
La tía Nieves nunca fue una mujer religiosa. De hecho, dicen que sólo fue a misa una vez en su vida, al funeral del tío Remigio, y no soltó ni una lágrima. Ni siquiera dijo una palabra.
A pesar de eso, la tía Nieves era famosa por su Oración.
Era así como ella lo llamaba. Unas palabras que sólo ella conocía y que recitaba en voz baja, con las manos en tu cabeza, cuando te aquejaba algún mal o tenías problemas. Tiene gracia porque todos pensaban que se trataba de una superstición familiar inútil, pero a pesar de ello, cuanto más grave era el problema, con más devoción se le acercaban, pidiéndole la Oración contra el mal de ojo.
La tía no era solo la típica tía solterona. Ésta era todo un personaje. Se pasaba los días encerrada en casa, sin salir. Y de pronto, desaparecía y pasaba largas temporadas fuera. Luego siempre volvía, con regalos pequeños y exóticos para todos. Menos para mí. Yo sólo recibía un beso.
A mi me encantaba ir a su casa a pedirle la Oración. A veces, incluso me inventaba los problemas, solo por que me pusiera las manos en la cabeza y me susurrara las palabras, que siempre yo trataba de descifrar. Pero era imposible. A veces reconocía un “blanco” o un “perdición” o tal vez, era “bendición”. Lo que es cierto es que yo era el sobrino más veces premiado con aquellas palabras. Y tal vez fuera casualidad, pero era el más sano de toda la familia y el que menos acné tenía de toda la clase.
Un día, en una de mis visitas, la tía Nieves me llamó para decirme la Oración.
-No me ocurre nada, tía.
-Lo que quiero, es que la aprendas.-me dijo- Sabes que sólo se puede transmitir a otro miembro de la familia. Y quiero que seas tú quien la conozca.
Aquello me pareció un inesperado honor. Conocer nada menos que el Secreto de las Palabras de La Oración de la Tia Nieves.
¡Oh!
-Espera. Voy por papel y boli.
-No, no. No puedes escribirla. Ni tampoco decirsela a nadie. Debes memorizarla, y solo puedo decirtela en voz alta una vez.
-Pero… no la recordaré. Deja que la escriba por si…
-No funcionará entonces. Hazme caso. Acércate.
La tía me atrajo hacia sí y me dijo las palabras en voz alta. Solo una vez. Luego, me hizo repetirlas. Ante mi asombro, repetí la oración sin ningún esfuerzo, como si la hubiera conocido de toda la vida. Después, le dí un beso y me marché de allí muy contento y nervioso como un niño con un juguete nuevo.
Debo confesar que me faltó tiempo para ir al bar y después de tomar unas copas, contarselo todo a mis amigos.
Y podéis creerlo o no. Cuando desperté al día siguiente no recordaba ni una sola palabra de la Oración. Nada.
En cuanto pude, fuí a buscar a mis amigos, a los que se lo había dicho hacía solo unas horas en la tarde anterior, pero tampoco ellos podían recordarla. Y eso que nos esforzamos entre todos. Pero sin resultado.
Me sentí fatal. Un traidor. Ahora había perdido el honor de conocer La Oración. Y no me atrevía a volver donde la tía a pedirsela.
De todas formas, la tía desapareció otra vez, y no volví a verla nunca más.
Ya pensaba yo que todo aquel asunto se había perdido en el tiempo para siempre.
Lo que ocurrió cuatro años después fue aun más sorprendente.
En las clases de Arquitectura a las que yo asistía, apareció aquel curso una alumna nueva. Era una preciosa Mulata, de ojos enormes y cabellos lisos, y la rodeaba el fascinante misterio que envuelve a las bellas desconocidas que apenas hablan.
Bien conocido ha sido siempre mi escaso exito entre las mujeres, que decían preferir pasar su vida con un perro o metidas en un convento antes que vivir conmigo. Por eso me sorprendió que Clara, que era como se llamaba aquella chica nueva, aceptara salir conmigo.
No sabría describir lo a gusto que pasaba las tardes con ella. Allí supe que había nacido en Cuba. De su padre no se sabía nada, y su madre, que debía ser española murió al nacer ella, así que había pasado su vida con una tía en un precioso lugar cerca de la playa.
Quiso la casualidad, que aquel día que estabamos tomando un refresco en la terraza de un bar, mi copa estallara en añicos, y los cristales se me clavaron en la mano haciendome sangrar.
Ante mi sorpresa, ella se acercó a mi, puso sus manos en mi cabeza y comenzó a recitarme en voz baja la Oración de la tía Nieves. A medida que susurraba, yo me puse a recordar las palabras y a decirlas en voz alta, como si nunca se me hubieran olvidado, hasta que terminamos los dos entonando a dúo la famosa Oración.
Los dos nos quedamos en silencio.
Los dos nos mirabamos sin entender nada.
Fue ella quien habló primero.
-Parece ser, que la tía Nieves, tenía más de un secreto, ¿verdad, hermano?
Es curioso.
Mi mano dejó de sangrar.
Las cosas que dicen