Archivos para Abril 2008

29
Abr
08

Y tú, ¿qué has hecho de tu vida?

 

 

-¡Jorge!

Jorge se dio la vuelta, para notar una sacudida de adrenalina que recorrió su cuerpo con una dolorosa punzada que iba desde sus globos oculares hasta la punta de sus dedos.

Una pistola le encañonaba a menos de un metro de distancia. Jorge no podía ver quién empuñaba el arma, pero no podía ser otra que Laura. Era su voz.

¿Así que ésto era el final? ¿Así se acababa todo? ¿Cuándo comenzó a enredarse su vida?

Jorge tuvo tiempo de recordarlo. Tiene gracia pero todo empezó hacía un año, justo cuando se tropezó con Laura en el bar. Y lo curioso es que fue ella quien le salvó la vida aquel día.

Jorge, entonces no era Jorge. Sólo Elías. Un estresado, fracasado, abandonado y mediocre contable que había sido testigo del declive patético de su vida. Su mala gestión hizo quebrar la empresa, de la que le habían despedido hacía ya tres meses. Tenía pleitos pendientes con hacienda, con su patrón y con su mujer, que también decidió marcharse en busca de otros brazos menos torpes que los suyos. Arruinado y perseguido, Elías decidió aquel sábado noche terminar con su penosa existencia tirándose por el puente más alto que pudo encontrar. Estaba tomando las fuerzas suficientes del fondo de los vasos cuadrados de whisky en la barra del bar y ya había elegido lugar y hora. Sólo que entonces, apareció Laura, con su cigarro en la boca, su mirada castigadora y sus piernas largas, larguísimas, asomando por debajo de una falda muy, muy corta.

Elías decidió que después de todo, no hacía falta saltar por un puente para terminar con su vida, así que decidió comenzar la historia de Jorge. Y resultó que Laura le creyó. Y se lo llevó a su cama, le metió en su vida y le alimentó con su dinero. Jorge resultó ser un casanova encantador, y un embaucador de exito. Le sorprendió comprobar como la mentira funcionaba mucho mejor que la verdad. A medida que le iba creciendo la barba y se iba alejando del viejo Elías, el nuevo y mejorado Jorge veía engrosar su cuenta en el banco y su lista de amantes.

Laura cayó en las redes de un aprendiz de farsante que realmente sabía como imaginarselo todo. Y presa del encanto que tienen todas las cosas malas, Laura se enamoró.

Se enamoró hasta el tuétano, hasta la neura. Hasta que no pudo soportarlo más.

Lo más irónico de todo, es que Jorge jamás le había engañado a Laura. El siempre se lo contaba todo. Lo que pasa es que Laura no podía soportar la vida de Jorge.

Ella hubiera preferido la de Elías.

-Laura, cariño…

El disparo sonó mucho antes de que Jorge pudiera explicarse.

Laura no quería escuchar más explicaciones, después de todo.

28
Abr
08

El hombre de la tienda de animales

-Tengo que colgar, parece que otra vez uno de los pájaros se ha estampado contra la jaula. Uno de los jilgueros, una hembra. Las hembras son muy inconstantes. Tendré que cambiarla de sitio.

El hombre de la tienda de animales, va hasta el pájaro hembra que se debate entre asustada y dolorida en el suelo de su jaula. Trata de revolotear pero un ala se le ha atrapado entre los barrotes.

-Tonta, tontita. ¿No ves que esos barrotes son muy estrechos para tí? Para tí y para cualquiera, la verdad es que son muy estrechos, ¿no? Tranquila, tranquila, yo te suelto -decía el hombre liberando el ala del jilguero que buscó sitio velozmente en su viejo columpio en cuanto se vio libre. El hombre la acarició en el pico. Mientras tanto, hablaba.

-No puedes salir. ¿No ves que morirías? El mundo de ahí fuera no es para tí. Pero no debes preocuparte, todos aquí estamos igual. Mira los peces, por ejemplo. Si alguno salta, no tardará en ahogarse en el suelo. O lo pisará alguien. Y si tiene la suerte de caer en otra pecera, los demás peces lo devorarán. Tranquila. Es normal. Todos teneis que estar en vuestro sitio. Hasta las serpientes tienen jaulas, solo que son de cristal, y a tí te parece que están sueltas. Pero no. Ni las arañas. Ni los escorpiones. ¡Esos los que menos!

