Archivos para Agosto 2008

26
Ago
08

Memorias de aquella casa

La Primera vez que vi aquella casa, no me gustó.

-¿Qué te parece? ¿Te gusta? – preguntaba mi padre con entusiasmo.

No sabría decir qué era lo que le pasaba. Una sensación, sólo eso. Algo. Algo que despedía.

-¿Eh? ¿Qué dices? ¿No es una preciosidad? -insistía mi padre.

-Sí… – mentí. Pero a mi no me gustaba.

-Pasa, pasa. No te quedes ahí. Te la enseñaré.

Recuerdo que las paredes estaban demasiado desnudas. Demasiado. Y creo que por eso hablaban.

Qué bobada. Las paredes no hablan

No.

No hablan. No deberían.

Había pocos muebles aún. Dos mecedoras que habían traído de la vieja casa, y una vitrina de madera que a duras penas cubría una pared del salón. El resto de paredes sangraba su silencio en su desnudez.

Tambíen habían comprado una robusta mesa de roble, que en medio del salón me parecía hacer las veces de altar.

-Hace calor. Y humedad -fue lo que se me ocurrió decir al ver la estancia.

-Mujer, es un sitio de costa y es verano. Es normal. Compraremos ventiladores, no te preocupes por el calor.

Sí.

Al principio, llevaron muchos ventiladores a la casa. Enormes ventiladores de aspas grandes y rojas que colgaron de las paredes. Me parecía bien porque aparte de refrescar el ambiente, hacían ruido sucifiente para ahogar aquel maldito murmullo de las paredes.

Y no puede decirse que se tratara de una casa maldita ni nada de eso. Había sido construida en un solar perdido de la mano de Dios, donde a lo sumo, alguna vez, pastaría alguna oveja. Y que yo sepa, las ovejas, por muy muertas que estén, no causan maleficios. No. No había motivos para maldiciones. Sólo era que la casa, las paredes, eran malas.

O estaban vivas.

A lo largo del tiempo fui llenando la casa de cuadros. No colgaba nunca cualquier cuadro comprado en una tienda o cualquier lámina barata de mercadillo. No. Aquellas paredes sólo podían callarse con pinturas mías. Así que como en un museo de algún país con horror al vacío, rellené cada hueco con cuadros y más cuadros. Al óleo, acuarela, tinta… daba igual. Quería…  No. Tenía que tapar aquellas paredes con algo mío, como si hubiera una lucha entre la casa y yo.

Nunca estuve cómoda allí. De esto hace ahora 30 años y aún recuerdo el día en que murió mi abuela en aquella misma casa. Un desgraciado accidente.

Se cayó por las escaleras y se murió. O se murió y se cayó por las escaleras. Los médicos nunca se pusieron de acuerdo en eso. A mí no me importaban aquellos detalles.

Era ridículo echarle la culpa a la casa de eso.

Me pasé muchos años sin ir por allí. Un montón. Y entonces, recibí una llamada de mi madre. Quería que fuera a buscarla a aquella casa.

Con desgana, metí la llave en la oscura y oxidada cerradura. Ni la puerta ni yo queríamos que se abriera. Pero se abrió. Lo primero que me abofeteó fue el terrible olor dulzón y penetrante de tubería descompuesta mezclada con ambientadores, insecticidas y aire putrefacto.

-¡Qué horror! -exclamé. Y luego llamé en voz alta, mientras abría las persianas. – ¡Madre!

-¡No abras la ventana! – me advirtió desde arriba la voz de mi madre. – Entrarán las cucarachas.

No le hice caso. Ya había bastantes cucarachas con la ventana cerrada. El aire de la calle apenas podía cruzar una invisible línea más allá de la ventana, como si hubiera un acuerdo tácito de no invadir aquel recinto.

Subí las escaleras mirando al suelo. A pesar de eso, podía oir la bienvenida de las paredes que cuchicheaban a mi paso.

Todos mis cuadros seguían allí, atrapados por el tiempo. En su eterna pelea, parecían agotados y me pedían ayuda. Y una explicación.

Cuando llegué a la habitación de mis padres, apenas pude creer lo que veía.

Mi madre yacía en la cama pálida, muy pálida, como si llevara mucho tiempo sin moverse. Y mi padre inmóvil miraba con ojos muertos al techo, con la boca abierta en un eterno rictus de asombro.

- Pero madre…

-No hagas ruido – me reprendió ella. -me duele la cabeza.

-¿Cuánto tiempo llevais así?

