Archivos para Mayo 2008

28
May
08

El pedazo de papel

 

Esta noche me he puesto a escribir. Y aún es primavera.

En primavera, las noches también son oscuras. Las calles, amanecen mojadas. Y el viento…

El viento.

El viento azota las persianas, aulla entre rendijas, castiga la piel.

Podrían torturarme o llevarme ante el Juez  Supremo del más Supremo de los Tribunales y yo diría lo mismo.

He dejado bien cerrada la ventana. Lo juro.

Pero cuando entré aquella noche en la habitación, todo se había ido al garete.

Sillas volcadas, la lámpara, rota en un rincón. Un gran charco de agua en el suelo. Y los papeles…

Los papeles.

Todos los papeles volando, histéricos, frenéticos, como pájaros dementes a los que han dejado en libertad. Volaban por toda la habitación, se escapaban por la ventana, abierta de par en par, como un agujero negro abierto en la noche, que se lo tragaba todo.

Todo mi trabajo, todo. Todo lo que había empeñado en mi vida, toda. Todo destruido, desaparecido.

Cerré la ventana, dejando fuera al viento. Intenté arreglar el caos que había arrasado mi vida, procurando no hacer caso del dolor.

No quedaba nada.

No es cierto.

Había un papel.

Tal vez -pensé- se ha salvado algo.

El papel estaba en blanco. Por las dos caras. No lloraba tinta, no lloraba nada. Sólo estaba en blanco, ajeno a todo lo demás. No le importaba nada.

De todo lo que había, sólo hay un papel en blanco.

Y esta noche, me he puesto a escribir.

Y aún es primavera.

15
May
08

La maldad (O el estremecedor caso de las tortugas apuñaladas)

Gritos, sirenas y fuego. En unos pocos minutos todo el  mundo se asomó a ver que pasaba. Era un edificio en construcción que estaba ardiendo desde los cimientos.

El grandísimo alboroto venía porque al parecer, la lonja envuelta en llamas no estaba vacía. Claro que de haber estado vacía, no se hubiera echado a arder, ¿no?

Por lo visto había una niña dentro. ¡Una niña!…  Y a juzgar por el revuelo de madres que había fuera de la lonja sólo podía ser la pequeña Claudia. El histerismo se había apoderado de la multitud. Un bombero trataba de calmar a la madre que gritaba desesperada por su hija. 

Y mientras los adultos se  movilizaban histéricos intentando rescatarla, los niños se mantenían en silencio en un segundo plano. Solo mirando. Ellos lo sabían, sabían por qué la lonja se había echado a arder, y sabían por qué la puerta estaba atrancada. Y por qué Claudia estaba en su interior, atrapada con un gato. Porque del gato nadie sabia nada. Nadie menos los niños, claro. 

Y entre todos los niños, Marta miraba satisfecha con sus frios ojos azules. Con una mueca de aprobación en sus labios. Era la satisfacción de la justicia. Nadie habría pensado que Marta fuera capaz de hacer aquello. Aunque para juzgarla había que irse un tiempo atrás, cuando ocurrió todo.

Claudia se había empeñado en nacer 6 años atrás, a pesar de que su madre había intentado evitarlo por todos los medios posibles. 7 hijos ya eran suficientes, y 45 años, demasiados para volver a hacer de madre. Bien es cierto que nunca acudió a un médico especializado. Todos los intentos por abortar fueron privados, irracionales y a la postre inútiles, porque Claudia vió la luz un 25 de diciembre, sin emitir ningún llanto. Sencillamente, respirando. Creció medio silvestre, entre 4 de sus hermanos, buscando alimento por si misma desde que tuvo fuerzas suficientes para andar y habilidad para abrir botes. Seguramente no era mala del todo. A fin de cuentas solo era una niña. Pero no podía soportar que otros niños se divirtieran. Que fueran felices en sus felices hogares, con sus felices padres y sus felices juguetes que siempre sonreían con tontas y felices sonrisas pintadas en sus estúpidas caras.

Marta en cambio, era una niña modelo. A sus 9 años ya tenía claro que de mayor, sería veterinaria. Amaba a los animales. Paliaba su soledad de hija única volcándose con cualquier bicho viviente que cayera en sus manos. Por su cumpleaños le habían regalado tres tortuguitas a las que adoraba. Sencillamente, vivía para ellas. Por eso mismo, Claudia buscaba la forma de acercarse a las tortugas.

