Una gota de agua, sin motivo aparente, fue a caer en el mar.
Desde entonces, el mar es una gota más profundo y las mareas suben y bajan una gota más.
Pero la gota,
esa gota,
ya no existirá más.
Una gota de agua, sin motivo aparente, fue a caer en el mar.
Desde entonces, el mar es una gota más profundo y las mareas suben y bajan una gota más.
Pero la gota,
esa gota,
ya no existirá más.
La vecina del 5º B es lo que se dice una vieja loca.
Vive sola hace años y nunca habla con nadie. Si acaso, un gruñido en el ascensor que puede interpretarse como un “hola” o “buenos días”, pero en seguida baja la vista al suelo, o la sube al techo y espera su parada.
No sé su nombre.
La vecina del 5º B no va a misa, pero a pesar de ello, siempre compra ajos a la gitana de la esquina, aunque no los necesite. Y da limosna piadosamente a todo el que ve por la calle con aspecto desvalído.
Mi madre dice que hace eso para acallar su conciencia, que no nos acerquemos a ella, no es una buena persona.
Eso dice.
Dicen también los viejos que de joven, la vecina del 5º B era muy hermosa. Dicen que tenía cientos de hombres rendidos a sus pies. Dicen que todo aquel que la veía sonreir, caía presa de una especie de maleficio y estaba perdido.
Vive sola porque -segun dicen- hace sufrir tanto a los hombres que no hay quien se atreva a vivir con ella.
Y luego está lo del ojo, claro.
Cuentan que un día, estaba fregando los cacharros con rabia por alguna pena que entonces tenía, cuando un plato de cristal golpeó otro de porcelana y se rompieron. Con la mala suerte de que dos pedazos de porcelana y cristal fueron a clavarsele en un ojo, y se quedó tuerta.
Dicen que fue así como perdió el ojo. Aunque mi madre prefiere pensar que se lo sacaron en un ajuste de cuentas. Como castigo. Eso dice. Y que no nos acerquemos a ella.
Yo creo que debe ser rica, porque vive rodeada de lujos ahí arriba, en el 5ºB. Aunque no lleva joyas. Ni una sola.
Dicen que un día, intentó acabar con su vida a base de pastillas en su casa. Pero que un diablo bajó del cielo (o un angel subió del infierno, tanto da) y le dijo que aún no era su turno. Que tenía que seguir pagando. El infierno no es tan dificil de abandonar y a ella le había tocado éste. Y también le dijeron que ya le avisarían.
Eso dicen también.
Pero el motivo por el que todos la llaman loca, es porque cada lunes de fin de mes, coge el tren de las 9 y media hacia Madrid, se baja en alguna estación y en el andén, se pone a escribir una carta. Da igual el tiempo que haga. Luego, dobla cuidadosamente la carta y la mete en un sobre, en el que pone también alguna cantidad de dinero, para dejarlo abandonado bajo el asiento.
Después se marcha.
Esto lo sé no por lo que dicen, sino porque un día la seguí -a pesar de las continuas advertencias de mi madre- y le vi hacerlo.
El caso es que ella nunca sabe quién cogerá esa carta con ese dinero. Si es que va dirigido a alguien, lo más seguro es que ese alguien nunca encuentre la misiva.
Aun así lo hace.
Siempre.
Creo que se pasa la vida pagando.
O al menos, eso es lo que dicen.
-Parecía que no iba a dejar de llover nunca, ¿eh?- dijo el hombre sacando las maletas del coche, por decir algo, al viejo que le miraba divertido desde la puerta.
-Siempre acaba parando -argumentó el viejo- Un año, comenzó a llover y se pasó 20 años sin parar.
-¿20 años?- preguntó una niña que salió del asiento trasero, como una aparición.
-No, cariño -dijo la madre, que doblaba los impermeables para llevarlos sobre el brazo- Nunca llueve tanto tiempo seguido. Te toma el pelo.
-No, no, señora, no. Es cierto. Muchos jóvenes dejaban el pueblo ya con barba y nunca habían visto la luz del sol. El agua lo pudría todo, las puertas se hinchaban y no se podían abrir, había moho por todas partes, y las calles se llenaron de verdín. Como en las rampas de los puertos, ¿sabes?.
