Archivos para Febrero 2008

29
Feb
08

Obsesión

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Chocolate.

Chocolatechocolatechocolate.

Desde el accidente hay dos cosas que no puedo quitarme de la cabeza. Eso aparte de que me han dado 3 meses de reposo total, con la pierna escayolada y atada a una pesa en ésta mi nueva cama de hospital. Pero no puedo hacer nada para mejorar eso. Sólo esperar. Y mientras espero, como digo, no puedo dejar de pensar en dos cosas. Una es el terrible calor que hace en esta habitación. Y la otra… Chocolate.

Me muero por comer chocolate. Lo imagino, lo huelo, lo sueño. Sueño tazas de chocolate caliente, helados de chocolate fríos, tabletas de chocolate puro, de naranja, de almendra, dulce chocolate con leche… Hasta a veces he imaginado que la escayola es en realidad un envoltorio de chocolate blanco y me he sorprendido doblandome hasta lo insensato para probar un bocado.

Chocolate, no puedo dejar de pen…

Tienes visita, Rosario.
¿Visita?
¡Hooolaaaa!

Quien aparece por la puerta es la persona que menos deseo ver en el mundo. Adela, la madre de Alicia. Me odia desde que le quité el novio a su hija, pero eso es una larga historia.

Rosarito, hija, pobrecita, pero ¿Cómo te has hecho eso?
Ya ve usted… ¡No! ¡no me toque la pesa, por favor!
Perdona, perdona. Hay que ver, que cosas mas tontas tiene la vida. Una caída de lo mas tonta, ¿no? Me lo contó todo tu madre y me he dicho: voy a pasar a traerle una cosita a Rosarito, que la pobre estará muy sola. Y ¡mira! Te he traido bombones.

¡Bombones!

Pero Adela, me tienen prohibido el dulce…
¡Oh, que contrariedad! Y con lo caros que son. Suizos, ¿sabes? deliciosos. Se deshacen en la boca

¿Será malnacida o sólo es que es tonta?

Tengo que irme ya, querida. Te dejo aqui los bombones. En el armarito. Donde no te estorben, hija. Hala, ponte buena pronto. Un besito.

Adela salió de la habitación dejándome una pegajosa marca de pintalabios en la mejilla y la puerta del armario abierta. Donde los bombones me miraban. Me llamaban. Bailaban ante mis ojos provocándome. Hasta les oía cantar.

La tele, fiel compañera del tedio en los hospitales, no deja de pasar anuncios de Chocolate hecho en las montañas, de placer adulto, de bombones Mon Cherie, de pirámides perfectas de Ferrero Rocher.

Apago la tele, y la puerta del armario se abre obscenamente para mi. Mostrandome su suculento premio. Intento dormir.

Me despierto a medianoche, sudando y con la boca pastosa, pidiendo, reclamando su porción de chocolate. No puedo más. Voy a hacerlo.

Me incorporo hasta dejar caer la pesa y con ella, mi maltrecha pierna que aterriza dolorosamente sobre la cama. Ahogo el grito y espero a que se calme. Será un pequeño esfuerzo y una gran recompensa. Pienso. No pienso mucho, sólo en chocolate.  Me arrastro hasta salir de la cama, me apoyo en mi pie bueno, agarrándome a todo lo que encuentro en mi camino hasta llegar al armarito. Demasiado alto. Ahora lo sé. Adela me odia y ha puesto los bombones lo más arriba que ha podido. No importa. Consigo acercar una banqueta y me encaramo como puedo. Lo alcanzo con la punta de los dedos. Me estiro más…

El estrépito se oye en toda la planta. Tengo que darme prisa. La banqueta se ha resbalado y me he caído sobre la pierna buena, y todos los bombones llueven sobre mi cabeza. Unos minutos después, me encuentran en el suelo, devorándo bombones, todos los que puedo comer.