Hasta que lo consiguió. Allí estaban en su pecera, las tres tortugas, pequeñas, limpias… y solas. Claudia agarró un lápiz. Y las apuñaló. Una a una. Varias veces. Descubrió que los reptiles, gritan si les estás apuñalando. -Seguro que eso es algo que no sabías, Marta- pensó Claudia. Luego, dejó el lápiz clavado en una de ellas, en una pequeña escena de horror y caos.

Fue la madre de Marta quien encontro el desastre. Horrorizada, limpió toda la escena de modo que su hija no pudiera verlo. Luego explicó a Marta que se habían escapado.

-Bueno, vamos a buscarlas, mamá. Son tortugas, no pueden estar muy lejos. ¡Vamos!…-la niña tenía la desesperación en sus ojos. Su madre se moría de pena por ella. Así que organizó una búsqueda inútil para calmar a su hija.

Las buscaron, sí. Claudia también. Con una sonrisa. Y Marta lo supo. Sólo con ver su sonrisa, lo supo. No sabía cómo, pero Claudia había matado a sus tortugas. Y decidió que tenía que hacer algo. Eso no podía quedar así.

Así que esperó. Esperó y esperó. Hasta que encontró a Claudia jugando con un gato. Jugaba a atarle un pañuelo ardiendo a la cola. Se había metido en la lonja del edificio en construcción para que nadie le molestara. A los mayores no les gustaba que los niños jugaran con fuego, así que era mejor ocultarse. Y Marta supo que esa era su oportunidad. Prendió fuego a unos cartones en la entrada y desde la puerta, llamó, sólo para dejar claro quién había ganado.

-¡Claudia!

Y Claudia supo que había perdido. Corrió a la salida pero era tarde. Marta pudo atrancar la puerta, dejandola encerrada. El resto ya lo sabéis, no tardaron en aparecer los bomberos, la policía, ambulancias y toda la parafernalia.

Seguramente, aquello no quedaría así. La vida era demasiado larga, sus ojos eran demasiado azules y el odio demasiado profundo. Claudia esperaba su turno. Solo era cuestión de esperar…

13
May
08

A mi reloj-despertador

Creo que me odiaste desde la primera vez que nos vimos. O puede que no sea nada personal, y sencillamente, te hicieron así.

No lo pensé mucho, no creí que para elegir un maldito reloj-despertador hubiera que tener tanto cuidado, así que te ví ahí, en la estantería, pequeñito y con aspecto de espejo, coqueto y con los botones que prometían ser accesibles. Sí, sí, (palmoteé yo) éste, éste. Si total ¿qué más da?

¡Ja!.

Ya en casa descubrí que mentías en la foto de la caja, y la luz de tus números no era de un tenue color rojo, sino que era de un color amarillo tan chillón que es capaz de iluminar la habitación casi tan perfectamente como la propia luz de la mesita. Que por cierto, se siente arrinconada desde que has llegado, la pobre. Que lo sepas.

Bueno, vale, -pensé- la luz es chillona, procuraremos entornarlo un poco para que no me de en los ojos y me deje dormir tranquila.

Puede que por eso me odies mas aun, no te gusta que te ponga contra la pared. No sé, no sé a qué se debe tu odio hacia mi, lo que sé es que disfrutas despertándome al son de músicas estridentes, o peor aún, con ese horrible pitido taladrador de cerebros, parido únicamente por un demente o por una persona gravemente afectada del oído.

Algunas veces, cuando me desvelo a las 3 de la mañana te he visto sonreir. Pero no es nada comparado a tu cruel ensañamiento cuando suenas a todo volumen media hora antes de lo previsto.

Te odio y tú me odias. Pero recuerda que yo tengo manos y puedo destruirte. Así que vamos a llevarnos bien…

11
May
08

La Oración contra el mal de ojo

La tía Nieves nunca fue una mujer religiosa. De hecho, dicen que sólo fue a misa una vez en su vida, al funeral del tío Remigio, y no soltó ni una lágrima. Ni siquiera dijo una palabra.

A pesar de eso, la tía Nieves era famosa por su Oración.

Era así como ella lo llamaba. Unas palabras que sólo ella conocía y que recitaba en voz baja, con las manos en tu cabeza, cuando te aquejaba algún mal o tenías problemas. Tiene gracia porque todos pensaban que se trataba de una superstición familiar inútil, pero a pesar de ello, cuanto más grave era el problema, con más devoción se le acercaban, pidiéndole la Oración contra el mal de ojo.

La tía no era solo la típica tía solterona. Ésta era todo un personaje. Se pasaba los días encerrada en casa, sin salir. Y de pronto, desaparecía y pasaba largas temporadas fuera. Luego siempre volvía, con regalos pequeños y exóticos para todos. Menos para mí. Yo sólo recibía un beso.

