Archivos para Marzo 2008

31
Mar
08

El silencio entre las olas

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Marcelo Cañada tenía su casa justo a pie de pista del aeropuerto.

Odiaba el ruido que hacían los aviones en su interminable ir y venir, ruido que se había instalado en su cabeza y su vida desde hacía muchos, muchos años.

A veces, pasaban tan cerca que saltaban tejas del tejado.

Mucho, mucho ruido en su cabeza.

Muchas tejas por los suelos.

Por eso le gustaba su trabajo. Trabajaba en el cementerio, como encargado de mantenimiento. Tenía que dejar los caminos despejados y cuidar de los jardines y panteones. El cementerio, un cementerio enorme, a donde iban a parar todos los difuntos de una gran ciudad cercana, daba justo al otro lado de su casa. No tenía que caminar mucho para ir al trabajo. Tampoco ahí se quitaba de oir el insoportable ruido de los aviones, pero cuando no se oían, en esos momentos, el silencio era acogedor y placentero.

Marcelo, cada día, volvía a su casa, con su ruido, con sus tejas, en su soledad. No le gustaba andar contando penas a nadie, y de hecho, tenía muy pocos amigos. Decían que era raro. Y decían esto porque Marcelo se jactaba de poder escuchar el silencio que hay entre las olas. Un silencio breve, pero intenso. Tan intenso como un orgasmo -decía-. Una vez que lo escuchas, es adictivo y quieres pasarte la vida escuchándolo.

Tal vez tuvieran razón. Tal vez fuera raro. Después de todo, Marcelo nunca había visto siquiera el mar.

Un día decidió coger uno de esos aviones, sin maletas, sin equipaje, sin rumbo. Sólo con la ilusión de marcharse lejos.

No le costó llegar al aeropuerto. Apenas unos minutos andando. Pero cuando le tocó embarcar, se dio cuenta que los aviones le horrorizaban. Sencillamente, temía estrellarse justo encima de su casa, de las pocas tejas que aún le quedaban. Porque Marcelo estaba seguro de que nunca podría salir de allí. En su imaginación, le enterraban en el mismo cementerio que el se ocupaba de limpiar. Y por ahí no pasaba. Ni hablar. No quería pasarse la vida -la muerte- al pie de la pista, bajo el estruendo de los aviones.

Marcelo perdió su billete y regresó a su casa.

Nunca vio el mar de cerca. Nunca se quitó de la cabeza el espantoso ruido. Pero a veces, se subía a lo alto de su tejado y escuchaba el silencio entre los aviones. Y -pensaba- no puede haber en el mundo un sonido más bello. 

31
Mar
08

Premios y Cia.

Dicen que una maldición pesa a quien le cae un premio en Internet y no lo comparte.

Es mentira, no dicen eso.

Pero aún así, lo quiero compartir.

Nada menos que el célebre Hugo Izarra ha incluido éste “rincón tranquilo” en su lista de Blogs premiados con el

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Un honor, señor Izarra.

Ignoro que aptitudes hay que tener para otorgar esta clase de premios. Pero a pesar de eso, hoy “Un rincón tranquilo” va a otorgar su primera colección de premios a Blogs Que Realmente Merecen la Pena.

Este espacio es, como todo el mundo sabe, un lugar tranquilo, sin revuelos, y donde he añadido a todo aquel que en mi opinión, merece la pena ser leído. De modo que tengo que otorgar el premio a todos.

Charlie a secas. Un blog lleno a rebosar de toda clase de entradas. Poesía, relatos, acertijos, música, ajedrez, cuentos para niños… Es un espacio donde uno puede encontrar de todo, y todo original.

CositasVille, de Isabel Peralta. Qué decir de la delicia hecha poesía. Pues que es una maravilla detenerse cada día entre sus ocurrencias.

De la muerte y otros fantasmas. Pedro Conde y su excelente manera de escribir, envidiable relatista y siempre perfecto en sus formas.