Ahora son 6 los meses de reposo y dos las pesas que cuelgan de mis piernas. Me han cambiado de habitación. Ahora no tengo ningún armarito en frente. En cambio, mi ventana da a la cafetería del hospital. Han abierto una nueva tienda. Una chocolatería que tiene el escaparate lleno de estuches de bombones en forma de corazón. Está muy cerca de mi habitación. Mucho.

Me pregunto si seré capaz de saltar la ventana.

28
Feb
08

Pasos de baile

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Como batallones desordenados, la gente se va alineando justo en el borde de la calle, amontonandose, esperando la señal para avanzar. Cuanto más se espera, más numeroso es el pelotón que sigue aguardando en su orilla. En cuanto la luz se cambia a verde los dos bandos se ponen en marcha. Rápidamente se precipitan ambos lados dispuestos a conquistar el otro lado de la calle.

El porqué no se chocan los unos contra los otros en su avance imparable es debido a una sencilla norma no escrita y nunca enseñada que yace en cada uno de nosotros y es el desviarse hacia la derecha justo antes de la colisión.

Pero si en algún caso, uno de los contendientes amaga hacia la izquierda, entonces comenzará un ridículo y embarazoso baile hacia uno y otro lado, buscando un lugar para pasar. Vencerá aquel que tenga más convicción y que de el paso más largo y rápido hacia uno de los dos lados.

Al menos, esto es así en todos los lugares donde se conduce por la derecha.

Nunca he podido saber si ésta teoría se cumple en todas partes. El mundo es demasiado grande para mi. Pero a veces, en tardes tediosas de invierno, juego a dar el paso hacia la izquierda y comenzar así el baile del semáforo.

26
Feb
08

Enredándose

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Teresa y Carlos se aman sin remedio.

Y sin remedio no se pueden amar.

Teresa salió a la peluquería el mismo día que Carlos había decidido enviarle flores. Las flores se marchitaron en su buzón.

Carlos se fue a cambiarle el aceite al coche justo a la misma hora que Teresa llamaba a su casa, vestida únicamente con un cigarrillo y un abrigo largo y rojo. El pitillo se consumió en el portal.

Teresa suspiraba por Carlos mientras él hacía cola en la pescadería. Carlos soñaba con Teresa cuando ella hacía la colada.

El amor no tiene tiempo para la vida cuando la vida no tiene tiempo para el amor.

24
Feb
08

El tipo del sombrero

…… I ……

¡Está bien!

Te contaré la historia.

Te contaré por qué tengo colgado de mi puerta un sombrero de caballero. Y por qué no lo toco nunca. Ni me gusta que nadie lo toque.

Es la historia de un final feliz. O al menos, un final. ¿A tí te gustan los finales, no?

Era un tipo encantador. Era absolutamente imposible no quedarse prendada de él. Lo tenía todo. Y además, era inmortal. Por eso siempre llevaba un sombrero puesto.

Sí, sí, lo sé. Suena raro. verás.

Le conocí en medio de una manifestación. Una de esas que convierte las calles en campos de batalla, donde los radicales se lian a pedradas y a pegarle fuego a todo lo que se encuentran por el camino, y los antidisturbios disparan balas de verdad y no pelotas de goma.  Y tampoco miran contra quién.

En consecuencia, había una gran confusión en las calles. La gente corría buscando refugio en portales, bares o cualquier lugar que tuviera la puerta abierta. Yo corría también. Sólo que yo no buscaba refugio. Yo huía llorando porque acababa de perder un novio que tuve, y que acababa de marcharse sin dejarme más que una anémica nota de despedida. Y me tropecé con el tipo del sombrero.

Digo que me tropecé porque realmente, me choqué contra su cuerpo. Caímos rodando por el suelo escuchando de ruido de fondo las explosiones y gritos de la revuelta. Y él me sonrió.

Yo no podía estar más maltrecha, llorosa y despeinada. Pero él me sonrió. Me agarró fuerte de la mano y me dijo que él me sacaría de allí.