A mi me encantaba ir a su casa a pedirle la Oración. A veces, incluso me inventaba los problemas, solo por que me pusiera las manos en la cabeza y me susurrara las palabras, que siempre yo trataba de descifrar. Pero era imposible. A veces reconocía un “blanco” o un “perdición” o tal vez, era “bendición”. Lo que es cierto es que yo era el sobrino más veces premiado con aquellas palabras. Y tal vez fuera casualidad, pero era el más sano de toda la familia y el que menos acné tenía de toda la clase.

Un día, en una de mis visitas, la tía Nieves me llamó para decirme la Oración.

-No me ocurre nada, tía.

-Lo que quiero, es que la aprendas.-me dijo- Sabes que sólo se puede transmitir a otro miembro de la familia. Y quiero que seas tú quien la conozca.

Aquello me pareció un inesperado honor. Conocer nada menos que el Secreto de las Palabras de La Oración de la Tia Nieves.

¡Oh!

-Espera. Voy por papel y boli.

-No, no. No puedes escribirla. Ni tampoco decirsela a nadie. Debes memorizarla, y solo puedo decirtela en voz alta una vez.

-Pero… no la recordaré. Deja que la escriba por si…

-No funcionará entonces. Hazme caso. Acércate.

La tía me atrajo hacia sí y me dijo las palabras en voz alta. Solo una vez. Luego, me hizo repetirlas. Ante mi asombro, repetí la oración sin ningún esfuerzo, como si la hubiera conocido de toda la vida. Después, le dí un beso y me marché de allí muy contento y nervioso como un niño con un juguete nuevo.

Debo confesar que me faltó tiempo para ir al bar y después de tomar unas copas, contarselo todo a mis amigos.

Y podéis creerlo o no. Cuando desperté al día siguiente no recordaba ni una sola palabra de la Oración. Nada. 

En cuanto pude, fuí a buscar a mis amigos, a los que se lo había dicho hacía solo unas horas en la tarde anterior, pero tampoco ellos podían recordarla. Y eso que nos esforzamos entre todos. Pero sin resultado.

Me sentí fatal. Un traidor. Ahora había perdido el honor de conocer La Oración. Y no me atrevía a volver donde la tía a pedirsela.

De todas formas, la tía desapareció otra vez, y no volví a verla nunca más.

Ya pensaba yo que todo aquel asunto se había perdido en el tiempo para siempre.

Lo que ocurrió cuatro años después fue aun más sorprendente.

En las clases de Arquitectura a las que yo asistía, apareció aquel curso una alumna nueva. Era una preciosa Mulata, de ojos enormes y cabellos lisos, y la rodeaba el fascinante misterio que envuelve a las bellas desconocidas que apenas hablan.

Bien conocido ha sido siempre mi escaso exito entre las mujeres, que decían preferir pasar su vida con un perro o metidas en un convento antes que vivir conmigo. Por eso me sorprendió que Clara, que era como se llamaba aquella chica nueva, aceptara salir conmigo.

No sabría describir lo a gusto que pasaba las tardes con ella. Allí supe que había nacido en Cuba. De su padre no se sabía nada, y su madre, que debía ser española murió al nacer ella, así que había pasado su vida con una tía en un precioso lugar cerca de la playa.

Quiso la casualidad, que aquel día que estabamos tomando un refresco en la terraza de un bar, mi copa estallara en añicos, y los cristales se me clavaron en la mano haciendome sangrar.

Ante mi sorpresa, ella se acercó a mi, puso sus manos en mi cabeza y comenzó a recitarme en voz baja la Oración de la tía Nieves. A medida que susurraba, yo me puse a recordar las palabras y a decirlas en voz alta, como si nunca se me hubieran olvidado, hasta que terminamos los dos entonando a dúo la famosa Oración.

Los dos nos quedamos en silencio.

Los dos nos mirabamos sin entender nada.

Fue ella quien habló primero.

-Parece ser, que la tía Nieves, tenía más de un secreto, ¿verdad, hermano?

Es curioso.

Mi mano dejó de sangrar.

08
May
08

Waiting for Stein

 

La vida le sonreía. En su bolsillo, un contrato con una importante multinacional. En su mano, una copa de champan servida en copa de plástico de bussiness class. En sus labios, Kanebo. En su cuello DKNY.

Lidia, la mujer de hielo Lidia, la que nunca miraba como se cerraban las puertas por las que iba saliendo, la que despreciaba a todo aquel que decía sufrir por amor, por considerarlo débil e irracional.

