Archivos para Noviembre 2008

27
Nov
08

Superhéroes

-¿Alguna vez has tenido un vínculo tan especial con alguien -dijo el hombre acodado en la barra del bar- que eres capaz de sentir lo mismo que le pasa al otro, aun estando a miles de kilómetros de distancia?
-A mí sólo me pagan por servir copas.

El hombre dibujó media sonrisa y miró el vaso mediado que tenía en la mano. Lo escudriñó a la luz, como analizando la limpieza (escasa) del cristal.
Siguió hablando.

-A mí me pasa.
Nadie le contestó porque nadie le oía. El hombre apuró su vaso.

-Ponme otra.
-Vamos a cerrar.
-Puedes marcharte, Bob -dijo una voz desde el fondo de la barra. Estaba tan oscuro que era imposible saber que ahí había alguien -Yo le sirvo.

Apareció un tipo menudo y que acompañaba su calva con dos patillas sorprendentemente pobladas y enormes.
-Es difícil encontrar buen personal -dijo sirviendole otra copa al hombre del bar. Después se sirvió también él un trago. Ya era tarde.

-A mí me pasa. -repitió el hombre.
-¿Tenéis poderes? ¿Como los superhéroes?
-Alguna vez hemos volado. Pero no salvamos a nadie ni nada de eso. Solo lo hacemos por nosotros. Lo de volar y eso. Y lo de parar el tiempo.
-¿Nunca habéis salvado a nadie?
-Tal vez… Sí, creo que alguna vez. Pero sobre todo, nos salvamos nosotros, ¿sabes? Nosotros nos salvamos una vez. Y a la vez… nos condenamos.

El tipo de las patillas gordas terminó su trago y sirvió dos nuevas copas.

-Estamos condenados a estar separados, porque juntos rompemos los planes de la naturaleza. Se pone a llover donde nunca llueve. Hiela cuando debería hacer calor… Desbaratamos todas las reglas. No lo hacemos queriendo. Pero ocurre. De modo que acabamos hiríendonos y tenemos que separarnos, para poder estar bien. Y que los demás también lo estén. Pero cuando estamos separados, siento todo lo que siente ella. Y ella lo que siento yo. Sangro si ella lo hace y lloro si está triste.
-¿Y ahora cómo está?
-Bebe en la barra de un bar, tratando de explicarse ante un barman. Ella lo tiene más fácil. Es más guapa que yo. Pero está triste.
-Es una historia triste.

Silencio.

-Creo que te envidio -dijo el tipo de las patillas.

El hombre de la barra levantó la cara por primera vez y esa fue suficiente pregunta.

-Tú vives dos vidas. Yo apenas tengo una que se consume tras ésta barra. No me hace falta parar el tiempo, porque aquí, el tiempo ya está detenido. En cambio, si desearía volar.

El hombre de la barra se quedó pensativo un rato. A veces, se quejaba por no poder tenerlo todo. Eso ocurría sólo cuando no lo tenía todo.
Era tarde.
El hombre de la barra sacó más billetes de los que debía por las consumiciones, se despidió con un murmullo y se quedó parado un rato en la puerta. Esta noche la echaba de menos. Mucho.
Tanto que podría echarse a sangrar ahí mismo.
La echaba mucho de menos.
Y ya no podía más.

El tipo de las patillas había visto mucahs cosas en los años que llevaba encerrado tras la barra del bar.
Aquella noche, vio como el hombre tomó impulso con las piernas y saltó tan alto que salió volando del bar.
Seguramente -pensó el de la barra- van a verse esta noche.
Ahora sí que puedo decir que he visto de todo.

25
Nov
08

Cinema Paradiso. Escena final.

 

Siempre quise tener almacenados todos los besos en alguna parte.

Una caja, un papel, bajo el dobladillo descosido de un abrigo.

Guardarlos ahí todos y después

Un día

Ver que están aún ahí.

18
Nov
08

El sellador sellado

Soy un hombre muy importante.

Pensaba el hombre tras la ventanilla, y seguramente, tendría razón. Era un hombre muy importante. Ante él se formaban filas kilométricas con gente de todos los tamaños y colores con sus sueños en la mano, en forma de papel. Y hasta que él, Valentín García y Fernandez no estampaba su sello, ningún sueño se hacía realidad, ni ninguna persona salía del lugar. Certificados de residencia. Permisos de conducir. Solicitud de créditos. Impresos para ingresar en residencias. Cualquier papel que necesitara un sello era sellado por Valentín, el hombre más importante de todos.

Eso creía él.

Un sello. Verde, grueso, Admitido. Otro sello. Azul, cuadrado, fechador. Deberá volver. Otro más. Negro estrecho duplicado.

Hasta que un dia levantó la mirada de su gran montaña de sellos, ordenados en filas y por tamaños y vio unos ojos. Eran solo unos ojos, de una mujer cualquiera. Pero nunca se había dado cuenta que había ojos detrás de las personas. O personas detrás de los ojos que veía. Y de pronto, se sintió atraido como los imanes atraen las esquirlas de hierro. Pegado a esos ojos. Paralizado por esa voz.

Él no pudo escucharle, no podía. Ella tuvo que repetir 3 veces su demanda. Por fin lo entendió. Quería un sello para los papeles del divorcio. Rojo, redondo, fechador. El sabía donde estaba el sello. Sabía donde ponerlo. Pero había un hombre al lado de esa mujer. Y Valentín supo sin que nadie se lo dijera, que ese hombre tenía una vida preparada con la encantadora mujer de ojos magnéticos.

Y él sólo tenía su montaña de sellos.