Me llevó  a un ático, en el casco viejo de la ciudad. Subíamos las escaleras ahogando los jadeos, agotados como estábamos de correr por las calles y escondernos en las esquinas. La madera se quejaba acompañando nuestros gemidos, en lo que me pareció una composición musical inolvidable.

Cerramos la puerta tras de nosotros, dejándolo todo fuera. Los disparos, los gritos, el humo, y la arrugada nota que era lo que quedaba de mi pasado.

Y sin mediar más palabras, nos devoramos. Como si no hubiera nadie más en el mundo, ni futuro, ni siquiera existiera el amor. Creo que lo inventamos, sólo para nosotros.

Era todo tan dulce que olvidé el escenario que me rodeaba. Y me abracé a él enroscandome. Hasta conseguir detener el tiempo.

Se paró justo en su pecho. Y al buscar sus ojos, él sonreía. Debajo de su sombrero, sonreía.

-Y tú, ¿por qué llevas siempre puesto un sombrero?

 

…… II ……

El tiempo se había parado debajo de su sombrero. No creas que hablo por hablar, eso es algo que luego, hemos hecho muchas otras veces. Nos quedábamos detenidos en un instante y todo a nuestro alrededor se paralizaba. Y hablábamos. ¡Oh, no puedes imaginar cómo hablábamos! A veces, el timbre de su voz era tan constante, que sentía deseos de besarle. Sólo para que se callara. Y entonces reíamos, y retozábamos otra vez. Y luego seguíamos hablando.

Yo diría que éramos una sola persona.

Es raro.

Y el tiempo, detenido.

Lo malo era que luego, el tiempo iba mucho más rápido ahi fuera. La gente corría frenética y el sol se apresuraba por el cielo hasta llegar a su meta. Y en esos momentos, nos quedábamos quietos. Abrazados. Esperando que se acoplara el tiempo. Sabiendo que todo lo habíamos hecho nosotros.

Sólo nosotros.

-¿Quieres la respuesta buena o la mala?

-¿Tienes dos respuestas para todo? -Asintió debajo de su sombrero, con una sonrisa tan encantadora que provocó otro revolvón.

-La buena. Dame la buena.-dije al fín, rato después, deseando oir una historia.

-Una vez hace muchos años, andaba yo perdido por el mundo. Me había puesto a buscarte, pero no era ni el tiempo, ni el lugar. Claro que yo no lo sabía. Y te busqué por todas partes, hasta que fui a parar a una enorme cueva en alguna parte de la selva. Agotado como estaba, decidí buscar allí refugio de la terrible tormenta que estaba cayendo, el monzón o algo así. Lo que yo no sabía era que había un bicho en esa cueva. Era una colonia de bichos, en realidad. Los llamaban los comecerebros, porque se metían por una oreja (o cualquier otro orificio de tu cuerpo) y reptaban hasta llegar al cerebro. Una vez allí, podías darte por muerto, porque comenzaban a sorberte los sesos, despacio. y luego bajaban hasta acabar con el resto de visceras. Se puede decir que te vaciaban por dentro, dejando una sonriente capa de pellejo que prácticamente, se desintegraba al tocarla.

-Sigue-le dije con un gesto de asco en la cara, y un toque de diversión en los ojos.

Pues bien. Estos bichos comecerebros, son extraordinariamente longevos. Viven cientos, miles de años. Porque una vez que te han devorado, hibernan y se alimentan de tus restos. Durante mucho, mucho tiempo.

Ni que decir tiene que no hay muerte más espantosa y desagradable. Pero hay una salvedad. Existe una probabilidad entre 3 millones de sobrevivir al ataque. Y el bicho, lo que hace es hibernar en tu cerebro. De este modo, en lugar de matarte a tí, se provoca una simbiosis y eres tú quien toma la vida del bicho mientras él está anidado en tu cabeza. De modo que mientras sigue durmiendo, tu sigues vivo.

Y eso me ocurrió a mí.

-¿Y… por eso llevas sombrero?