No te preocupes, linda. Yo mismo estoy también atrapado en ésta tienda. Si lo miras bien, hasta el león está encerrado en su jungla, de la que no puede salir, y las ballenas en su océano. Hasta el trotamundos es prisionero de sus piernas, que no pueden llevarle más lejos del propio mundo.

Todo está bien, tranquila. Te cambiaré de sitio. Los pájaros no pueden escaparse. Bueno, tal vez, los loros sí. Esos no tienen jaula, pero están encadenadosa su barra. Sois muy tercos, los pájaros. Fíjate, algún loro ha tirado tanto queriendo escapar que se ha arrancado la pata. Ha salido volando, eso sí, pero con una sola pata. Esos no podrán vivir mucho tiempo ahí fuera. Igual que tú, aunque tú conserves las dos.

Te dejaré aquí, cerca de la puerta de la tienda. ¿Te ha molestado algún macho? Ahora te molesta, sí, pero cuando te llegue el celo, ya verás. Entonces serás tú quien quiera ir a su jaula.

No te preocupes. Aquí te dejo. No vuelvas a hacerlo, bonita. Y canta. Tú cantas muy bien. Anímanos a todos, anda. Canta.

El jilguero tuerce la cabeza mirando a todas partes, en su nueva habitación. Ella no quería que la alejaran de los demás jilgueros, sólo quería saber por qué llevaba tanto tiempo ahi adentro. Quería ver que había fuera. Y volar algo más que 10 centímetros. Sólo un poquito más.

Sólo un poco.

El hombre se encerró de nuevo detrás del mostrador de su tienda de animales.

26
Abr
08

Akelarre de amigas

Era pasada la medianoche del sábado, como ocurre siempre en todos los akelarres.

Las cuatro amigas, una a cada lado de la mesa hablan y beben. Luego beben y hablan.

Toman los vasos y beben, Dejan los vasos y hablan.

Y en ese río de bebida y palabras, se podía escuchar.

Lo malas que habían sido. Lo buenas que iban a ser.

Se cogieron de las manos, una a cada lado de la mesa, se tendieron los ojos, una a cada lado del vaso.

Y hablaban.

-Perdonadme. Perdonadme. No sé como he podido portarme tan mal con vosotras. Siento haberme inventado todos esos rumores vuestros.
-¿Mala tú? ¡Yo! ¡Yo si que he sido zorra! Yo fuí la causante de que expulsaran a tu hijo del equipo de fútbol, después de hablar con el entrenador. Sólo para fastidiarte y que no pudieras dejar al niño en el entrenamiento dos horas para irte por ahí con tu amante.
-Yo también lo siento. Siento lo de haberme liado con tu marido aquella noche.
-Bueno, yo también siento lo de haberme acostado con tu marido. Y bueno… con los vuestros…
-Pero eso ya se ha acabado. Ahora sois como mis hermanas.
-Sí. Todo eso ya pasó. Nos necesitamos.

Las manos, apretadas, y los ojos llorosos. Pasa la noche en el akelarre de amigas, en la mesa del fondo, en un asqueroso bar.

Cualquier profano en la materia podria pensar

¡Qué buenas amigas! ¡Qué bonito!

Cualquiera que conozca del tema pensaría

Menudo hatajo de zorras. Mañana buscarán la forma de darse otra puñalada.

Sí.

Lo más sensato es no entrometerse nunca en un akelarre de amigas.

Nunca se sabe quién te dará el mordisco.

22
Abr
08

Cartas de mi padre

 

Yo… yo quiero escribirte una carta pero he cogido un papel, y ahora no sé como se hacen las letras, no me acuerdo ahora, así que mejor te lo digo de viva voz, hablando.

Tengo que escribirte, porque tengo que darte noticias mías. Hace mucho que no sabes de mí. Estoy viviendo en… un sitio extraño, una casa, no sé dónde es.  Tengo que salir de aquí, seguro que me están esperando. Tengo que ir a Sestao, allí hay mucha gente que me espera, y no sabe nada de mi, Yo he venido hace poco de Sestao, un mes… aquí hay una mujer que dice que 53 años. Pero no es cierto, no es tanto tiempo. Puede que tres meses… seis… tengo que irme, no sé quien vive en esta casa, es un sitio extraño…

Yo vivo solo, pero hay una mujer que no sé quien es, creo que es mi madre o… no sé, ella dice que eres tú, no sé, tal vez seas tú, pero creo que no, no sé quién es. Me cierra la puerta con llave, me dice que no puedo salir, que ésta es mi casa. ¡Ésta! ¡Si es un lugar extraño! No sé dónde estoy.

