
La Primera vez que vi aquella casa, no me gustó.
-¿Qué te parece? ¿Te gusta? – preguntaba mi padre con entusiasmo.
No sabría decir qué era lo que le pasaba. Una sensación, sólo eso. Algo. Algo que despedía.
-¿Eh? ¿Qué dices? ¿No es una preciosidad? -insistía mi padre.
-Sí… – mentí. Pero a mi no me gustaba.
-Pasa, pasa. No te quedes ahí. Te la enseñaré.
Recuerdo que las paredes estaban demasiado desnudas. Demasiado. Y creo que por eso hablaban.
Qué bobada. Las paredes no hablan
No.
No hablan. No deberían.
Había pocos muebles aún. Dos mecedoras que habían traído de la vieja casa, y una vitrina de madera que a duras penas cubría una pared del salón. El resto de paredes sangraba su silencio en su desnudez.
Tambíen habían comprado una robusta mesa de roble, que en medio del salón me parecía hacer las veces de altar.
-Hace calor. Y humedad -fue lo que se me ocurrió decir al ver la estancia.
-Mujer, es un sitio de costa y es verano. Es normal. Compraremos ventiladores, no te preocupes por el calor.
Sí.
Al principio, llevaron muchos ventiladores a la casa. Enormes ventiladores de aspas grandes y rojas que colgaron de las paredes. Me parecía bien porque aparte de refrescar el ambiente, hacían ruido sucifiente para ahogar aquel maldito murmullo de las paredes.
Y no puede decirse que se tratara de una casa maldita ni nada de eso. Había sido construida en un solar perdido de la mano de Dios, donde a lo sumo, alguna vez, pastaría alguna oveja. Y que yo sepa, las ovejas, por muy muertas que estén, no causan maleficios. No. No había motivos para maldiciones. Sólo era que la casa, las paredes, eran malas.
O estaban vivas.
A lo largo del tiempo fui llenando la casa de cuadros. No colgaba nunca cualquier cuadro comprado en una tienda o cualquier lámina barata de mercadillo. No. Aquellas paredes sólo podían callarse con pinturas mías. Así que como en un museo de algún país con horror al vacío, rellené cada hueco con cuadros y más cuadros. Al óleo, acuarela, tinta… daba igual. Quería… No. Tenía que tapar aquellas paredes con algo mío, como si hubiera una lucha entre la casa y yo.
Nunca estuve cómoda allí. De esto hace ahora 30 años y aún recuerdo el día en que murió mi abuela en aquella misma casa. Un desgraciado accidente.
Se cayó por las escaleras y se murió. O se murió y se cayó por las escaleras. Los médicos nunca se pusieron de acuerdo en eso. A mí no me importaban aquellos detalles.
Era ridículo echarle la culpa a la casa de eso.
Me pasé muchos años sin ir por allí. Un montón. Y entonces, recibí una llamada de mi madre. Quería que fuera a buscarla a aquella casa.
Con desgana, metí la llave en la oscura y oxidada cerradura. Ni la puerta ni yo queríamos que se abriera. Pero se abrió. Lo primero que me abofeteó fue el terrible olor dulzón y penetrante de tubería descompuesta mezclada con ambientadores, insecticidas y aire putrefacto.
-¡Qué horror! -exclamé. Y luego llamé en voz alta, mientras abría las persianas. – ¡Madre!
-¡No abras la ventana! – me advirtió desde arriba la voz de mi madre. – Entrarán las cucarachas.
No le hice caso. Ya había bastantes cucarachas con la ventana cerrada. El aire de la calle apenas podía cruzar una invisible línea más allá de la ventana, como si hubiera un acuerdo tácito de no invadir aquel recinto.
Subí las escaleras mirando al suelo. A pesar de eso, podía oir la bienvenida de las paredes que cuchicheaban a mi paso.
Todos mis cuadros seguían allí, atrapados por el tiempo. En su eterna pelea, parecían agotados y me pedían ayuda. Y una explicación.
Cuando llegué a la habitación de mis padres, apenas pude creer lo que veía.
Mi madre yacía en la cama pálida, muy pálida, como si llevara mucho tiempo sin moverse. Y mi padre inmóvil miraba con ojos muertos al techo, con la boca abierta en un eterno rictus de asombro.
- Pero madre…
-No hagas ruido – me reprendió ella. -me duele la cabeza.
-¿Cuánto tiempo llevais así?
-Estamos bien, querida. Solo tengo algo de hambre. Tu padre no. Hace tiempo que no me contesta, debe estar bien. No le despiertes, estará dormido. Pero traeme algo de beber. Y algo de comida. Tengo hambre.
Me di cuenta en seguida que era imposible sacarlos de allí yo sola por las escaleras, a pesar de que la casa lo estaba deseando, de eso no me cabía duda.
Así que salí de allí todo lo rápido que pude y llamé por teléfono a la ambulancia. Sabia que mi madre seguía llamándome desde ahí dentro y me imagino que nunca podré quitarme de la cabeza esos terribles lamentos de angustia. Pero yo no podía entrar.
Unos fornidos chicos sacaron de allí a mis padres o lo que quedaba de ellos y se los llevaron al hospital. Dijeron que a mi padre le había dado un infarto. Eso dijeron. Y que mi madre sufría un ataque de ansiedad. Eso mismo. Pero que se pondría bien.
-Es una casa bonita – dijo un enfermero – y muy bien situada. Debe valer mucho dinero.
-Sí… -dije yo.
La cerradura se divertía peleando conmigo, esforzándose en no dejarme dar la vuelta a la llave.
No quería volver a entrar allí nunca más.
-Te esperaré, bonita. -Oí decir a sus paredes- Siempre te esperaré. Estaré aquí sólo por tí. Yo no tengo ninguna prisa. Y regresarás.
Claro que sí.
Por fin, la llave cedió y cerré la puerta, sin poder dejar de temblar.
Seguramente, – pensé- la casa tiene razón.




Las cosas que dicen