Bueno -añadió removiendose en las sábanas- desgraciadamente, el gusano al entrar en tu cabeza y anidar ahí, provoca una deformidad bajo el cuero cabelludo. Y para taparlo, uso sombrero.

-¿Sí? A ver, déjamelo ver.

El se echó a reir mientras dejaba que le quitara el sombrero.

No había ninguna deformidad.

 

…… III …….

-¿Quieres ahora la respuesta buena?

Preguntó tras el subsiguiente revolcón que acompañó al descubrimiento de su engaño.

-¡Vamos a por ella!

-Me dije que me quitaría el sombrero sólo cuando encontrara un lugar donde quedarme.

 

Esa es la historia.

Fue tan corta como puedas imaginar. Fue tan larga como no te imaginas.

Ocupaba todo y a la vez, era tan furtiva que apenas se notaba.

Nunca supimos decirnos adiós. Vivíamos confundidos como niños que no acababan de encontrar una plaza para jugar.

Y dejó su sombrero detrás de la puerta.

Así puede volver a buscarlo cuando quiera. Y vuelve. Y luego lo deja. Y se va. Pero no termina de irse nunca.

No importa el tiempo que ese sombrero se pase ahí, detrás de mi puerta. Después de todo, el tipo del sombrero es inmortal.

23
Feb
08

La otra categoría

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Clara se dio cuenta de que sólo era una puta el mismo día en que la luna se cayó del cielo y fue a partirse en mil pedazos justo en el suelo de su habitación, llenándolo todo de pequeñas piezas de plata usada.

La puerta del baño estaba abierta y ella podía ver como él se lavaba las manos concienzudamente.

-¿No te duchas?

-Tengo prisa -. Contestó él desde el baño.

-Se está quitando el olor a mí -. Pensó Clara.  Luego, el hizo gárgaras con un elixir mentolado y se perfumó con unas gotas de su colonia habitual. Tras hacer unas muecas ante el espejo, sonrió satisfecho.

-Mañana no podré venir. Ya sabes, es la cena gala de los premios. Un rollo aburridísimo, no te gustaría. Demasiado protocolo.

-¿Irás con tu mujer?
-No, no. Ella odia esas cosas. Iré con Celia.

¡Celia!

-Además, ella también ha sido nominada al premio, así que nos vendrá bien una mutua publicidad. Deséame suerte.

-Celia escribe muy bien. Mucha suerte a los dos.

-Bueno, pero a mi más, ¿no? Después de todo, soy tu poeta favorito. Dame un beso. Tengo que irme ya.

Clara lanzó un beso descuidado y se quedó sentada en la cama viéndole salir por la puerta. Cuando se marchó, abrió el cajón de su vieja mesita de noche y sacó unos papeles con algunas de sus poesías. Él siempre le había dicho que no eran malas, que buscaría un editor, tú sabes cómo es éste mundo, hay que pelearlo mucho, tener amigos, contactos, llegar en el momento preciso… pero no te preocupes, todas tus poesías ya están escritas y lo que está escrito, no tiene prisa. Tarde o temprano le llegará la hora.

Ella se puso a repasar sus propias poesías. Sabía que no eran muy buenas, pero Celia… Ella tampoco puede decirse que… mira, aquí falta un acento. Y ésta… ésta es infantil, parece hecha por un niño de 9 años. Y ésta…

Clara rompió sus poemas en mil pedazos y los tiró por la habitación. Luego fue al baño.

Mientras el agua caliente de la ducha arrastraba los restos de semen de su cara y su pelo, se dio cuenta de que ella nunca saldría de aquella habitación. No tenía categoría para ir a fiestas, ni recepciones ni para ser presentada en público. Era como vivir en una caja de cristal de la cual no podría salir nunca. Él siempre volvía, siempre que necesitaba ayuda, o algún “arreglillo”. Es mucho mejor esta vida, donde no hay problemas, ni que preocuparse por nada, hazme caso. Si en el fondo, eres rica. ¿Qué más cosas necesitas? ¡Si lo tienes todo!

Una puta. Sólo eso.

