-A mí sólo me pagan por servir copas.
El hombre dibujó media sonrisa y miró el vaso mediado que tenía en la mano. Lo escudriñó a la luz, como analizando la limpieza (escasa) del cristal.
Siguió hablando.
-A mí me pasa.
Nadie le contestó porque nadie le oía. El hombre apuró su vaso.
-Ponme otra.
-Vamos a cerrar.
-Puedes marcharte, Bob -dijo una voz desde el fondo de la barra. Estaba tan oscuro que era imposible saber que ahí había alguien -Yo le sirvo.
Apareció un tipo menudo y que acompañaba su calva con dos patillas sorprendentemente pobladas y enormes.
-Es difícil encontrar buen personal -dijo sirviendole otra copa al hombre del bar. Después se sirvió también él un trago. Ya era tarde.
-A mí me pasa. -repitió el hombre.
-¿Tenéis poderes? ¿Como los superhéroes?
-Alguna vez hemos volado. Pero no salvamos a nadie ni nada de eso. Solo lo hacemos por nosotros. Lo de volar y eso. Y lo de parar el tiempo.
-¿Nunca habéis salvado a nadie?
-Tal vez… Sí, creo que alguna vez. Pero sobre todo, nos salvamos nosotros, ¿sabes? Nosotros nos salvamos una vez. Y a la vez… nos condenamos.
El tipo de las patillas gordas terminó su trago y sirvió dos nuevas copas.
-Estamos condenados a estar separados, porque juntos rompemos los planes de la naturaleza. Se pone a llover donde nunca llueve. Hiela cuando debería hacer calor… Desbaratamos todas las reglas. No lo hacemos queriendo. Pero ocurre. De modo que acabamos hiríendonos y tenemos que separarnos, para poder estar bien. Y que los demás también lo estén. Pero cuando estamos separados, siento todo lo que siente ella. Y ella lo que siento yo. Sangro si ella lo hace y lloro si está triste.
-¿Y ahora cómo está?
-Bebe en la barra de un bar, tratando de explicarse ante un barman. Ella lo tiene más fácil. Es más guapa que yo. Pero está triste.
-Es una historia triste.
Silencio.
-Creo que te envidio -dijo el tipo de las patillas.
El hombre de la barra levantó la cara por primera vez y esa fue suficiente pregunta.
-Tú vives dos vidas. Yo apenas tengo una que se consume tras ésta barra. No me hace falta parar el tiempo, porque aquí, el tiempo ya está detenido. En cambio, si desearía volar.
El hombre de la barra se quedó pensativo un rato. A veces, se quejaba por no poder tenerlo todo. Eso ocurría sólo cuando no lo tenía todo.
Era tarde.
El hombre de la barra sacó más billetes de los que debía por las consumiciones, se despidió con un murmullo y se quedó parado un rato en la puerta. Esta noche la echaba de menos. Mucho.
Tanto que podría echarse a sangrar ahí mismo.
La echaba mucho de menos.
Y ya no podía más.
El tipo de las patillas había visto mucahs cosas en los años que llevaba encerrado tras la barra del bar.
Aquella noche, vio como el hombre tomó impulso con las piernas y saltó tan alto que salió volando del bar.
Seguramente -pensó el de la barra- van a verse esta noche.
Ahora sí que puedo decir que he visto de todo.


Las cosas que dicen