Hubo una vez que estuve saliendo con alguien de otro planeta. No recuerdo el nombre. (el del planeta, el de él, sí lo recuerdo, pero poco importa). Y lo sé porque siempre llevaba puesto un abrigo negro, muy largo, de día o de noche. Decía que era para que no le diera el sol, o el aire… tampoco me acuerdo de eso.
Pero el caso es que era de otro planeta.
No era malo en la cama y siempre es una novedad tener una experiencia extraterrestre.
Sí. Lo recuerdo.
Recuerdo que solía llevarme de la mano por sitios que él conocía, y terminábamos siempre en algún bar perdido de una no menos perdida ciudad. O pueblo. Da igual.
Y recuerdo también aquel día, cuando conocí a tanta gente. Todos parecían ser más jóvenes de la edad que decían tener. Bromeaban y se daban palmadas en la espalda, hablando acerca de su longeva vida. Todos menos uno, que era muy gordo y grande. No tenía cuello y tenía ojos de sapo. Azules. Y solo hablaba de muerte. Hablaba y hablaba y cuando parecía que las lágrimas acudían a sus ojos, entonces tosía y reía torpemente. Y luego, volvía a hablar de muerte.
Yo podía entender las palabras. Comprendía el idioma, seguía la conversación.
Pero aunque a veces, abría la boca para intervenir, me era imposible decir nada.
Nada.
Entonces, me dí cuenta.
Era yo la que estaba en otro planeta.
Y ahora, tenía que buscar la forma de regresar.



Las cosas que dicen