la calzada y había atropellado a una persona justo a las puertas de la oficina. Hacía diez minutos.
Ese accidente era para mí.- pensó. Y de este modo se sintió a salvo otra vez.

Cuando Benigno Uribe llegó a su casa aquella noche encontró que ya estaba muerto.

Ni siquiera supo cómo. No tuvo tiempo de leer lo que estaba escrito.

17
Ene
08

La respuesta del viento

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Pues bien. Allá vamos.

Maria Alicia había descubierto que detrás de su espejo había todo un mundo por descubrir. Y se disfrazó de niña fatal lanzándose de cabeza al otro lado. Pero la historia del espejo es vieja y conocida por todos. ¿Quién no se ha colado alguna vez por un sitio semejante? Todos vosotros me comprendéis muy bien.

Pero aquella noche, Maria Alicia, a la que le gustaba que le llamaran sólamente Alicia, necesitaba aire fresco. Hastiada de halagos y bebidas dulces, su cuarto apestaba a besos pegajosos untados en miel, a sonrisas flotantes que aplaudían entre extraños ecos de alegría, abrazos envueltos en naftalina y a grandes dosis de encierro cibernético. Ya no le seducía la vieja puerta de su espejo. Ella quería volver a otro lugar. Algún otro sitio. Otra parte. Algo que recordaba.

Descubrió que desnuda se duerme mejor y abrió la ventana buscando aire. La luna se coló sin pedir permiso para jugar con su piel, pintándola de sombras y Alicia suspiró. Aún tenía la piel dulce y la luz le escocía.

Mientras ella dormía, llegó el ansiado aire de la noche, que entró por su ventana como un vendaval jugando con su pelo dormido. Era de noche y aún así, era de día. Lo era todo.

Y es que no se puede ser más elegante en dar una respuesta. Las palabras se revolvieron en un poema y cayeron sobre ella acariciando sus oidos y calándole el alma. Que se le quedó toda mojada de brisa fresca y menta.

Y eso que la respuesta era sólamente no.

Pero… que respuesta más maravillosa.

17
Ene
08

Accés au TRAIN

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A veces es difícil encontrar el camino…

12
Ene
08

De la invisibilidad y la muerte

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Antxon Urrutia era lo que se dice un hombre invisible.

Era el mediano en una mediocre familia de clase media, en una cuidad mediocre de un mediocre país. Su trabajo, su casa, su vida eran… ¿Es realmente necesario decirlo?  

Siendo tan gris, no fue raro que en el incendio nadie se acordara de él, que dormitaba en el cuarto de las escobas, y que de pronto se vio envuelto en humo. Cuando consiguió salir no podía estar mas gris, tal era la cantidad de polvo y ceniza que acumulaban sus ropas y su pelo. En cambio, fue en ese mismo instante que dejó de ser invisible. Los periodistas se le avalanzaron haciendole preguntas, el dueño del local al verse acosado por las preguntas acerca de la falta de medidas de seguridad, le dio unas palmaditas en el hombro y le subió el sueldo con una gran y fingida sonrisa. Los programas de televisión le perseguían como El Hombre Que Escapó A Las Llamas Del Infierno. (El infierno era como se llamaba el bar donde servía copas).

Una mujer se metió en su casa y le quitó la mitad de sus mantas, sus platos y su sofá. Luego metió a su madre en la casa y creo que le llovieron uno o dos niños que le miraban con caras perplejas y narices llenas de mocos. Su cuenta en el banco aumentaba y tuvo que comprarse trajes nuevos que fueran a juego con sus nuevos coches o con sus zapatos nuevos.

Antxon Urrutia murió por ser demasiado visible. O eso creía el, hasta que una hormigonera le pasó por encima en una tarde lluviosa de Enero.  Antxon llevaba dos enormes paquetes bajo sus dos enormes brazos, sendos regalos para su mujer y amante, forrados ambos con papel de regalo de brillantes colores. Sujetaba un enorme paraguas amarillo. Todo él parecía un anuncio andante patrocinado por El Corte Inglés.

El conductor de la hormigonera juró a la policia que no le vio.

