
Marcelo Cañada tenía su casa justo a pie de pista del aeropuerto.
Odiaba el ruido que hacían los aviones en su interminable ir y venir, ruido que se había instalado en su cabeza y su vida desde hacía muchos, muchos años.
A veces, pasaban tan cerca que saltaban tejas del tejado.
Mucho, mucho ruido en su cabeza.
Muchas tejas por los suelos.
Por eso le gustaba su trabajo. Trabajaba en el cementerio, como encargado de mantenimiento. Tenía que dejar los caminos despejados y cuidar de los jardines y panteones. El cementerio, un cementerio enorme, a donde iban a parar todos los difuntos de una gran ciudad cercana, daba justo al otro lado de su casa. No tenía que caminar mucho para ir al trabajo. Tampoco ahí se quitaba de oir el insoportable ruido de los aviones, pero cuando no se oían, en esos momentos, el silencio era acogedor y placentero.
Marcelo, cada día, volvía a su casa, con su ruido, con sus tejas, en su soledad. No le gustaba andar contando penas a nadie, y de hecho, tenía muy pocos amigos. Decían que era raro. Y decían esto porque Marcelo se jactaba de poder escuchar el silencio que hay entre las olas. Un silencio breve, pero intenso. Tan intenso como un orgasmo -decía-. Una vez que lo escuchas, es adictivo y quieres pasarte la vida escuchándolo.
Tal vez tuvieran razón. Tal vez fuera raro. Después de todo, Marcelo nunca había visto siquiera el mar.
Un día decidió coger uno de esos aviones, sin maletas, sin equipaje, sin rumbo. Sólo con la ilusión de marcharse lejos.
No le costó llegar al aeropuerto. Apenas unos minutos andando. Pero cuando le tocó embarcar, se dio cuenta que los aviones le horrorizaban. Sencillamente, temía estrellarse justo encima de su casa, de las pocas tejas que aún le quedaban. Porque Marcelo estaba seguro de que nunca podría salir de allí. En su imaginación, le enterraban en el mismo cementerio que el se ocupaba de limpiar. Y por ahí no pasaba. Ni hablar. No quería pasarse la vida -la muerte- al pie de la pista, bajo el estruendo de los aviones.
Marcelo perdió su billete y regresó a su casa.
Nunca vio el mar de cerca. Nunca se quitó de la cabeza el espantoso ruido. Pero a veces, se subía a lo alto de su tejado y escuchaba el silencio entre los aviones. Y -pensaba- no puede haber en el mundo un sonido más bello.


31 Marzo, 2008 a las 10:43 pm |
Te ha tocado premio.
1 Abril, 2008 a las 10:34 am |
En todas partes hay tesoros, incluso entre el ruido de los motores!
1 Abril, 2008 a las 10:38 am |
A veces, los premios recaen sobre gente que no los merece tanto como otros, como es mi caso. Pero sigue siendo un honor.
Muchas gracias, H.
Nausicaa.
El ruido acaba enloqueciendo.
El silencio también.
¡Qué dificil es mantenerse cuerdo!
1 Abril, 2008 a las 11:33 am |
Como en el ping-pong tu a mí, yo a tí. Gracias, e igualmente. He tenido una idea: hoy nos felicitamos la una a la otra ya para…no sé, hasta fin de año, por ejemplo Exentas de felicitarnos hasta Nochevieja. ¿Hace? ; )
El cuento lo leo a la noche. Besotes.
1 Abril, 2008 a las 11:57 am |
He estado muy liada últimamente, pero esta Semana Santa me propuse leerte y me leí todo lo que has escrito. Es como volver a leer “Mensajes sin conexión”, un estilo mucho más pulido, pero posts perfectos, cortos pero intenso, a los que no les falta nada y no les sobra ni una coma.
Te doy toda la razón, ni todo ruido, ni todo silencio, aunque a veces necesitemos mucho ruido alrededor, otras necesitamos oír el silencio. El equilibro es complicado.
Letras Huecas
1 Abril, 2008 a las 2:36 pm |
Bueno pues aunque hayamos visto el mar, no podemos estar más de acuerdo con Marcelo Cañada los que también tenemos nuestra ciudad cerca de un aeropuerto, civil o militar.
1 Abril, 2008 a las 3:25 pm |
Cositas.
Vale, pues. Eso incluye la felicitación de navidad, verano y demás. Me parece bien, es económico. Besos, guapa.
Lucia.
Un placer volver a saber de tí, mi querida Letras Huecas. Ahora te veo.
Edurne.
No te creas que yo ando muy lejos de uno.
2 Abril, 2008 a las 1:21 am |
A veces es mejor desear que tener y comprobar.
Pero no lo recomiendo como filosofía de vida.
Yo le daría a Marcelo un empujoncito. Pero así, desde el tejado. ¡Ahora que no nos ve!
3 Abril, 2008 a las 1:27 pm |
El cómo habrá surgido la idea lo desconozco, pero es de esos relatos que salen solos, mirando a ninguna parte y reflexionando sobre algo en concreto en la vida. Es la impresión que me ha dado… y me ha gustado. Sigo con otro