El mar ante el espejo. Bitácora completa donde las haya, multicultural, de música inolvidable, relatos apasionantes y en general, orfebre de la palabra.

La cueva del lobo gris. Relatos llenos de fantasía, descripción y prosa perfecta entre la que uno nunca se cansa de dejarse deslizar.

Ruinas Incompletas. Por supuesto, no puede faltar como blog de cabecera. No es coba. Es genial, sencillamente.

Té Oro. Donde la delicadeza se hace relato. Precisión de cirujano en textos sencillos y bellos que transmiten toda clase de sensaciones, sabores y deseos.

Y…

Por supuesto, una mención especial, honorífica, a un blog singular hecho por una niña de 9 años. Cuentos para contar. El trabajo que le cuesta cada día y la desbordante imaginación infantil hacen de su mini-blog una lectura breve y deliciosa, que siempre termina arrancando una sonrisa.

Pues me he quedado muy a gusto, dando los premios.

Enhorabuena a todos, es realmente un placer teneros ahí cada día. 

28
Mar
08

La felicidad y el arroz

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Empezaron a salir solo por sexo, pero en algún momento él se enamoró.

A veces, esos accidentes pasan.

Eran los primeros días. Esos en los que no importa que solo haya un baño en la casa, y además, muy pequeño. No importa que la cama no sea de 1.50.  Ni subir 5 pisos andando porque no hay ascensor. Ni encontrar en la nevera sólo yogures caducados.

En esos días agotadores y felices, ella preparaba un plato de arroz en la cocina. El se le acercó por detrás y abrazandola, le preguntó si era feliz.

No si eres feliz siempre, a todas horas… no, no. Ahora. Ahora mismo. En este mismo momento, con todo lo que tienes. ¿Eres feliz?
Ella cogió con los dedos una bola de arroz y se lo comió. Y  dijo que si. Que era feliz. En ese momento, era todo lo feliz que se podía ser.

La felicidad y el amor bendecían la pequeña cocina.

De esto hace mas de diez años.

Ahora camina con el ceño fruncido hacia la taberna, buscando alguien que le acompañe para tomarse la última antes de ir a casa. El ascensor le lleva si quiere directamente desde el garaje a casa, sin necesidad de salir a la calle. La tele, de plasma, 42 pulgadas. Las cortinas, de cretón. Los sofás, de piel. La madera de IP.

A pesar de eso, el prefiere ver el partido en el bar y siempre es el último en marcharse.

Ella, dentro de casa, hace tiempo que está dormida con los tapones en los oídos. No quiere que nadie le moleste. Se marchó enfadada hace más de dos horas.

En la cocina, frío, espera un solitario plato de arroz.

Supongo que la felicidad puede alimentarse de arroz, pero el amor necesita algo de tomate.

O alguna salsa. O especia.

O algo.

25
Mar
08

Juegos de Musas y Dioses

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Esa noche andaban de parranda las musas y sus aprendices, tal y como suelen hacer en las tediosas noches de primavera. Y entre chanzas y burlas, discutían acerca de a quién visitar.

-Visitemos a un joven. Hagámosle creer que es un gran escritor -sugirió Urania.
-No, mejor a un viejo -repuso Clío, siempre tan bella como mordaz-. Hagámosle creer que aún es un gran escritor.
-Vamos a despertarle. Tengámosle vagando por el pasillo toda la noche, y al final, le susurraremos.
-No, mejor le hablaremos en sueños. A ver qué es capaz de recordar por la mañana.

Y es que las musas, no son tan diferentes de los demás cuando pasan la noche de juerga. De modo que eligen a un joven periodista que duerme plácidamente en un pequeño ático de una gran ciudad. Es perfecto en su sueño, desprotegido y frágil. Calíope se pone a su cabecera y susurra:

El tiempo desgrana sus minutos sobre mí, que caen como pesados ladrillos en mi maldita condena…

El joven se estremece en sueños. Calíope espera unos minutos antes de continuar.