-Estamos bien, querida. Solo tengo algo de hambre. Tu padre no. Hace tiempo que no me contesta, debe estar bien.  No le despiertes, estará dormido. Pero traeme algo de beber. Y algo de comida. Tengo hambre.

Me di cuenta en seguida que era imposible sacarlos de allí yo sola por las escaleras, a pesar de que la casa lo estaba deseando, de eso no me cabía duda.

Así que salí de allí todo lo rápido que pude y llamé por teléfono a la ambulancia. Sabia que mi madre seguía llamándome desde ahí dentro y me imagino que nunca podré quitarme de la cabeza esos terribles lamentos de angustia. Pero yo no podía entrar.

Unos fornidos chicos sacaron de allí a mis padres o lo que quedaba de ellos y se los llevaron al hospital. Dijeron que a mi padre le había dado un infarto. Eso dijeron. Y que mi madre sufría un ataque de ansiedad. Eso mismo. Pero que se pondría bien.

-Es una casa bonita – dijo un enfermero – y muy bien situada. Debe valer mucho dinero.

-Sí… -dije yo.

La cerradura se divertía peleando conmigo, esforzándose en no dejarme dar la vuelta a la llave.

No quería volver a entrar allí nunca más.

-Te esperaré, bonita. -Oí decir a sus paredes- Siempre te esperaré. Estaré aquí sólo por tí. Yo no tengo ninguna prisa. Y regresarás.

Claro que sí.

Por fin, la llave cedió y cerré la puerta, sin poder dejar de temblar.

Seguramente, – pensé- la casa tiene razón.

25
Ago
08

Dudoso poema rítmico nacido en siesta insomne

Lectura en diagonal de miedos que atenazan mi alma:

Miedo a no dormir

  Miedo a no despertarme

    Miedo a probar

       Miedo al dolor

          Miedo a volar

            Miedo a contraer enfermedades sexuales

               Miedo al cancer

                  Miedo a perder la memoria

                    Miedo a la oscuridad

                        Miedo al dolor que causa la luz en las retinas

                           Miedo a las películas de miedo donde se reencarna

                             el diablo

                              Miedo a los nidos de alimañas

                                 Miedo a hacer demasiado ruido

                                    Miedo a caminar por lugares desconocidos

                                       Miedo a no tener demasiadas fuerzas

                                         Miedo a morir antes de haber vivido

                                             Miedo a no ver tus ojos

                                                Miedo a que me encuentren si no quiero

                                                 que me busquen

                                                   Miedo a abandonar demasiado pronto

                                                      Miedo a que sea demasiado tarde

                                                         Miedo

Este dudoso poema surgió de la tediosa labor de mirar al techo en una infructuosa tarde de siesta, mientras mi cabeza se empeñaba en darle vueltas a la siguiente canción de Adriana Calcanhoto. (De cualquier modo, la voz de esta chica es envolvente, hipnotizadora. La adoro.)

Jornal de serviço

18
Ago
08

Tonterías (pegamento, billetes y Nordic Mist)

Cuando Sara despertó aquella mañana pensó que la cabeza le iba a estallar. La resaca martilleaba sin piedad su embotado cerebro que suplicaba clemencia y unos minutos (o mejor, unas horas) más para dormir.

-¡Ooooooh!- se quejaba su cabeza- ¿pero… qué tomaría anoche?

Se había despertado entre sábanas de seda rojas, en una cama enorme y redonda y bajo un cabecero de hierro forjado de dudoso gusto donde cientos de angelitos copulaban en todas las posturas concebibles. Por lo visto, anoche había triunfado. Ahora bien. ¿Cómo?

Su boca estaba pastosa y tenía la lengua incrustada en el paladar. Reconoció en la garganta un intenso sabor a semen, pero no fue capaz de despegar la lengua.

-Pero… ¿qué eyacula el tío éste? ¿Pegamento?-pensó.

De pronto sintió una necesidad imperiosa de ir al baño y lavarse la boca. No había nadie acostado con ella, y ciertamente, no sabía a quién podría encontrar, así que se puso la ropa y se levantó. Desde luego, anoche le había tocado el gordo. La casa era enorme. Sólamente en aquel cuarto de baño podía instalarse con comodidad toda una cocina con mesa de comedor en el centro y todo. Jamás había visto un cuarto de baño tan grande.

Tras una breve pero intensa sesión higiénica, Sara salió del baño tambaleante, tratando de encontrar al dueño de la casa.

-¿Hola?

Era un chalet. Ahora lo sabía. Tenía un porche con arcos y un enorme jardín con una piscina.