Salió de la habitación justo cuando alguien aporreaba la puerta.

-Clara, ¿estás? Ábreme, tengo que hablar contigo -. Era Roberto, el vecino. Alguna vez habían jugado juntos, pero solo por puro aburrimiento.

-No puedo, hoy no tengo muchas ganas de estar con  nadie.

-Vamos, sólo será un momento. Si tengo que irme en seguida. Te enseñaré algo nuevo.

-¡Tengo la regla!

-No soy musulmán, no me importa. ¡Abre!

¿Cuántas veces hay que decir que no a los hombres?

Lárgate de una puta vez, no quiero hacer nada contigo.- Hubiera deseado decirle. En su lugar abrió la boca para decir.

-Hoy no me pillas bien, en serio. Tal vez otro día.

El se marchó rezongando.

Ella esperó a que solo se escuchara el silencio de después de sus pisadas. Luego se arrodilló en el suelo y muy despacio, se puso a recoger los pedazos de papel que se habían mezclado con los trozos de luna rota y se amontonaban en el suelo de su habitación. Sus manos estaban frías y muy secas. Y a pesar de todo, pensó en él.

No lloró.

21
Feb
08

La despedida

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— Adiós, madre.
— ¿Dónde vas?
— Me voy a hundir el Titanic.

Desde que su abuelo le había enseñado a hacer barcos de papel, Pablo se pasaba el día buscando hojas que usar para construir su pequeña flota. Los hacía con folios, sobres de azucarillos vacíos, plásticos de paquetes de tabaco… cualquier cosa. Y éste le había quedado genial. El mejor. Lo había hecho con un papel de revista satinado y aguantaría bien el agua.

—¡Ten cuidado no te mojes!

Pablo corrió con su nuevo barco de papel al estanque. ¡Qué bien flotaba!

¡Uuuuuu! ¡Chas Chas! ¡Aaaaaah! ¡Nos hundimos!
¿Qué haces?

Pablo miró hacia arriba. Era Sara.

Voy a hundir el Titanic. Necesito hacer una tempestad.
Idiota. El Titanic no se hundió con una tempestad.
¿No?
No. Se chocó con un iceberg. ¿Sabes lo que es un iceberg?

Maldita resabionda.

Aquí no hay icebergs
Aquí no, pero en el puente hay una roca igualita a uno.
Mi madre no me deja ir al puente
¿Siempre haces todo lo que dice tu madre?

Maldita, maldita Sara.

—¡Claro que no!

Pablo se levantó con las mejillas encendidas a demostrar a aquella odiosa niña que nadie le decía lo que tenía que hacer.

El puente era en realidad un montón de piedras mojadas que atravesaban el estanque de un lado a otro. Y por supuesto, resbalaban. Sara se quedó en una orilla sin dejar de mirarle divertida, mientras Pablo luchaba por llegar al centro del estanque sin mojarse. Por fin. Cuando buscó con la vista a aquella repelenta niña, ella aprovechó para tirarle una piedra.

Pablo perdió el equilibrio y se fue con barco y todo al estanque. No cubría mas de tres palmos, pero era suficiente para empaparse de arriba a abajo. ¡Estupendo! Su madre le mataría.

Sara se destornillaba de risa en la orilla.

¡Pablo! llamó su madre desde el banco del parque—. ¡Nos vamos! ¡Venga!
¡Espera Mamá! gritó pablo saliendo del estanque—. ¡Espera! Tengo que despedirme de Sara.

Pablo se puso a recoger piedras en el suelo. Por suerte, se había traído también el tirachinas.

18
Feb
08

El ruidito

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Imagen: Escher

Un imperceptible susurro taladra mi cabeza con su zum-zum-zum repetitivo e incomprensible.

Como la ignorancia es la llave de la felicidad, me doy la vuelta y agarrándome fuerte a la almohada, pretendo ignorarlo.

Suspiro.

No.