En cambio… recuerdo estos libros. Yo compré estos libros, yo compraba libros ¿sabes? muchos libros, tengo muchos, y en la otra casa, tengo más. Muchos más. Bueno, quién sabe dónde estarán esos libros, qué habrán hecho con ellos, dicen que ya no hay casa, que ya no hay libros. Yo compré estos libros. Ahora no sé que dicen. Pero los reconozco. Hace años, ¿Qué sé yo cuántos años hace? ¡Muchos!

Otra vez viene esa mujer, está llorando, se empeña en enseñarme fotos de gente… gente que conozco, claro, ella quiere que los nombre, yo sé quienes son ¿cómo no voy a saberlo? pero ahora no me acuerdo de los nombres, no sé por qué no me acuerdo, antes me acordaba, debo estar… tonto… soy tonto, no recuerdo nada. Sí, a éste le conozco, soy… no, eres tú. Me dice que es ella, que tú eres ella, puede que lo sea… ¿lo es?

Tengo que escribirte. No puedo escribirte porque he cogido un papel y no sé cómo se hacen las letras, pero tengo que salir de aquí.

Estoy en un lugar extraño, tengo que ir a Sestao, allí hay mucha gente, me estarán esperando, yo he venido hace poco de Sestao, un mes… recientemente… Puede que tres meses… seis… tengo que irme, no sé quien vive en esta casa, es un sitio extraño. En cambio, los libros, yo conozco esos libros…

21
Abr
08

A veces, un regalo

A veces, el paraíso se deja alguna ventana abierta, seguramente para ventilar, y se le caen algunas cosas bellas. Cosas que ayer cayeron sobre mi.

Cosas como el sol, una brisa fresca, el verde inexperto y rabioso de la primavera, risas de niños, bancos de piedra… y un trio de jazz que se empeñaba en hacerme recordarte. Que me salpicaba con notas agridulces empapándome de viejas tardes que casi se me habían olvidado.

Entre toda la gente que se había acercado a meter los pies en aquel remanso de paraíso, yo debía ser la que más sonreía.

Ya casi se me había olvidado lo que tenía.

Ya casi no me queda nada.

Nubes blancas y revoltosas, jugaron a esconder el sol. El repentino frío hizo que la gente se pusiera sus chaquetas, que abrigaran a sus niños en sus cochecitos y a sus abuelos en sus sillas de ruedas.

Todos pensaban que eran tan solo nubes de primavera.

Yo me di cuenta que era un aviso.

Quedaba poco tiempo

Luego, alguien, algunos, ahí arriba, cerraron la ventana.

El suelo seguía siendo igual de gris cuando volví a casa.

Y yo prefiero volver sin pensar en tí.

18
Abr
08

Historia de una traición o más.

Son las seis de la mañana.

Pronto todo se habrá acabado. Y juro no volver jamás, ¡jamás!, a este lugar.

Esto es lo que pensaba Mauricio arriba del acantilado. Justo en el borde.

En la carretera, a su espalda, había un coche aparcado. Más que aparcado,  podría decirse que estaba abandonado. Era un coche lujoso, en el mismo medio de la carretera, con la puerta del conductor abierta y en los asientos de atrás, un bulto indefinido tapado con una manta. Los cabellos alborotados que asomaban por una esquina dejaban adivinar que dentro había una mujer dormida. O tal vez, muerta. En todo caso, inmóvil.

Mauricio caminaba dando tumbos por el mismo borde del acantilado.

Maite había sido la compañera perfecta, pero sólo los primeros días de su matrimonio. Después, se volvió perezosa e insoportable. Teresa en cambio, era una diosa. Un cuerpo de espanto, su risa, transparente como una campana… Era perfecta. Lo habían pensado durante muchos meses. Calculándolo todo, añadiendo y quitando detalles. Y hoy era el día.

El plan era perfecto. Lo había visto en las peliculas miles de veces. Una noche, él prepararía una cena romántica, con velas, caviar y esas cosas. Y alcohol. Mucho alcohol. Luego, antes del amanecer, el la metería en el coche, conduciría hasta el mismo borde del acantilado, le atrancaría el pie con el acelerador, y.. bye, bye. Adios para siempre, Maite, querida. Un accidente, inspector. ella bebía mucho, ¿sabe? Le advertí de que no debía coger el volante, pero no me hizo caso…

Era perfecto en su sencillez.

