
La paga no era mala. 6 horas al día 30 Euros la hora. Libres de impuestos. Sólo tendría que pasearme, dejar que me hicieran fotos y hacer alguna carantoña ocasional a algún niño. Nada más. Claro que todo eso, vestido de pingüino.
Me venía bien el dinero y me gustaban los animales, así que sin dudarlo mucho, acepté.
El trabajo era en el Zoo. El primer día, el conserje, un tipo malhumorado y con bigote que al final, resultó ser mujer, me tendió un enorme, apestoso y húmedo disfraz de pingüino que llevaba una cabeza no menos grande y apestosa.
— Póntelo aquí mismo. No se te ocurra fumar ahí dentro si no quieres quemarte el trasero. Y no te quites la cabeza. Tendrás que pagar el disfraz si se daña o se pierde ¿de acuerdo? Estás de suerte. Hoy no hará mucho calor. Y recuerda —añadió mientras daba una calada a su cigarro— Sé cariñoso con los niños. Finge ser feliz. Mueve la cabeza, ya sabes. Eres Pingu, el Pingüino feliz del Zoo. Pasa buen día, pimpollo.
“Pimpollo”.
Esa palabra ya me dio mala espina. A pesar de todo y debido a mi naturaleza en general animosa, me puse el disfraz pensando en que con el tiempo me acostumbraría al apestoso tufo de otros sudores. El traje estaba hecho con felpa, gomaespuma y algún otro material que daba forma al disfraz sin dejar mucha movilidad al usuario. Te obligaba a dar pasitos cortos, como los de los pingüinos. Tomé aire y me encasqueté la enorme cabeza. A través de un cuadradito semi-transparente podía ver justo lo que tenía en frente. Así que para no chocarme debía mover la cabeza constantemente de un lado a otro.
Efectivamente, el efecto estaba logrado. Parecía un auténtico pingüino gigante al que algún demente hubiera dejado suelto por el Zoo. Por suerte había dado clases de yoga, meditación y tai-chí. Eso me ayudó a salir de los vestuarios con animoso aire de pingüino alegre.
Todo parecía ir bien al principio… pero comprendí pronto el por qué el traje apestaba.
La ventilación dejaba mucho que desear y sudaba como un cerdo. Caminar a saltitos era agotador y me daban calambres en las piernas. Y ¡oh! lo peor de todo.
Las incipientes ganas de orinar que tenía nada más ponerme el traje, con el paso del tiempo se habían convertido en acuciantes espasmos de dolor en mi vejiga.
Necesitaba ir al baño urgentemente.
A esa velocidad, tardaría media hora en alcanzar los lavabos. Los chorros de agua de las fuentes del Zoo no hacían sino agravar mi problema. Y el oso polar me miraba insistentemente.
Pensé que si me metía detrás de la caseta del oso no tardaría mucho en bajarme la bragueta y hacerlo sin que nadie se diera cuenta. Pero aquel maldito disfraz no tenía ninguna cremallera. Estaba encerrado y dudaba en poder quitarme yo solo semejante vestimenta. Empecé a ponerme nervioso, lo cual hizo que sudara más aún. Mis enanas aletas apenas llegaban al gancho que cerraba la cabeza. Me puse a darme golpes yo mismo hasta que conseguí quitar el cierre. La cabeza salió rodando pero al fin conseguí aire. ¡Menos mal, una cosa menos! Ahora solo tengo que mear y ya podré volver a pensar como una persona normal y civilizada. En cuanto encuentre la manera de…
El oso, seguramente invertido o corto de vista, había conseguido acercarse hasta donde yo estaba. No se cómo, se las había arreglado para alcanzar con sus zarpas la cabeza de pingüino, colarla entre los barrotes y entonces se puso a realizar prácticas amatorias con ella. Me da igual lo que diga la/el conserje. No pienso volver a ponerme esa cabeza. El oso en cambio, no debió quedar muy satisfecho y empezó a mirarme con deseo. Yo sólo buscaba la forma de salir de aquel traje, mear y marcharme de allí lo más rápidamente posible.
Pero el oso fue mas rápido que yo. Consiguió agarrarme a través de los barrotes y murmurando lo que debía ser en idioma osezno “tranquila nena, que no te va a doler”, me acercó a él.
Si alguien ha sentido alguna vez el abrazo del oso, no tendré que explicarle lo que se siente cuando un enorme bicho de 600 Kg. y 2 metros de altura pretende copular contigo. Por suerte, el disfraz comenzó a deshacerse entre las garras del animal, y conseguí al fin liberarme del oso y del pingüino. A esas alturas, ya no necesitaba usar el lavabo.
Tampoco fui a buscar mi paga. Ni tan siquiera mi ropa. Salí del Zoo arañado, mancillado, descalzo y apestando a sudor, suciedad y otros líquidos que prefiero no mencionar aquí.
Desde ese día no he vuelto a disfrazarme. Ni a ir al Zoo.










Las cosas que dicen