Lidia, que a punto de comenzar una brillante y espectacular carrera al otro lado del charco, en la fascinante ciudad de Nueva York solo se había preocupado de enviar un fax a la empresa de limpieza para que se ocuparan de dar de comer a sus peces, o bien para que se los llevaran, o que los mataran.

Lidia, segura de que a partir de ese día, de esa noche, solo podría ascender más y más. Esa Lidia descubrió que algo iba mal justo en el momento que atravesó la puerta del Hotel Mercury, en el 500 Westside de Manhattan, justo al lado del puente de Queens.

La magia del exito comenzó a desvanecerse mezclada con la peste a tabaco que desprendía la moqueta de la habitación. 

El estruendo del tráfico, terrible, pesado, inacabable, se colaba por la ventana hasta volverla loca o adormecerla. O las dos cosas.

Apenas había luz.

Encendió el ordenador, pensando que tal vez, entre el laberinto de chips podría encontrar algún consuelo. Pero en la pantalla, apareció el mensaje

No se encuentran redes disponibles.

Lidia espera. Insiste. Espera. Suspira. Insiste. Espera.

Stein.

¡Una red disponible!

Lidia se conecta. Tarda un poco. Pero ahí está. Carlos. ¡Es Carlos!

¿Estas? ¿Estás?

Teclea frenéticamente. Carlos no parece hacerle mucho caso. Es como si no pudiera verla. O no quisiera.

¿Es posible que no me vea? ¡Estoy aquí! ¡Carlos! ¡Carlos! ¡Háblame!

Carlos le dedica dos o tres frases, explicándole que en ese momento se encuentra ocupado hablando con otra persona.

¿Otra persona? ¿Otra chica? ¡Carlos! ¡Háblame! Acabo de marcharme. ¿Ya me has olvidado? ¡Carlos! Estoy muy sola. Acompáñame.

Carlos parece teclear algo, pero la red se pierde.

Lidia cambia el ordenador de sitio. En el baño. En la ventana. En cuclillas, en un rincón del cuarto.

Vuelve, Stein. Vuelve.

Lidia no sabía lo sola que estaba. Ahora tendría que empezarlo todo de nuevo. Buscar otra nueva vida. Nada de la anterior le servía ya. Como si un abismo del tiempo se hubiera tragado todo su pasado. Todo sería nuevo mañana.

Pero esa noche. Esa, su primera noche en Nueva York, la pasó en en aquella postura ridícula, insistiendo, suspirando, reiniciando.

Esperando a Stein.

 

04
May
08

La lagartija

Tengo un papel en el bolsillo que me indica el destino al que me dirijo, una cartera con un billete de tren sin usar y algo de dinero, tengo el sol en la cabeza y una ampolla en el pie en la que prefiero no pensar por si así deja de molestarme. Aunque no lo creo.

Es domingo por la mañana. No tardaré en llegar, una hora, a lo sumo. Llevo cuatro horas andando por caminos entre montañas y no creo haberme perdido porque voy siguiendo el rio. Todo lo que el camino y las piedras me permiten. Un perro afónico me dedica un ladrido. No se le ve con ganas de asustar. Seguramente le he pillado desprevenido y se ha acercado a ladrarme más por costumbre que otra cosa.

Hay una lagartija.

Una lagartija me persigue.

Es curioso. La miro de reojo esperando que se pierda entre cualquier rendija de un momento a otro. Pero en vez de eso, camina a mi lado. Otras lagartijas se cruzan en mi camino, veloces, huyendo de mí en su búsqueda matutina del sol. Pero ésta no. Ésta me sigue.

“Piensa en un camino -recuerdo de pronto- tienes que imaginarte que vas por un camino. ¿Quién te acompañaría?”

Era un juego de esos que se hacen cuando uno está en el instituto y supuestamente, tus respuestas reflejan tus deseos o sentimientos ocultos acerca de tu vida. Había que pensar en un camino (que significaba la vida), un bosque (los problemas), una casa (la familia), un lago (el matrimonio) y un obstáculo (la muerte). O algo así. Cuando me hicieron el juego, recuerdo que las chicas elegían a Raúl como acompañante, que era el tío bueno de la clase. Alguna, elegía a su verdadero amor. Incluso una eligió a Alain Delon. Ese sería tu acompañante en tu vida, así que era importante pensarselo.