Mi alma arañada por el puñal de tu ausencia, vacío que no se llena, dolor que no se calma…

De nuevo, el joven se arrebuja entre sus mantas, agarrándose a su sueño.

Calíope, nerviosa, insiste en su intención de espantar a Morfeo, que por otro lado, debía de estar luchando por quedarse con el alma de aquel pobre mortal.

El silencio de tu voz es el que más hiere, mi amor, tus palabras vacías, inexistentes, congelan mi espera…

Ahora sí. El joven abre los ojos, sobresaltado, tratando de recordar las palabras que ha oído en sueños y que resuenan en su cabeza. Salta de la cama y tratando de olvidarse del frío de la casa va al escritorio. No tiene ordenador.

La luz, encendida.
El papel, en blanco.
Las palabras, en su cabeza.

Querida Carmen:

Escribe.
Y luego ya no escribe más.

          Las musas, sentadas a su lado, esperan. Morfeo, enfadado por haberse dejado ganar, sale furioso de la casa. No volverá esa noche.

Quisiera decirte…

Escribe. Y lo tacha.

Lo que siento por ti….

Escribe. Y lo borra.

Todo aquello que deseo….

Escribe. Y lo tacha.

- ¿Qué le ocurre?  -pregunta Erato-. Lo tiene todo. Luz. Papel. Palabras. Nosotras estamos a su lado. ¿Qué le ocurre?
-No es nada de eso. Nada de eso. Aquí no podremos hacer gran cosa. Este hombre lo tiene todo. Menos una cosa. No tiene nada que decir.

Las aprendices de musas se levantaron decepcionadas. Talía le besó despacio antes de desaparecer con las demás. Estas cosas pasan.

El hombre, ajeno a los juegos de Musas y Dioses, se queda solo en su pequeño y frío ático dentro de su grande  y no menos fría ciudad, donde pasará la noche haciendo borrones en el papel.

Estas cosas pasan.

 

15
Mar
08

Clase de yoga.

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Una mujer, de aspecto cansado y de mediana edad, entra en una clase de yoga.

-Quítese el abrigo -dice el profesor.

La mujer se lo quita y lo cuelga en el perchero

-Vuélvaselo a poner.

La mujer, con un sentimiento de decepción, obedece.

-Ahora, dígame. ¿Qué pensaba usted cuando se quitó el abrigo?

-Pensaba que quería usted verme.

-¿Y cuando se lo ponía de nuevo? ¿Qué pensaba?

La mujer, con un suspiro, contesta

-Que no valgo para el yoga, y por eso me ha mandado usted vestirme de nuevo.

-Bien. Ahora quítese de nuevo el abrigo, y piense sólo en lo que está haciendo.

14
Mar
08

Canción de noche

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Ñieeek-ñieeek

Ñieeek-ñieeek

Ñieek-ñieeek

Canta una madera a los pies indiferentes y a los oídos sordos de la vecina de arriba.

Canta sin parar, rítmicamente. Canta de madrugada, y sigue cantando hasta asegurarse espantar el sueño de los vecinos de abajo.

Ñieeek-ñieeek

Ñieeek-ñieeek

Ñieek-ñieeek

Me canta la madera, chirriante, insistente. Sólo se para cuando sabe que me he despertado. Pero no lo hace para burlarse de mi. Creo que no. Creo que trata de llamar la atención de alguien. Sabe que va a morir. Sabe que todo desaparecerá pronto. Esa madera ve cosas que yo no puedo ver, (ni quiero).

 Ñieeek-ñieeek

Ñieeek-ñieeek

Ñieek-ñieeek

Odio el ruido que hace esa madera. Ruido a podedumbre y muerte.

A pesar de todo, es aviso de esperanza.

Sigue sonando, luego aún hay vida.

09
Mar
08

El ascensor

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Era mi primera vez y la consulta estaba en un decimoquinto piso. Mal comienzo para alguien con fobia a los ascensores. Pero las referencias no podían ser mejores. Era el mejor.