- ¿Y por qué llovía tanto?
-Te está engañando, cariño – insistió la madre empezando a mostrarse molesta con el viejo. Recogió unos bultos y los entró en la casa, detrás de su marido.
-Antes, había un Dios en este pueblo. – dijo el viejo con voz más baja, para que sólo la niña le escuchase- Y se cansó.
-¿Un Dios? ¿Pero un Dios diferente al Dios normal?
El viejo asintió, entre divertido y serio, pasando el cigarro de un lado a otro de la boca. Hábilmente. No tenía dientes que le estorbaran.
-¿Y era un Dios bueno? ¿Y por qué se cansó?
-Era un Dios joven. Un niño, más bien. Todos le queríamos mucho, y nunca era malo. Pero un día se cansó y decidió marcharse. Ese día se puso a llover. Y no paraba. Nunca paraba.
-¿Y por qué paró?
-No lo sé. Puede que llegara otro Dios. Puede que tú seas el nuevo Dios del pueblo.
-Marta. Deja de molestar a ese señor.- dijo la madre aunque lo que realmente quería decir era que el viejo dejara de molestar a la niña.
-Dice que en el pueblo había un Dios. Antes. Y que se fue, y se puso a llover. Y que yo también puedo ser una Diosa. Mamá. ¿Soy una Diosa?
-Antonio. Este viejo o está loco o es un pervertido. ¡Mira lo que le ha dicho a la niña!
-Déjale, mujer, sólo es un viejo.
-No me gusta este pueblo, Antonio.
-Te preocupas por todo, Marisa.
La madre esbozó una falsa sonrisa al viejo y se llevó a la niña dentro de la casa.
El viejo se quedó en la puerta, tan inmóvil y divertido como antes.
Hacía mucho que no se presentaban turistas en el pueblo.
También hacía mucho que no paraba de llover.
No me gusta quejarme. No interprete Ud. esto como una queja, por favor.
Es sólo una licencia. Una pequeña licencia que confío se me permita. Un vistazo atrás, muy rápido
Ahora que sólo se puede ir hacia delante.
Septiembre suele ser un mes lluvioso. Pero puedes creerlo o no.
Después de la tormenta
salió el sol.
No tendríamos mucho más de 8 años el día en que la abuela nos llevó a mi hermana y a mí al pozo de la arboleda con un saco de gatos a la espalda.
Dijo que iba a enseñarnos a vivir sin dolor el resto de nuestras vidas y que teníamos que hacerle caso.
Entonces, dejó el saco en el suelo, pero sin soltarlo. Dentro los gatos maullaban y se movían tratando de buscar una salida. Más bien parecía que había dentro una especie de monstruo inquieto.
-A estos gatos -dijo la abuela- no los quiere nadie. Son los de la gata de la vecina Manuela, que ha tenido otra camada y si no nos deshacemos de ellos, acabarán atropellados por cualquier coche, o morirán de hambre, o de terribles peleas, o si no, se convertirán en rabiosos y si os atacan, entonces sí que tendremos que vacunaros. Y lo pasaréis muy mal. Así que hay que matarlos. ¡Tú! ¡Elena! Agarra el saco y mete los gatos en el pozo. Ahógalos.
Elena abrió mucho los ojos como si mi abuela se hubiera convertido en la reencarnación del Diablo o algo peor. Paralizada, ni siquiera podía negarse.
-¡Vamos! ¡Hazlo!
Mi hermana negó con la cabeza dando un paso hacia atrás.
Entonces, mi abuela, me miró a mí.
-¿Lo harás tú?
-¿Quieres decir -pregunté- que vamos a matar los gatos por su bien?
-Si, eso es. Por su bien. ¿Lo harás tú?
Cogí el saco por donde me lo estaba tendiendo mi abuela y lo levanté. Sólo eran unos gatitos, apenas hacían fuerza para oponerse. No pesaban. Sólo era un bulto informe y que no paraba de moverse y quejarse. No me fue difícil meterlos en el agua, tal y como ella había dicho. En unos pocos minutos, el saco se quedó inmóvil.