09
Ene
08

Las Caras Enigmáticas Del Tio Eusebio

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La primera salió el jueves 16 a las 4 de la tarde en la nevera. Se conoce la hora exactamente porque el reloj estaba parado justo en las cuatro de la tarde. Claro que bien pensado, ese reloj llevaba ya años parado, así que supongo que no es un dato muy a tener en cuenta. Bien. En cualquier caso era jueves. Las cosas más extrañas pasan siempre los jueves.

La cara salió de improviso, justo en la puerta de la nevera. Clarísimamente se veían dos ojos, una oquedad enorme hacía de nariz y una delgada línea rasgaba un gesto serio y austero haciendo de boca. Era igualito al tío Emilio. Cuando estaba vivo, claro. Igualito.

Eusebio en cambio, siguió con su tediosa vida sin hacer caso del retrato de Emilio que le miraba severamente desde la nevera cada vez que se acercaba a tomar algo. Pero seguramente era porque Eusebio, además de importarle un bledo el tío Emilio, no veía bien. Y la mancha de la nevera se esforzaba en vano por asustarle.

La segunda cara apareció en el techo. Esta era mucho mas elaborada y parecía la Tía Engracia con melena y todo. Porque la tía Engracia tenía un pelo envidiable, siempre lo había dicho. También tenía gafas, pero en la mancha no aparecían. Caprichos del más allá. Eusebio tampoco reparó en el retrato de Gracita, porque del mismo modo, no solía mirar nunca al techo.

Con la tercera mancha llamaron a la puerta. Era Esmeraldita, la chica del 4º. Había bajado porque se le había caído una prenda (era un tanga, pero prefería no ser tan explícita con el viejo vecino), y quería recuperarlo. Eusebio no veía bien, pero le alegraba tener a Esmeraldita en su casa. Sobre todo por el roce. Siempre se podía uno arrimar. Y fue entonces que Esmeraldita vio la colección de caras en las paredes, techos y muebles de Eusebio. Y Esmeraldita corrió con el cuento a su madre. Que casualmente, estaba aprendiendo a echar las cartas del Tarot y había oído hablar de los Enigmas de las Caras Santas.

En pocos días, una ristra de curiosos y periodistas hacían cola por ver las Enigmáticas Manchas del Tío Eusebio. Que era viejo pero no tonto, y pronto vio el negocio en su propia casa. No dudó en vender Frasquitos con Agua Bendita De Su Grifo, o incluso restos del Moho Santo De Su Nevera. Una larga hilera de fieles aguardaban turno en el portal rezando rosarios y encendiendo velas por las escaleras. Las vecinas no se atrevían a quejarse por miedo a que las Manchas fueran portadoras de alguna maldición, así que rezongaban en silencio mientras veían el colorido y devoto desfile que a diario se formaba ante su puerta.

Vino la tele. La radio no. La radio no va nunca a ninguna parte.

El tío Eusebio procuraba ser enigmático también en sus respuestas. Frases cortas y sin sentido, y diciendo muchas palabrotas. Para impresionar a las cámaras. Y es que el tío Eusebio era un borde pero siempre le había gustado el teatro.

En esto estaban cuando llegó Aurelia.

Aurelia siempre llega en el momento más inoportuno, vive Dios.

Se abrió paso entre la muchedumbre y consiguió llegar a la cocina, sin hacer caso de las cámaras y de la magistral actuación de su patrón, Eusebio. Aurelia era la asistenta. Pero se había tomado unas vacaciones. En Torrevieja, un sitio precioso cerca de la playa. Aurelia se puso manos a la obra y en un momento enjabonó las manchas de la nevera, el techo, el suelo, las paredes y los azulejos del baño. Lo dejó todo como un coral ante la estupefacta mirada de los devotos y curiosos allí presentes.

-¡Pero oiga!- increpó la Señora Periodista a Aurelia- ¿Qué está haciendo usted? ¿Acaso no tiene respeto por estas Santas Paredes?

-Verá señorita. -Dijo Aurelia quitándose el polvo del delantal.- En ésta casa hay mucha humedad, ¿sabe usted? Si lo deja un par de dias sin limpiar, la casa se llena de manchas. Ya se lo tengo dicho al Eusebio, que vivir al lado de la cementera no puede ser bueno para la salud, pero él, erre que erre…

A estas alturas, ya nadie escuchaba a Aurelia. Ni a Eusebio. La fila de curiosos se evaporó con la misma rapidez con la que Aurelia había resuelto (o mejor, disuelto) el Enigma a base de de agua y jabón.

