Llevan los labios pintados, de rojo o de fucsia, como si fuese primavera.
Sonrien al verte y emiten risueños gorgoritos mientras te dan dos besos de cortesía.
Parecen alegres.
Hablan.
Hablan.
Hablan.
Hablan entre sí y contigo, de cosas que no han pasado nunca, o de cosas que han pasado, pero de otra manera. Siempre dando excusas por sus acciones, tratando de racionalizar posturas imposibles.
Ilógicas.
Las flores no tienen lógica. Creo que aprendí eso.
No comen. El reloj marca ya las cinco y media pasadas de la tarde, pero no han comido. En su lugar beben. Sin cesar. Vasos de alcohol de diversas graduaciones.
Siempre excusandose.
Hay un niño que llama por teléfono. Quiere saber si puede salir a la calle. Le preguntan si ha comido. Dice que dos helados.
Puedes salir, pero no des la lata.
Siempre llama para dar la lata
(Se excusa la flor).
Y cuelga el teléfono que mete en su bolsillo.
Las flores siguen hablando. Siguen bebiendo. El tiempo pasa. Pasa tanto que a nadie interesa ya su charla.
Al llegar a casa me miro al espejo. Busco algún rastro.
¿Seré yo también una de esas flores?
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Charla de flores ridículas
El charco desolado
Habia un charco
delante de mi puerta
un charco triste, oscuro, mojado
(como son todos los charcos)
Y me imaginé siendo charco, a tus pies.
Desolado, esperando que le pises
o que lo seques
o que te lo bebas.
Pero que no lo ignores.
No lo había pensado pero…
creo que ese charco eras tú.
Harto y desecho, rendido al suelo
Esperando mis pies.
Tal vez,
yo también me convierta en charco
y me caiga dentro
Y me bebas.
Nieve en verano
Está nevando, madre
El calendario se empeña en decir que es verano, pero está nevando.
Nieva sobre mí, nieve de recuerdos.
Copos de felicidad cristalizados que me hacen cosquillas en la nariz
Y estornudo
El cielo es azul y no hay ni una nube. Madre. Hoy soy feliz,
Madre. Y está nevando.
… ..
..
.
Niña,
mañana todo estará blanco de recuerdos.
Y el eco de tus pisadas será sordo y esponjoso,
sobre la nieve caída.
Pasado mañana, niña, ya no quedará nada.
Y te preguntarás si acaso todo esto
es sólo un sueño.
El árbol de regaliz
Dicen que en una isla perdida en algún lugar del océano, hay un árbol de regaliz que da los frutos de regalices mas dulces y sabrosos de la tierra.
Dicen que si arrancas un regaliz del árbol y lo chupas, el jugo es tan delicioso que se queda para siempre pegado en tu boca. Que todo tu cuerpo se estremece y que una sensación de tranquilidad te embriaga, como si le hubieras dado un mordisco a la misma sabiduría.
O algo así.
Dicen que todo el mundo debería vivir esa sensación, notar como la vida pasa directamente desde las raíces de la tierra a tu corazón.
Por supuesto, eso es sólo una leyenda. Lo cual no quita para que mucha gente haya salido a buscarlo.
Entonces, todos esos ingenuos caballeros se vuelven ridículos y fatuos, y es frecuente reirse de ellos.
De su locura, de su tesón, de su inevitable decepción final.
Pobres locos que gastan su vida en buscar algo que no existe.
¿Pobres?
Habitación 811
Esto no me puede pasar. Sencillamente, no pasan estas cosas en la vida real, solo en el cine. Esto no me está pasando -. Pensaba temblorosa Teresa mientras chupaba nerviosamente su pitillo asomada al balcón de la habitación del hotel.
Teresa era una responsable y sensata ama de casa, madre de familia y fiel esposa. Y en consecuencia, mortalmente aburrida. Por eso, aquella noche en la que había salido con unas amigas a celebrar la cena anual de fin de colegio de los niños, como de costumbre, decidió que tal vez sería buena idea quedarse a tomar una copa con los demás. El ambiente era inmejorable y aquel tipo de la barra, atractivo, sonriente y encantador.
Le lanzaba miradas apasionadas entre piropos y proposiciones muy provocadoras. Como por ejemplo:
Yo podría hacer que te volvieras loca. Conozco 20 maneras distintas de que las mujeres lleguen al orgasmo. Una vez que te pongas a gritar conmigo, ya no te satisfará ningún otro hombre. Y etcetera.
Así que Teresa cambió su nombre por aquella noche por Cristina, y tras echarse tres gin-tonics al coleto, siguió a aquel hombre hasta el hotel. Les dieron una habitación en el último piso, al final del pasillo.