Como siempre, pulso el botón del ascensor mirando al suelo. Estoy tensa y me sudan las manos así que me pongo a pensar en otra cosa, cualquier cosa.

Una campanita anuncia que el ascensor ha llegado y las puertas se abren. Entro rápidamente, siempre mirando al suelo y busco de reojo el botón del quince. Luego miro al techo.

Pasan los pisos por delante de la puerta y yo los voy contando pacientemente. No es un ascensor muy rápido.
Respiro solo a medias cuando al fin llego a la consulta y me hacen pasar. El doctor parece amable y sigue todo el protocolo intentando tranquilizarme. Me tumbo en el diván y comienzo a hablar.

–El ascensor es uno de esos viejos aparatos que no tienen puertas interiores –explico–. Y le doy al botón de bajar. Lo curioso es que por más pisos que baje, la puerta siempre indica “tercero”.

Y otra vez. Tercero. Y otra. Y otra. De pronto veo como cae algo por la pared. Es un líquido marrón que no deseo tocar ni por lo más remoto pero aún así, toco. Es viscoso, se hace cada vez más viscoso. Parece sangre. Me entra una risita nerviosa.   Sigue bajando y sigue marcando siempre “tercero”. Ahora el viaje es siniestro de verdad y por si fuera poco, algo se pone a silbar por el hueco del ascensor. Algo que vive abajo, en el foso, pero que de algún modo está subiendo. Doy a todos los botones, quiero bajarme, pero no obedecen. En su lugar saltan chispas. Parece ocurrir un cortocircuito y se funde la luz.

Grito.

Sólo se ve con la tenue luz de emergencia y el ascensor sigue bajando, pero ahora mas rápido. El líquido espeso cubre ahora toda la pared y empieza a entrar en el habitáculo. Me moja los pies y sube hasta las rodillas, amenazando con ahogarme. Entonces, despierto. ¿Es grave doctor?

No hay respuesta. Levanto la cabeza y busco al médico pero no hay nadie. El despacho está a oscuras y me pregunto cuándo se han ido todos.

–¿Hay alguien?

De pronto no estoy muy segura de querer obtener una respuesta. Miro la interminable escalera y el temible ascensor. Elijo las escaleras.
A medida que voy bajando pisos, voy contándolos.
Pero algo no va bien cuando mis cuentas me dicen que he bajado diecisiete pisos. Algo va rematadamente mal, el edificio sólo tiene quince.
Miro hacia abajo y la escalera se extiende interminable, tal vez hasta el mismo infierno. En cada uno de los rellanos, el ascensor abre su boca deseando tragarme.
Es cuestión de tiempo. Tarde o temprano tendré que entrar.

Sigo bajando escaleras y contando pisos.
Cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve…

06
Mar
08

Extraño Delirio de Tiempo y Arena

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Cipriano Bermejo era lo que se dice un vulgar ladrón de minutos.

Aparecía corriendo con la sonrisa petrificada, los ojos enloquecidos, a veces enrojecidos, farfullando rápidas palabras justo antes de desaparecer, corriendo otra vez.

Cipriano Bermejo robaba el tiempo mezquinamente, a escondidas, y lo guardaba en su mochila, una que siempre llevaba a la espalda, como si fuera arena para algún absurdo reloj.

Después, llegaba a su casa, y abría su tesoro despacio, con reverencia tal vez. Recogía cada segundo en su reloj de cristal cuidando de no desperdiciar un solo grano. Y cuando ya estaba todo, daba la vuelta al reloj y se paraba a ver caer todos los minutos, los segundos, alguna vez, incluso horas. Disfrutando. Gozando. Como si de un orgasmo se tratara. Temiendo y esperando el final de los segundos con infinita pena.

Y es que en cuanto caía el último grano de tiempo en su reloj, una repentina marea inundaba su casa. El agua resbalaba por las paredes, por las lámparas, anegándolo todo y arrasando sus pies. Cipriano tomaba aire y pacientemente esperaba a que su casa se llenara del todo. Se había acostumbrado a bucear y hasta pensó que tal vez, algún día le gustaría.