No puedo ignorarlo. Mi oído se empeña en agudizarse para intentar averiguar de dónde viene semejante ruido. Me penetra. Se recrea en atormentarme. Quizás sea algo que esté cerca, muy cerca, en ésta misma habitación. O tal vez algo lejano, muy lejano.

La inquietud es la llave de los descubrimientos, así que sigo pensando. Un repentino cambio en el ritmo del susurro me da la pista. 

Música. Es música. Y viene de fuera. Probablemente de un coche mal aparcado y sin prisas.

Doy otra vuelta en mi almohada. Suspiro de nuevo. No hay nada que se pueda hacer.

La impotencia es la llave de la esclavitud y me someto a la tortura confiando en que no dure mucho.

Otra vuelta. Otro suspiro. Otro minuto más.

Me resigno.

La resignación debe ser también llave de algo.

Pero no sé de qué.

13
Feb
08

La sala

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De modo que ésta es su sala. Todos confiamos en usted. Buena suerte.

Con éstas palabras, el hombre bajito se despidió del nuevo guardia de seguridad de la Sala Blanca A57 del Museo Del Arte Contemporáneo Y Moderno Y Otras Formas De Arte.

Se llamaba Basilio y era su primer trabajo. Quería pues hacerlo bien.

Le habían explicado que su trabajo era im-por-tan-tí-si-mo. Debía cuidar de que nadie, absolutamente nadie, fíjese bien lo que le digo debe llevarse nada de esa habitación. Lo que hay en la sala es una Valiosísima Obra de Arte Irremplazable. Nadie debe tampoco hacer fotos. Ni preguntas. No podría hablar con nadie. Secreto Total. ¿Entendido?

Basilio lo había entendido. Con el ceño fruncido entró en la sala dispuesto a alejar a todo merodeador curioso con malas intenciones. Pero allí dentro no había nadie.

Al principio, pensó que aquel hombre bajito se había confundido de sitio. En la sala no había nada. Nada. Era una enorme sala de color blanco y completamente vacía. Pero luego se avergonzó de su ignorancia.

Sin duda, pensó la obra de arte que contiene es muy pequeña, una miniatura. Y por eso es tan fácil llevársela.

Basilio comenzó a buscar por los rincones sin ningún resultado. Allí no había ninguna miniatura.

¿Y si pensó la obra fuera tan grande que no puede apreciarse desde dentro de la sala?

Basilio abrió su campo de visión y buscó todo (o parte) de alguna inmensa obra.

Nada.

¿Y si estuviera en el techo?

¿En el suelo?

¿Será en las paredes, un color especial, tal vez una pintura especial?

Nada, nada y nada. Todo era igual que cualquier otra sala.

A pesar de todo eso, Basilio guardaba celosamente la sala, infatigablemente, persiguiendo de cerca a los escasos visitantes que se dejaban caer por allí.

Como un gigante y agotado dragón de la antigüedad, Basilio cayó exahusto un lejano día de su vida. Entonces, el hombre bajito volvió a por él y se lo llevó de allí. Basilio había pasado tanto tiempo dentro de la sala que se había convertido en un ser liviano, blanco y perfecto. No costó trabajo sacarlo de allí.

No se preocupe dijo el hombre baijto lo ha hecho usted muy bien. Ahora tendrán que reemplazarle.

Al final de su absurda existencia, Basilio se dio cuenta de que la valiosísima obra, aquella por la que había dado su juventud y su alma y se había empeñado en protejer con su vida de ser necesario, aquella obra, era él mismo.

Como aquel que acaba de descubrir un difícil acertijo, Basilio sonrió.

Mientras tanto, moría.

11
Feb
08

Tontería

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Fuí a que me hicieran un poema

A la poemería.

Me abrió sólo un viejo carpintero de buen corazón

pero malas palabras.

- Necesito un poema, es para un regalo.

El hombre me dijo que ya no había poetas,

en su lugar me dió un trozo de madera.

- Mejor regala otra cosa

He puesto el trozo de madera delante mío, en una estantería.

A veces lo miro.