“Es la mejor, reina, nadie nos molestará”
En cuanto atravesaron la puerta de la habitación, fue como si las fuerzas del infierno se hubieran desatado. Desnudaron sus cuerpos esparciendo sus ropas por cualquier parte, se avalanzaron sobre la cama, rodaron por el suelo, tiraron todos los enseres de la mesita de noche… Las habilidosas manos de aquel experto masturbador de mujeres hicieron que Cristina-Teresa viajara a mundos insospechados, convirtiendola a su vez en una explosiva máquina sexual, que gemía, rabiaba y se movía como una auténtica perra en celo.
Así pasaron la noche, sin preocuparse de dormir o de otras tonterías parecidas. Cuando ya parecía que no podía ocurrir nada más, él comenzó a embestirla a ella con tanta fuerza que no sólo temblaba la cama. Tambien la habitación entera resonaba ante sus empujones. Ella le notaba lacerante dentro de su cuerpo, duro. Enorme. Le dejaba hacer más que nada porque ella no podía moverse ahí debajo.
-Oh, cariño, eres increible. ¿Me corro dentro?
-No,- no.- dijo ella tartamudeando por los empujones que recibía. -Có-rre-te fu-e-ra.
Parecía que la pared iba a venirse abajo, cuando llegó el empujón final.
-¡Eh!- protestó Teresa- ¿te has corrido dentro? ¡Eh! ¡Tú!
Entonces se dio cuenta que no conocia su nombre.
Pero algo iba mal. Algo iba rematadamente mal.
Aquel tipo no se movia. No respiraba. No hacía nada.
Estaba muerto.
¡Oh, Dios! – pensó Teresa- ¿Se me ha corrido encima un muerto?
Intentó zafarse del peso que la aprisionaba contra el colchón. El sudor y el calor de la reciente pasión hacía que se le resbalara el cuerpo, que por cierto, pesaba como si estuviera hecho de plomo. Por fín consiguió sacarselo de encima.
-¿Estás bien?- preguntó temblorosa, aún desnuda, esperando que aquel tipo sólo estuviera dormido.
Pero no. No estaba bien. En cualquier caso, estaba muerto. Y ella estaba con un muerto en la habitación de un hotelucho perdido. ¿Como iba a explicar eso a su marido?
Comenzó a temblar.
Bueno, calma. Calma. Nadie sabe que estoy aquí. No me he registrado en la habitación, así que solo tengo que salir. Llegar a la recepción y marcharme todo lo rápido que pueda. Alguien se encargará del cuerpo por la mañana.
Teresa se vistió apresuradamente, notando aún como escurría el semen del muerto entre sus piernas, mientras colgaba el cartelito de “no molesten” en la puerta. Justo entonces, apareció un botones con una enorme bandeja.
-¿Es Ud de la habitacion 811?
Ella no podía negar la evidencia, puesto que acababa de poner el cartelito en la puerta.
-Si…
-Traigo el desayuno que encargó el caballero. ¿Se lo pongo en la habitación?
-No, no. No se moleste. Ya puedo yo. Muchas gracias.
De modo que Teresa acabó de nuevo dentro de la habitación, con dos desayunos, una rosa, una romántica y apasionada nota y un cadaver sonriente en la cama. Que cada vez se iba tornando más morado y rígido.
No puede ser. Qué mala suerte.
Teresa se comió los dos desayunos, por quitarse la bandeja de enmedio y sacarla de la habitación. Después fue a vomitarlos. Tenía que salir de allí. De modo que abrió de nuevo la puerta.
Daisy, la empleada de la limpieza aguardaba fuera con toallas limpias.
-Sólo sera un instante, señora. Se las paso al baño.
-No te molestes. Yo misma lo haré. Y por favor, retira la bandeja de los desayunos.
Otra vez Teresa acabó dentro de la habitación con dos juegos esponjosos de toallas blancas en las manos y un muerto en la cama.
Eso estaba acabando con sus nervios.
Bueno, ya nada podría pasar. Esperaría a dejar de oir los pasos de la asistenta y luego, saldría. Justo en ese momento, alguien llamó a la puerta.
Teresa se quedó paralizada por el subidón de adrenalina que hizo que le dolieran hasta los ojos.
-¡Abran la puerta!. Soy el inspector del hotel.
-¡Lo saben! – pensó ella. Y entreabrió la puerta sumisa y temblorosa.
-¿Qué ocurre?
-Lamento molestarle, señora. Pero ha habido varios robos en el hotel. Queremos saber si todo está en orden en la habitación.
-Sisisisisi. quiero decir. Si. -Se apresuró a contestar ella, entre aliviada y muerta de miedo. -No ha ocurrido nada aquí. Por favor, les ruego me dejen salir. Tengo que…
-Solo entraremos un momento.