-¿Ya está?
-Ya -. Dijo mi abuela con una sonrisa.
Elena nos miraba horrorizada, llorando.
-No te preocupes. Has hecho lo que debías. Nada bueno esperaba a estos gatos y en cambio, al quitarlos del medio hemos hecho una buena cosa.
Mi abuela me acarició la cara con una sonrisa, ignorando a Elena que seguía llorando.
-Ahora tienes que pensar una cosa. Cuando crezcas, serás una mujer muy guapa. No hay más que ver tus ojos, tu cara… Serás muy bella, no te quepa duda. Y tarde o temprano, te tropezarás con el amor.
El amor es el gran engaño de la humanidad. El amor es sólo una mezcla demente de deseo sexual y antojo infantil. No existe, en cambio es capaz de destrozarte la vida.
La distancia, los desengaños, el aburrimiento… no hay nada peor que una pena de amor, créeme.
No debes hacer caso de los idiotas que te digan que el amor es lo que da sentido a sus vidas. Eso no es cierto. El amor sólo ciega y hace que hagas tontería y auténticas locuras que en tu sano juicio, nunca harías. Te harás daño y te lo harás tú misma.
Pero tú tienes ventaja.
Cuando notes que te estas enamorando, o cuando oigas que alguien se ha enamorado de tí, debes hacer lo mismo que has hecho hoy con los gatos. Mete todo ese amor en un saco, átalo bien y ahógalo. O patéalo. O mátalo como mejor te parezca, pero no dejes que crezca.
Si crece, ese amor acabará matándote a ti, mi niña.
Hazlo.
Hazlo y nunca pienses en tu abuela. Estas cosas, es mejor que nazcan dentro de uno mismo.
No sé si debo agradecer o si debo odiar a mi abuela por eso. Pero lo cierto es que en toda mi vida he tenido penas de amor.
He apagado con rapidez y hasta ensañamiento todo atisbo de amor que amenazaba con acercárseme.
Hasta hoy.
¿Es que después de todo, no hay saco suficientemente fuerte para mantener apartado al amor cuando es de verdad?
He oído decir, que los destinos humanos son muy parecidos en realidad al interior de las gotas de agua.
Qué tontería, ¿verdad?
Algunas gotas, nacen y mueren cada día en el desierto, esforzándose por surgir cada noche de entre el frío y muriendo quemadas apenas sale el sol por la mañana. Sin moverse del sitio, eternamente.
Sin ningún sentido, eternamente.
Siempre solas. Eternamente.
Otras gotas, terminan atrapadas en circuitos artificiales, donde hacen rodar pesadas ruedas de molino, satisfechas de ser útiles hasta terminar sucias y agotadas de golpearse siempre contra las mismas aspas. Pero contentas porque… ¿en qué otra cosa mejor podrían emplearse?
A veces, terminan desviándose a charcas, humedales o pozos estancados, putrefactos, donde cualquier cosa que te pase es mejor que el que no te pase nada. Aunque sea que alguna alimaña desesperada de sed se digne a beberte. Porque cualquier otro destino es mejor que la lenta descomposición hasta el olvido.
Y luego están las gotas afortunadas, las que se ven conducidas a frescos torrentes donde se juntan con otras gotas y se dejan llevar, siempre calle abajo, por acequias y acueductos enormes de piedras solemnes, bailando en remolinos o descansando en remansos. Resulta ridículo pensar que una gota se preocupe del nombre del mar al que va a ir a parar. Y aunque lo hiciera, ninguna otra gota podría responderle.
Sólo seguir a su lado. A veces cerca, a veces lejos. Siguiendo la caprichosa corriente que les une y separa sin razón y sin cesar.
Porque lo importante no es el mar en el que terminen, si acaso eso ocurre. Todas las gotas saben que no hay nada más importante en el río que el río mismo.
Siendo así… ¿Para qué preocuparse del final del camino?
Y… eso es lo que he oído decir.
Las cosas que dicen