Pero hubiera preferido recibir un poema.

08
Feb
08

Nacer en Febrero.

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En Euskera, se dice que Febrero es el mes del frío. Otsa-frío, ila-mes. Otsaila. Y aquella noche hacía mucho frío.
Por lo visto, me había empeñado en nacer a pesar de todos los intentos de mi madre en evitarlo, y en lugar de deshacerme, como estaba previsto, decidí venir al mundo entre las desgastadas y húmedas sábanas de la vieja, viejísima maternidad de las Hermanitas de la Caridad.

Por lo visto, en aquel descuidado recinto, no había suficientes mantas, de modo que mi abuela no se lo pensó dos veces y me envolvió en su negra toquilla de viuda para de sacarme inmediatamente de allí.
Alguien debió de decirle que vestir de negro a un recien nacido era de mal augurio, pero mi abuela, haciendo gala de su habitual desprecio hacia todo comentario ajeno, replicó que no conocía ninguna prenda de abrigo que trajera mala suerte, y apretándome todo lo que pudo, me sacó de aquella fría casa infernal con olor a muerte y quinina.
Según cuentan, a pesar de los esfuerzos de mi abuela, llegué a casa amoratada por el frío y tuvo que emplearse a fondo dándome friegas hasta que comenzó a asomar un atisbo de vida en mis mejillas.

Pasé mi primera noche de vida, en aquella vieja casa, y dentro de la vieja cocina, con su vieja pila de fregar, la vieja chapa de carbón, los viejos armarios de formica verde clarito que hacían “tac” al abrirse y “tac” al cerrarse, con el viejo olor a techo viejo, a paredes viejas y a viejo suelo, separada de mi madre que siguió ingresada en la maternidad aún varios dias más hasta que consiguió recuperar toda la sangre que había perdido entre trapos y manos estériles.
Mi abuela decía que las monjas eran todas unas brujas que no se quedaban a gusto hasta ver agonizar a todo paciente que cayera en sus manos, seguramente para purgar así los pecados que sin duda, eran los causantes de su enfermedad.

Otro de los problemas de aquella noche, era mi pertinaz silencio, nada normal para una criatura con solo unas horas de vida.
Un recién nacido debería tener hambre, tendría que llorar. Pensaba mi abuela. Así que intentó amamantarme con un biberón de leche de vaca ordeñada el dia anterior (o puede que antes), la rebajó con agua, la endulzó con azucar… sin ningun resultado, ya que yo por lo visto, yo seguía empeñada en mantenerme callada y sin ganas de comer.
Una cosa que aprendí esa noche es que mi abuela era una cabezota. Y a base de azotes y zarandeos, consiguió arrancar mi primera y débil protesta que fue recompensada con un chupete untado en miel.

Creo que esa es la razón por la que odio el dulce. Escupí el chupete todo lo fuerte que pude, (que no fue mucho, por otra parte) y me arranqué a llorar.

A mi abuela le gustó aquello, así que me dejó en la cuna, aún envuelta en la toquilla negra, llorando desconsoladamente.
Entonces me miró y dijo en voz alta:

-Parece que a pesar de todo, vas a quedarte, ¿no? Nacer en Febrero no es fácil, y parece que tú has venido al mundo en medio de los Siete Males. Tendrás que luchar mucho por salir de ese trapo negro y empezar a ser feliz, mi niña.

Sé que es imposible que yo escuchara aquellas palabras, menos aún que las recuerde.
Dicen que si sé lo que pasó es porque después mi abuela se cansó de contárme la historia.

Pero entonces, si es así, ¿cómo es que recuerdo que mi abuela no dejaba de mirar por la ventana? Había hielo dentro de los cristales, y ella raspaba con las uñas la escarcha tratando de vencer el terrible frío de afuera.

Y recuerdo el resplandor anaranjado del brasero que se reflejaba en el techo y en los ojos de mi abuela que brillaban con el color de la miel.




Un Rincón Tranquilo

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Concurso de micro cuentos

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