Teresa, otra vez, tuvo que convencerles para que no entraran en la habitación. Y de nuevo, se vio encerrada con el cadaver que parecía mirarle divertido desde su eterno orgasmo que le llevó a la muerte.
Hacía tiempo que había amanecido y decidió tranquilizarse fumando un cigarro. Era imposible mantenerse en calma. Como si se encontrara dentro de una pesadilla. Miró hacia abajo. 8 pisos. Imposible saltar por aquí. Maldita sea esa manía de meterse en la última habitación del último piso. Teresa tenía que salir de ahí o terminaría volviendose loca. De modo que hizo lo único que podía hacer.
Cogió el teléfono que se había volcado debajo de la cama en un ataque de su anterior lance sexual. Y marcó.
091
-¿Es la policia? les ruego vengan rápidamente a la habitación 811 del Hotel Flamingo. Acabo de matar a un hombre.
The end
Nunca he estado de acuerdo con los finales felices en las historias de amor. La última página siempre es la primera de otro libro. O artículo. O ensayo. O poema.
O algo.
Pero la última página no es nunca la última.
Por eso, cuando leo un final feliz en una historia de amor, noto que me están tomando el pelo. Pero no reclamo nunca, claro.
No hay a quién reclamar, ¿no?
De todos los finales tristes que conozco, hay uno que hoy me gusta. Hoy me he dado cuenta de eso, podeis creerlo o no. Pero así es.
Cuando los amantes se separan, de una vez por todas, y para siempre. Cuando se separan y los dos saben que nunca se volverán a hablar.
Nunca.
Pero oirán hablar de ellos.
Eso me gusta.
Todas las veces que regreso
Las nubes que veo por la ventanilla del avión se van acercando. Una ligera turbulencia me hace despertar de mi letargo, de mi adormecida sensación.
Al fín vuelvo a casa. No sé por qué tenía tantas ganas de volver. Un deseo oculto, irrefrenable, me ha empujado a tomar este vuelo. Tantos años fuera de casa…
Mi exito en París ahora parece insignificante. Todas las audiciones, las ruedas de prensa… todo ha sido como un sueño, ya muy atrás, ¿a quién le importa? Ahora sólo deseo volver. Volver a ver las viejas caras de seres queridos, a reencontrarme con las calles, con el olor de los jardines, de la hierba recién cortada de Junio.
Todo ha cambiado tanto, es increíble la cantidad de reformas que han hecho en el barrio. ¿y mi vieja casa? Ahí está, donde siempre, claro. La misma estampa roja, la misma sombra sobre los cipreses.
Es una casa muy alta.
Rebusco en los bolsillos hasta dar con la llave. Pero no hay nadie en casa. Hay mucho silencio y huele mal.
Huele a cerrado, como si nadie viviera allí. Están todas las cosas, pero no hay nadie.
Hay cucarachas en la cocina, y peladuras de patata en la basura.
Entonces, -pienso- es que vive alguien aquí. Tal vez, la abuela, o los niños…
Sólo hay patatas en la despensa.
Patatas y cucarachas.
Quien quiera que viva ahí, sólo se alimenta de eso.
De pronto, noto hambre. Mucha hambre. Y como sólo hay patatas, me preparo unas patatas cocidas en una vieja cazuela. Tiro las peladuras a la basura, junto las otras.
Y luego devoro la carne de patata hervida.
No sabe a nada -pienso, y sigo mascando- Estaré más cómoda si me voy a mi cuarto.
Y entro en mi cuarto.
El olor es peor allí. Si nos ponemos a analizarlo, es un olor muy cercano a lo nauseabundo. Pero me acostumbro en seguida. Sigo mascando y ya de pronto, todo parece confuso. El suelo está cubierto por harina de sobres de cartas que nunca llegué a enviar.
Algunas ideas se resbalan de mi cerebro, como guiadas por algún tipo de medicación.
Pensé que había salido en algún momento de mi cuarto, pero no.
Resulta que sigo dentro.
Sigo en el mismo sitio, y mirando por la misma ventana, el mismo paisaje vomitivo y repetitivo.
No ha existido París. No he tenido exito en nada, nunca he salido de mi cuarto.
No hay nadie que viva en esta casa salvo yo misma, y las cucarachas de la cocina, que se alimentan de las mismas patatas que yo.
Otra vez he estado soñando, por lo visto.
Debe ser el verano.
Demasiado calor.
Sigo mascando patatas. Pero comienzo a trazar un plan. Un plan genial, que me saque de aquí, que me traiga el exito. Un trabajo. Tal vez, con suerte, algún día salga de mi cuarto. Y si lo consigo, me aseguraré de no volver nunca a casa.