El problema fueron los brindis. Ella se había empeñado en brindar a cada trago. Menos mal que él aguantaba muy bien el alcohol. Aún así, estaba bastante mareado. Seguramente, por el tabaco, había fumado mucho. Los nervios, ya se sabe. Pero se le pasaría en seguida. Sólo necesitaba algo de aire puro y en pocos minutos… adios a Maite para siempre, Hola Teresa, mi vida. Mi amor.

El graznido de una gaviota le pareció un saludo. Mauricio miró al frente. El mar estaba muy tranquilo, apenas si se veían unas lucecitas de barcos lejanos en el horizonte, donde el alba comenzaba a despuntar. Y aquella gaviota, inmóvil, planeando contra el viento justo en frente suyo, se había empeñado en hablarle.

¡Hola!

Repitió la gaviota. Estaba claro que le había dicho hola. Aquel bicho hablaba. Había oído que en algunos lugares, las gaviotas, podían pronunciar algunas palabras, como los loros o las cacatúas, pero sin saber lo que decían.

¿Puedes volar?

Mauricio se quedó mirando la gaviota atontado, y luego el acantilado. A lo mejor, la gaviota tenía razón. A lo mejor el podía volar. ¿Y si se dejaba caer? Volar era fácil.

Yo puedo volar. ¿Puedes volar?

Mauricio avanzó un paso. Su cabeza se dio cuenta entonces que sólo era un sueño. Estaba en casa, tumbado encima de la mesa, soñando. Si abría un ojo, podía ver la botella de vino volcada sobre la mesa. No se había atrevido a hacerlo, después de todo. A su lado, Maite también dormía. Se le había pasado la oportunidad. Por eso soñaba. Y aquella simpática gaviota… tal vez tendría razón.

¡Salta!

Y Mauricio notó el empujón a su espalda.

Entonces, pensó tres cosas.

Que no estaba soñando, después de todo

Que las gaviotas no hablan

Que él no podía volar

Maite le despidió graciosamente con la mano mientras se despeñaba por el acantilado.

Mauricio descubrió que le daba tiempo a gritar antes de incrustarse contra las rocas del fondo:

¡Hijadeputaaaaaaaaaaaaaa!

16
Abr
08

Coma

 

Llevo un rato largo ya, imaginando historias oscuras y ridículas. Manipulando palabras y palabrejas para tintar situaciones estrambóticas y sórdidas, que a nadie interesa ver.

Llevo tiempo pasando el tiempo pensando en cosas tontas.

Engañando.

Al igual que el pintor apenas moja el pincel para manchar el lienzo con dos o tres brochazos, y poner algún punto negro debajo de una estrella, y llamarlo Impenitencia Cruel De Un Saetero Descalzo.

(Por ejemplo)

Y luego lo cuelga en algún museo, o tal vez, de alguna una pared. Y la gente lo mira, lo remira y dice

¡Ooooooooh!

con la boca muy abierta y muy redonda.

Porque es un título muy sugerente, para una pintura que en sí, no sugiere nada.

Pero tiene mucha gracia, como han caído los puntos negros.

Así engaño.

Así me siento.

Hay un poco de tí en todo esto. En realidad, hay un poco de tu ausencia en todo esto.

Lo que quiero decir, es que si estuvieras aquí, mi mente dejaría de inventarse ridiculeces en mundos absurdos, para pasar el tiempo infinito que despedaza mi cabeza. Para pasar ese tiempo, digo, y llegar a alguna meta. La que sea. Un principio. Un final. Un algo.

No quiero llorar tu ausencia. Prefiero mantenerme firme en mis divagaciones.

Lo cierto es que no puedo quejarme.

Antes, ni siquiera tenía esos mundos a los que huir.

14
Abr
08

El regreso

 

La estación estaba llena de gente que se movía a saltitos, como en una de esas películas en blanco y negro, donde la chica va a buscar al soldado que viene de la guerra. Eso fue lo que a Julia le vino a la mente aquella tarde en que –por fin– llegaría Alberto. Su Alberto.

Quería que el encuentro fuera especial, romántico. Uno de esos encuentros que uno no olvida nunca. Esos en los que el momento es tan intenso, que hasta parece detenerse el reloj de la Estación Central. Y suena música, y la gente baila. Y la luz es dorada y todo es hermoso.
Julia no pedía música. Sólo quería volverle a ver.

Caminaba rápido, a pasitos cortos. Los altísimos tacones que se había puesto no la ayudaban a ser ágil, y el pantalón le apretaba demasiado en las caderas.
Había engordado.