Tiene gracia. A mi me acompaña una lagartija. Tal vez sea lo mejor. Aunque… ¿Y si soy yo quien le está acompañando a ella? Puede que ella tenga también un lugar donde ir, y sencillamente, vamos las dos por el mismo camino…

Me doy cuenta que estoy divagando. Hace mucho calor. Lo mejor es buscar un refugio a la sombra y descansar un rato. Encuentro un lugar perfecto, a la sombra de un enorme abeto. Estoy sudando.

Sudo por todas partes. Apesto. Menos mal que no está aquí el tío bueno de la clase. ¡O Alain Delon! Sería un compromiso. Bueno. Seguramente, él también estaría sudando como un cerdo. Si. Sin duda, es mejor mi lagartija.

Por cierto que la he perdido de vista hace un rato. Me decepciono un poco pero luego me doy cuenta que ha encontrado un lugar para beber.

-Eres un encanto, chica.- le digo y me sumerjo en la fuente. El agua me refresca y me hace pensar de nuevo con claridad.

Busco el papel en mi bolsillo para asegurarme de que aún tengo el nombre y no me he perdido

Ahí está.

El escrito en el papel me devuelve a mi realidad. Camino tantas horas para llegar a una nueva vida.

Voy a casarme.

Él es un hombre encantador, aunque aun no le conozco. Me ha escrito varias cartas y parece muy amable. También me ha enviado fotos. Y un billete de tren, que por algún motivo, he preferido no usar.

Voy a cambiar mi vida cuando llegue a ese pueblo. Y no quiero darme tanta prisa como para ir en tren. Es mejor ir caminando. Caminando uno tiene tiempo de pensar.

Ya no me queda mucho. Salgo de nuevo al camino. Mi amiga lagartija me mira desde la sombra sin animarse a seguirme. Al frente, mi nueva vida. Atrás, la vieja. A mi lado, un cruce de caminos y una lagartija.

Es dificil no darse cuenta de la mejor elección posible en estos casos.

 

03
May
08

Entre confusiones y confesiones

En la mesa,

ésta mañana, he encontrado

un lápiz y un papel. Imagino que debo hacer

algo con ellos. Tal vez escribirte. Sí, puede que lo hayas puesto

ahí para eso. Lo malo es que no sé dónde he dejado las palabras.

Seguramente, se me habrán perdido en algún pliegue de las sábanas.

¡Está todo tan arrugado! Me he quedado un rato mirando ese papel.

Incluso con el lápiz en la mano. Pero aún no he encontrado

las palabras que decirte. O tal vez, las que quieras oir.

Es muy pronto, por la mañana. Tal vez,

lo mejor será hacer

un dibujo.

01
May
08

Caminolafuente

Si pasas por la calle Caminolafuente, más vale que tengas dos piernas. Y fuertes, que las puedas usar. Porque en esa calle todo son escaleras. Suben y bajan por callejones estrechos, serpenteantes, imposibles.
Hay escaleras estrechas, escaleras rotas, escaleras oscuras, escaleras altas, apestosas, mojadas, mohosas, empinadas…
Con barandilla para que los ancianos que aún viven, (o mejor dicho, que aun salen), puedan ayudarse a subir. O a bajar.
Sin barandilla porque es tan vieja que se ha caído ya, o son escaleras tan nuevas que aún no las han instalado.
Caminolafuente no es que sea un sitio malo. Sólo es viejo. Hace años fue la arteria principal que bajaba de los montes a la ciudad. Y justo abajo, está la fuente.
Ahora no tiene agua.
Pero ahí está. Como una burla grotesca al caminante cansado.
No importa cuántas escaleras subas en Caminolafuente. Siempre tendrás que mirar hacia arriba para ver el cielo. El sol es dificil verlo, porque es una calle demasiado estrecha. Y uno nunca sabe si el sol ha pasado ya.
Hay carteles de casas en venta por todas partes. Es como si nadie quisiera vivir allí.
Puede que nadie quiera.
Hay una peluquería que exhibe largas cabelleras de colores. Tal vez como trofeo.
También una clínica dental de cristales opacos.
Y una tienda de caramelos, pintada de verde y de cuya puerta cuelga una muñeca con aspecto de bruja, para atraer niños que acaban de recibir la paga.
Las puertas de los garajes bostezan por las noches, para dejar salir coches que desaparecen calle abajo en silencio. Algunos, entran.

Yo siempre paso rápido por la Calle Caminolafuente, no me gusta cómo me miran tantas escaleras.

En cambio, algún impulso vergonzosamente morboso, me lleva a pasar por allí cada día.

Creo que a mi me gusta verlas.




Un Rincón Tranquilo

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