Una fantasía comienza a tomar vida en mi cerebro.
Otra vez.
Resaca
Hay vasos por todas partes. Ceniceros volcados, cáscaras de pipas, ¡cabezas de quisquillas!
Un pedazo amarillento y seco de tortilla de patata precocinada. Frío, muy frío. Y huele mal.
Eso me recuerda que huele a cerrado, hay que abrir una ventana -pienso- ¿dónde hay una ventana? ¡No hay ventanas! ¡Ah, si! Esa.
Me asusta mi reflejo en el cristal. Estoy horrible. Prefiero no mirarme y abro la ventana. Hace fresco. Bueno, frío.
Mejor.
Recuerdo cosas amarillas. Recuerdo que estaba oscuro. Recuerdo que escribí algunas palabras, pero no recuerdo dónde.
El aire frío, fresco, frío, me gusta. Castiga mi cabeza ya castigada.
Creo que estoy mejor. Por lo menos, no me duele tanto.
¿Qué tomaría anoche?
¿Qué tomaré mañana?
Dentro de la casa

La casa parecía estar dentro de uno de esos cuadros de Dalí, de cielo azul, suave e impoluto, y allí era donde vivían las dos. Era un edificio viejo, de paredes blancas y desconchadas con grandes ventanales que daban al sol (las de Lucía) y a la sombra (la de Nieves).
Los azulejos de la casa de Lucía centelleaban al sol. Las cortinas, planchadas, los suelos, desinfectados, los rincones, desnudos de telarañas y polvo.
Ella solía aparecer siempre sacudiendo ropas por sus ventanas soleadas, estirando, colgando y doblando trapos con el ceño fruncido, y la sensación en la cabeza de tener algo por recoger, ordenar o limpiar.
Las ventanas de Nieves, apenas si veían el sol. Un roto en sus cortinas solía agitarse al viento, por fuera de la ventana, como una bandera de una ciudad despistada o como si alguien estuviera pidiendo auxilio.
Nadie pedía auxilio en casa de Nieves.
A veces, se cruzaban las dos por las escaleras
A veces
A veces hablaban
A veces
Pero lo que siempre hacían era mirarse.
Se miraban
Se miraban desde su distancia, su sombra y su sol.
Y no se hablaban.
Un día, una música inquietante y decadente anunció la llegada de un ser de tinieblas al edificio.
Decía ser un Juez, aunque parecía la mismísima estampa de la Muerte. Pero no era la Muerte.
Era un Juez.
De esos que se pondrán a juzgar cuando el tiempo se acabe y el mundo se desocupe de personas y se prepare para nuevas invasiones. Y se pasarán el último día clasificando almas.
Decía este Juez que quería ahorrarse tiempo y se había presentado antes del Juicio Final, para anunciar que les quedaba a ambas sólo un día de vida. Y Después, serían sentenciadas en consecuencía.
Y luego, desapareció.
A Nieves le faltó tiempo para salir de casa, corriendo, con el pelo despeinado, buscando cosas que tocar, agua que beber y remangandose las faldas para mojarse los pies en las fuentes.
Subió escaleras, y las bajó, y salió de la ciudad, a veces gritando, a veces riendo, a veces solo mirándolo todo con ojos de quien no ha visto nada y deseando hacer todo lo que no había hecho antes.
Lucía pensó que no podía salir de casa dejandolo todo manga por hombro. Porque ¡mira!, ahí hay una mancha. Y no podía consentir eso de que llegara el fin del mundo y encontrar moscas en su cocina (Dios no lo quiera) o polvo sobre su televisor (Dios no lo permita).
Con su sudor, manchó una toalla blanca, que tuvo que lavar, y luego, quitar las gotas de agua caídas en el suelo, y luego, colgarla a secar, y luego descolgarla, y luego…
Crei que luego la dobló y la guardó.
Ambas llegaron al fin del día y aguardaron al Juez para que les diera su veredicto.
El Juez, cansado de tu tedioso trabajo, Juzgó a Nieves con la Vida, y decidió castigarla dejándola vivir por toda la eternidad.
Y a Lucía la encerró en su pulcro sepulcro de ventanas soleadas, que Lucía se quedó limpiando tras la marcha del oscuro Juez, arrancando con lejía la oscuridad de un alma muerta.
Nieves continuó viviendo sus ganas de vivir, con sus cortinas rotas y su casa desarreglada.
No siempre la muerte puede cambiar la vida
No siempre los castigos se diferencian de los premios.
Aún hoy se encuentran en las escaleras y se miran.
Aún hoy, siguen sin hablarse.






Las cosas que dicen