Chocolate.
Chocolatechocolatechocolate.
Desde el accidente hay dos cosas que no puedo quitarme de la cabeza. Eso aparte de que me han dado 3 meses de reposo total, con la pierna escayolada y atada a una pesa en ésta mi nueva cama de hospital. Pero no puedo hacer nada para mejorar eso. Sólo esperar. Y mientras espero, como digo, no puedo dejar de pensar en dos cosas. Una es el terrible calor que hace en esta habitación. Y la otra… Chocolate.
Me muero por comer chocolate. Lo imagino, lo huelo, lo sueño. Sueño tazas de chocolate caliente, helados de chocolate fríos, tabletas de chocolate puro, de naranja, de almendra, dulce chocolate con leche… Hasta a veces he imaginado que la escayola es en realidad un envoltorio de chocolate blanco y me he sorprendido doblandome hasta lo insensato para probar un bocado.
Chocolate, no puedo dejar de pen…
—Tienes visita, Rosario.
—¿Visita?
—¡Hooolaaaa!
Quien aparece por la puerta es la persona que menos deseo ver en el mundo. Adela, la madre de Alicia. Me odia desde que le quité el novio a su hija, pero eso es una larga historia.
—Rosarito, hija, pobrecita, pero ¿Cómo te has hecho eso?
—Ya ve usted… ¡No! ¡no me toque la pesa, por favor!
—Perdona, perdona. Hay que ver, que cosas mas tontas tiene la vida. Una caída de lo mas tonta, ¿no? Me lo contó todo tu madre y me he dicho: voy a pasar a traerle una cosita a Rosarito, que la pobre estará muy sola. Y ¡mira! Te he traido bombones.
¡Bombones!
—Pero Adela, me tienen prohibido el dulce…
—¡Oh, que contrariedad! Y con lo caros que son. Suizos, ¿sabes? deliciosos. Se deshacen en la boca
¿Será malnacida o sólo es que es tonta?
—Tengo que irme ya, querida. Te dejo aqui los bombones. En el armarito. Donde no te estorben, hija. Hala, ponte buena pronto. Un besito.
Adela salió de la habitación dejándome una pegajosa marca de pintalabios en la mejilla y la puerta del armario abierta. Donde los bombones me miraban. Me llamaban. Bailaban ante mis ojos provocándome. Hasta les oía cantar.
La tele, fiel compañera del tedio en los hospitales, no deja de pasar anuncios de Chocolate hecho en las montañas, de placer adulto, de bombones Mon Cherie, de pirámides perfectas de Ferrero Rocher.
Apago la tele, y la puerta del armario se abre obscenamente para mi. Mostrandome su suculento premio. Intento dormir.
Me despierto a medianoche, sudando y con la boca pastosa, pidiendo, reclamando su porción de chocolate. No puedo más. Voy a hacerlo.
Me incorporo hasta dejar caer la pesa y con ella, mi maltrecha pierna que aterriza dolorosamente sobre la cama. Ahogo el grito y espero a que se calme. Será un pequeño esfuerzo y una gran recompensa. Pienso. No pienso mucho, sólo en chocolate. Me arrastro hasta salir de la cama, me apoyo en mi pie bueno, agarrándome a todo lo que encuentro en mi camino hasta llegar al armarito. Demasiado alto. Ahora lo sé. Adela me odia y ha puesto los bombones lo más arriba que ha podido. No importa. Consigo acercar una banqueta y me encaramo como puedo. Lo alcanzo con la punta de los dedos. Me estiro más…
El estrépito se oye en toda la planta. Tengo que darme prisa. La banqueta se ha resbalado y me he caído sobre la pierna buena, y todos los bombones llueven sobre mi cabeza. Unos minutos después, me encuentran en el suelo, devorándo bombones, todos los que puedo comer.
Ahora son 6 los meses de reposo y dos las pesas que cuelgan de mis piernas. Me han cambiado de habitación. Ahora no tengo ningún armarito en frente. En cambio, mi ventana da a la cafetería del hospital. Han abierto una nueva tienda. Una chocolatería que tiene el escaparate lleno de estuches de bombones en forma de corazón. Está muy cerca de mi habitación. Mucho.
Me pregunto si seré capaz de saltar la ventana.











Las cosas que dicen