Eusebio perdió su negocio. En cambio, a Aurelia le llovieron ofertas de trabajo. Y es que no se encuentra tan fácil alguien que quite las manchas con tanto remango y eficiencia, por muy Santas que sean.

 

06
Ene
08

El lado oscuro

      Un día, él abrió la ventana y se dió cuenta que no le gustaba el pedazo de cielo que se veía desde ella. Miró al suelo y le pareció que estaba más gris que otras veces. La gente que pasaba, eran extraños animales incomprensibles y estúpidos, sin destino ni razón, ni motivos suficientes para vivir, aunque ellos no lo sabían. Aún.

    Las paredes de su cuarto se volvieron oscuras y la luz era solo un extraño punto brillante incapaz de iluminar nada. De algún modo, salió de allí, vistiendo sólo una camiseta oscura, y los pantalones que llevaba puestos en ese momento. No se preocupó de buscar calzado cómodo, ni siquiera se lavó las manos. Se marchó sin más y encontró con una facilidad insospechada un lugar donde se vendían tickets a la parte oscura del mundo. Pidió uno de ida. No hubo que pagarlo. Un tipo dentro de una ridícula ventanilla, de ojos vacíos y con manos de viejo, se limitó a entregarle el billete. No había compasión. No había palabras de consuelo.

    Siempre hay mucho espacio para viajar al lado oscuro.

    Le gustó sumergirse en su propia miseria. Le gustaba el hedor de la perdición, todos los que allí vivían, o mas bien, vagaban, se arrastraban por las tinieblas de almas perdidas. Desamor, desilusión, perdición…

   …                                                                   

    Ella se llamaba María, como todas las mujeres, y llevaba mucho tiempo vagando entre la niebla del barrio infierno. Se hartó de que los hombres eyacularan encima de ella y decidió buscarse la vida de forma menos honrada, adueñandose más o menos violentamente de botines poco vigilados. Así fue como se encontraron. El la envidió porque parecia de todos, la más desgraciada.  Puede que sólo se acercara a ella por curiosidad, o puede que deseara algo de sexo. Se presentó con palabras típicas y vacías.

    La chica no supo contestarle, pero de algún modo, sus ojos se cruzaron. Un espejo. Era como un espejo. Ella acercó su mano vacilante y consiguió rozarle la cara. Él se dejó hacer. Sólo con el roce de sus dedos María arrancó una descarga de adrenalina que le sacudió todo el cuerpo.

    Se acomodaron entre los mojados ladrillos de una pared y él la embistió con toda su fuerza. Incluso pareció que gozaban mientras mordían sus sucios dedos llenos de amargura. Después jugaron a escupir lejos, a mancharse en el barro, a tirar piedras, a espantar ratas, a gritar, a vomitar rabia y mediocridad, a escapar con los pantalones llenos del dinero de otros diablos despistados.

    …

    A él le gustaba disparar al cielo por las noches. Decía que la luna era sólo un disco de metal brillante colgado del cielo y estaba convencido de que si llegaba a darle, la luna se pondría a dar vueltas como las chapas redondas que están en las puertas de las barberías. Tal vez incluso podría derribarla. María le acompañaba sólo por hacerle compañía, pero sabía que la luna nunca daría vueltas. Algunas raras ocasiones, él la besaba y ella se borraba el beso con el dorso de la mano entre asqueada y divertida.

    Un día María desapareció.

    Si es dificil saber cómo se llega al lado oscuro del mundo, más dificil aún es saber como se sale. 

    El la buscó. Rutinariamente al principio, nervioso después. Nadie la había visto.

    Ella nunca tuvo amigos, pero tampoco importaba a nadie donde podría estar aquella furcia. No hay quién lleve la cuenta de las almas perdidas que entran o se van.

    Y se sentó solo en aquella calle mojada, fingiendo indiferencia mientras jugueteaba con el cargador de su pistola.  Aquella noche, la luna se burló de su ingenuidad y podía oirsele chillar desde su guarida, allá arriba en el cielo:

  -Bienvenido a tu infierno, pobre diablo. Disfruta de tu muerte.

barrio infierno




Un Rincón Tranquilo

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