«Claro! –se auto justificaba Julia– ¡Claro que he engordado! Pensaba en ti. Tú no estabas, tenía que beber para olvidarme de eso. Tu ausencia es la culpable de todo. De mi tristeza, de mis angustias, de mi nostalgia… de mis kilos de más… ¡Por el amor de Dios! Si por poco me convierto en alcohólica esperándote. Cuando pienso en todas las  noches de soledad que he pasado…»

Julia juntó sus labios en una especie de beso de pez para comprobar que le faltaba carmín. Tenía que retocarse. Necesitaba un baño. ¿Dónde está el baño? ¡Ah! ¡Ahí!
En el baño, blanco, blanquísimo, recubierto de pequeñas baldosas blancas de estación de tren, una señora desgreñada y  con cara de aburrida vigilaba unos rollos de papel higiénico. A su lado, una cesta de mimbre, vestida con un descolorido tapete de flores, custodiaba unas monedas de 50 céntimos.

Por lo visto, era lo que se cobraba por usar el retrete. La mujer no dijo nada. Julia murmuró un “hola” ininteligible. Ella no buscaba el retrete, solamente un espejo. Encuadró su cara en el espejo y se afanó en repintarse la cara. Después se ajustó la ropa. Sí, había engordado, pero a pesar de eso no era malo lo que ella tenía que ofrecer.

Una campanita anunció la llegada del tren.

¡Oh!

Julia salió a la estación sin despedirse de la inmóvil señora del baño. Se le antojó que debía estar pagando por alguna maldad cometida en vidas anteriores. Luego, dejó de pensar en ella.

Se apresuró a pasitos cortos por el andén.

«¡No sabes lo larga que se me ha hecho la espera! –pensaba– en todo este tiempo, no he recibido ni una carta tuya. Apenas un par de correos electrónicos, sí, pero eso… es tan frío… Sé que has estado fuera, ocupado, que tenías mil cosas en la cabeza. Tu trabajo es muy importante, tú eres muy importante, sé que no podías ocuparte de mí. Siempre he sabido que volverías. Pero te he echado tanto de menos… he sufrido tanto… Sin noticias, no tenía noticias, no hay nada peor que no tener noticias. Me desesperaba…

Ni una sola carta.

Y ahora…»

El tren resoplaba cansado escupiendo aceite y quejidos al entrar en la estación. Sí. Allí estaba.

Se había levantado. Podía verle a través de una ventana.

Estaba más delgado, más demacrado. Y con canas. Se acercaba a la puerta del vagón, con un maletín en la mano.

El corazón de Julia parecía un tren desbocado.

El tren de Alberto, se detenía gimiendo.

Alberto se acercaba a la puerta del vagón sorteando viajeros.

Julia se abría paso entre la multitud, para acercarse a la puerta del vagón.

El tren se detuvo con un último estertor.

Julia continuó andando a pasitos cortos entre la gente. Y medio corriendo, medio caminando, pasó de largo la puerta de Alberto. Fingió no verle, como si esperase a otra persona. Como buscando a otra persona.

Y ese día, se escapó de él.

 

 

14
Abr
08

En un rincón de mi cuarto

Hay una araña en mi habitación.

Se recoge paciente en un punto de patas y pelos y se queda esperando en una pequeña telaraña.

Nunca me habla, ni molesta. Y pocas veces sale a pasear.

Creo que tiene poca comida, ahí en mi cuarto, pero no se queja nunca.

Es un buen huesped.

No sé por qué todo el mundo se empeña en que la mate.

10
Abr
08

Fuga de letras

 

Hay un torrente de palabras que cada día se amontona junto a mi puerta.

Como si alguien ahí arriba se dejara un grifo abierto o algo así.

Y van a parar todas justo delante de mi casa.

No sé que hacer con tantas palabras, cada día tengo que barrerlas

y las meto en casa.

Tengo la cocina llena, se escapan de los armarios, en la tetera,

incluso gotean letras en

pequeñas dosis

monosilábicas

para

mi

de

ti

Unas pinchan,

otras son gomosas,

otras tan suaves como el terciopelo

y da gusto pasárselas por la cara.

Ya no sé que hacer con ellas.

Una vez, mordí una, pero me quedó la boca llena de tinta.

Creo que no sirven para comer.

Mientras tanto, siguen amontonandose en mi puerta.

¿No es una delicia?




Un Rincón Tranquilo

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