Incluso había aprendido a leer un libro encima del sillón sumergido, lanzando bonitas y redondas burbujas, como un ridículo pez en una no menos ridícula pecera.

Pero nada dura eternamente -dicen voces más sabias que la mia- y tarde o temprano, el agua se escapa por la puerta, por la ventana, vaciando el piso, secándolo sólamente porque no hay agua ya.

Entonces, Cipriano echa su mochila a la espalda y sale por la puerta dispuesto a arañar más minutos. Todos los que pueda.

Ya no espera a secarse porque se ha dado cuenta que eso también es una pérdida de tiempo.

¡Ah!

A veces, llora.

05
Mar
08

El juego de las matrículas

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Solía decir que para ser gusano, no era tan feo. Visto así tenía razón, porque realmente, era feo aquel hombre. No recuerdo su nombre, murió en un accidente de tráfico. En realidad, lo había anunciado él mismo mil veces. Se pasaba el día ensalzando sus virtudes al volante, su pasión por la velocidad… y por las cervezas. Así que de algún modo, es como si él mismo me hubiera hablado de su muerte, mientras sonreía agradablemente con un trago en la mano.

Y es por eso que tengo algo de confusión cuando pienso en aquel hombre, del cual no recuerdo su nombre. Porque confundo las cosas que dijo cuando estaba vivo con las cosas que debió decir una vez muerto. Como que le gustaba jugar a un juego. Jugaba a recordar matrículas, y según el número, le asociaba un destino. 

Por ejemplo 0011. A éste le tocaba esperar en todos los semáforos que se encontrara por el camino. 

6789. Ese número creciente sólo puede merecer no tener que pararse en ningún ceda al paso.

Ese curioso pasatiempo, el de recordar matrículas para imaginar su futuro, se me quedó pegado como una de esas canciones facilonas de verano. Y a veces, casi sin darme cuenta, juego.

4557 me había pasado como un loco por la izquierda a ese se le calará el coche en el primer semáforo que encuentre.

 0810 era un tío que no paraba de hurgarse la nariz en el semaforo a mi derecha. Le multarán por usar el móvil.

Pero 7898 no dejaba de acosarme esa mañana.

Había salido del garage justo al mismo tiempo que yo y estaba tomando cada desvío que yo tomaba.  Giraba en mi misma dirección cada vez, siempre metiendo prisa. Miré por el retrovisor y aunque yo viajaba sola, escuché la voz de aquel hombre diciéndome con la voz tranquila, muy tranquila, casi susurrando.

Deja que pase.

Ví (imaginé) su cara en el retrovisor. Sonreía tranquilo. Pero insistió.

Deja que pase delante.

Así que lo hice. Le dejé pasar. 7898 aceleró violentamente dejándome atrás en una nube de humo. No quise arrancar enseguida, estaba demasiado confusa.

Unos minutos más tarde, ví el accidente. 7898 se había metido bajo las ruedas de un enorme trailer. Me detuve junto a los demás curiosos sin poder explicar en absoluto cómo me sentía porque no podía extraer de mí ningún sentimiento. Uno de los curiosos, me miró. Sorprendentemente, sonreía.

Roberto.

El nombre me vino a la cabeza como un bofetón. Ese era su nombre. El hombre que decía ser tan feo como un gusano, cuyo pasatiempo era recordar matrículas y beber  cervezas, y que me había salvado la vida, se llamaba Roberto.

No he vuelto a hacer lo del juego de las matrículas.

03
Mar
08

La No-Respuesta

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Leo y miro hacia otro lado.

Resulta dificil concentrarse así.

Leo y refunfuño para mis adentros.

No estoy segura de querer llegar hasta el punto y final.

Leo tus palabras y asiento cansada.

Tienes razón, maldito seas.

Aguardaré en silencio.

Aquello que haya de llegar.

Si acaso.

Algo llega.




Un Rincón Tranquilo

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