-Espero haber dado la talla anoche, porque desde luego, este tío es una joya-pensó mientras se asomaba a la piscina.

Y allí fue donde le vio. Sólo que no como ella esperaba.

Un tipo flotaba en la piscina cabeza abajo con un cuchillo clavado en su espalda. Evidentemente, estaba muerto, y había muy pocas posibilidades de suicidio, dadas las circunstancias.

Sara notó como todos los efectos de la resaca se esfumaron de inmediato.

-¿Hola? -repitió temblorosa. Esta vez sabía que nadie le iba a contestar.

-¡Dios mío! ¿He matado a un hombre? ¿Es posible que anoche me lo haya cargado? … No, no puede ser…

No, ella no se sentía capaz de matar a nadie. Algo tenía que haber pasado. Y ella no recordaba nada de nada. Vamos esfuerzate, piensa. ¿Qué hiciste anoche?

¿Y qué más da? Hay un tío muerto en la piscina y estás tú sola en casa.

Entonces decidió que lo que debía hacer era salir pitando de allí. Lo intentó por todas las puertas del jardín, pero estaban todas cerradas por dentro. ¿Qué clase de pervertido cierra todas las puertas por dentro?

Sara se sintió encerrada y una terrible angustia comenzó a apoderarse de su pecho. Tenía que encontrar una llave. En alguna parte tendría que haber una llave.

Se puso a rebuscar y así entró en la cocina. En un cajón donde debería haber habido trapos, o tal vez cubiertos o incluso especies, encontró un revoltijo de billetes de un color que no había visto nunca. Se quedó mirandolos atontada. Allí había mucho dinero. Cogió uno y le dio la vuelta para asegurarse que no eran billetes de publicidad o algo así. No lo eran. Había muchos billetes. Decidió que tal vez cogiendo uno solo, nadie se daría cuenta. O dos. Y… ¿no habría billetes más pequeños?

Como si se tratasen billetes del monopoly, Sara se puso a revolver en los demás cajones, que también estaban llenos de billetes de todos los colores. Y casi sin darse cuenta, se llenó los bolsillos “para tener cambio”

Y entonces, fue cuando escuchó aquella voz:

-¿Tú quien eres?

A Sara se le cayó el alma a los pies. Cerró tras de sí los cajones y con la más inocente de sus sonrisas se volvió hacia el desconocido.

-Soy Sara.

-¿Eres amiga de Alberto?

¡Alberto!, así era como se llamaba

-Sí. Bueno… nos conocimos anoche… creo.

-¿Has desayunado?-aquel tipo parecía muy amable, desde luego.

-iba a tomarme una tónica. Me … me duele un poco la cabeza, ¿sabes?

Él le tiró una tónica desde la nevera y ella misma se sorprendió de su habilidad al atrapar la botella al vuelo. No era de su marca favorita.

-¿Está él en casa?

-Sí…. no… quiero decir que está en la piscina. ¿Cómo has entrado en la casa? -preguntó ella.- Estaba todo cerrado.

-Saltando. -dijo aquel tipo encogiendose de hombros.

Claro. Saltando. A ella no se le había ocurrido antes salir saltando. ¿Cómo no lo habría pensado?

-Vamos a saludarle entonces, ¿no? Tal vez quiera desayunar también.

No importa lo liberal que uno sea. Todo aquello era demasiado extraño. Y entonces, Sara pensó: Si encuentras un muerto en la piscina y un cajón lleno de billetes lo mejor es deshacerte de cualquiera que esté hablando contigo y marcharte lo antes posible.

De modo que cuando aquel hombre descubrió a Alberto flotando en la piscina, Sara le rompió la botella de tónica en la cabeza, que reventó en mil pedazos dejando cristales incrustados por todas partes. Y con un solo dedo, le empujó al agua donde la terrible conmoción hizo que perdiera el sentido y se ahogara.

Bueno. Ahora hay dos muertos en la piscina. – pensó Sara- Y sí. Parece ser que soy capaz de matar a un hombre. Ahora bien… ¿habré matado a uno o a los dos?

Sara se hubiera quedado dandole vueltas a tan inquietante dilema moral, de no ser porque una parte de su cabeza le increpó:

Bueno, eso ya lo pensarás luego. Ahora busca un sitio para saltar la verja y salir de aquí. No es momento ahora para quedarse pasmada pensando esta clase de tonterías.

07
Ago
08

Bostezando

 

La mejor ducha contra el calor, es quedarse durmiendo

 

Esperemos que al menos, el sueño sea bueno.




Un Rincón Tranquilo

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