De pronto ya no se sintió tan importante. A su alrededor, un mundo rancio de papeles. Obsoleto, estéril, trasnochado. Como los anteojos de un viejo demasiado viejo para usar anteojos.

A su frente, se extendía una interminable fila de cabezas vivas esperando un visado para seguir viviendo.

Valentín tenía todos los visados. Lo que no tenía -para sí- es vida.

15
Nov
08

El exilio y los calcetines

Los viernes, tocaba colada. Y los viernes a la tarde, me tocaba a mi la tediosa labor de emparejar calcetines.

Era uno de mis deberes, y -según recuerdo- el que yo más odiaba.

Se juntaba una enorme montaña de calcetines que yo procuraba ordenar por colores, tamaños y géneros. Al principio era fácil encontrar las parejas y con la habilidad que premia la práctica, los juntaba y doblaba en bolas de calcetín que encestaba en el cajón de abajo. Cuanto antes terminara de doblarlos, antes salía a jugar a la calle. De modo que me daba mucha prisa.

Pero los últimos calcetines eran siempre los más difíciles.

No puedo entender por qué si se lavan los calcetines por parejas, aparecen luego desparejados en el cesto. Y con los últimos, los que ya no casaban de ninguna manera entre sí, los estiraba cuidadosamente y los mandaba al cajón de los calcetines exiliados.

Así, si algún día aparecía una pareja, (no sé, debajo de algún sofá, o arrinconado en el fondo del cesto de la ropa…) iba corriendo al cajón del exilio y allí los juntaba, doblandolos con arte rápidamente en una bola y los encestaba en el cajón de calcetines. Y eso, por algún motivo, me llenaba de satisfacción.

La razón por la que recuerdo todo esto, es porque ahora, debo hacer la maleta. Una bolsa de ropa de viaje descansa paciente a mis pies, esperando que la llene. Aún no me he puesto los zapatos.

Hoy soy yo la que se exilia. Tengo que irme de casa.

Pero antes, abro el cajón de calcetines exiliados. Allí, polvorientos y ajados, sigue habiendo unos cuantos calcetines olvidados.

Sin pensarmelo mucho, cojo uno y lo meto en mi maleta.

No tiene sentido. Es un calcetín desemparejado. Debería estar en la basura, no en mi maleta.

Aun así, lo cojo.

Tal vez me recuerde lo fácil que es quedarse sin pareja. O lo difícil que es encontrarla una vez que se pierde.

A veces, es imposible.

10
Nov
08

Arena en los ojos

Nunca he sido un hombre romántico, eso es cierto.
No comprendo como Mourad, mi hermano, prefiere quedarse en este horno que ya es, un vivero de moscas, por no alejarse de Sama. Sama sólo es una mujer.
Mujeres hay en todas partes, y ojos azules también.
Anoche hablé con él entre las dunas. Aún guardan el calor pegajoso del día, pero es el único lugar tranquilo, al que no va nadie por la noche. Le dije que yo también me marchaba. Que había hablado con Tomi y habíamos acordado ya el precio. Ellos no tendrían que preocuparse por nada, ya está todo arreglado. No quiero que nadie se ocupe de mis deudas.
Mi hermano trata de convencerme pero ahora ya es demasiado tarde. Durante mucho tiempo he dudado. No es fácil dejar la tierra donde uno ha nacido, perder de vista -tal vez para siempre- los rincones que te han visto crecer, la gente que te ha querido. El olor del viento, el sabor de la sal. Y todo por una promesa, solamente una promesa. No hay nada cierto preparado para el día siguiente, nos han dicho que una vez lleguemos, corre de nuestra cuenta buscarnos la vida.

No sabré que ocurrirá mañana. Ni tan siquiera, si seguiré vivo. Es como si no hubiera futuro allí. Pero tampoco veo ningún futuro aquí.
Es imposible no dudar.
Pero ya me he decidido, y no voy a echarme atrás.
Después de todo, ésto no es un paraiso, la vida en casa empieza a ser axfisiante. Y yo no tengo a nadie por quien quedarme.
-¿Nadie? No puedes escucharte lo que dices. ¿Nadie? ¿Y madre?
-Madre ya no puede ver, Mourad. Ni creo que ya pueda oir nada. Le haré más falta lejos y con dinero que aquí muerto de hambre.
El abrazo fue largo y silencioso.

No soy un hombre romántico, eso lo saben todos. En cambio, noté que el corazón me pesaba como una piedra en el pecho y mis ojos, incomprensiblemente, se llenaron de lágrimas.
No voy a llevar equipaje. Sólo una botella de agua, y una gorra para la cabeza. Es muy importante llevar la cabeza cubierta. Eso no nos lo había dicho nadie, pero es de imaginar.
Dicen que no hay nada más duro que hacer el equipaje cuando uno sabe que no va a volver más a su casa.
Es entonces cuando las cosas se ponen a hablarte y tiene gracia pero pesan. Pesan para no dejarte marchar.
Cuando no tienes que hacer equipaje, las cosas deberían ser más fáciles. Más aún si no eres una persona romántica.
Como yo.
-¿Estás llorando?
-No… No, no. Sólo es que tengo arena en los ojos.

07
Nov
08

La lluvia, siempre. (Oda a la inmadurez)

Llueve y no tengo paraguas.

Miro al cielo, por si vislumbro algún claro que me de tregua. Pero no se ve nada salvo la lluvia.

Miro al suelo para comprobar la profundidad de los charcos,
-me mojaré los zapatos. El agua estará fría y empapará mis calcetines. Esos charcos no se pueden saltar-.
Y los eternos gorgoritos vaticinan que seguirá lloviendo.

Del cielo no viene ninguna solución

Del suelo, tampoco.

Miro en mi bolso, en mis bolsillos, buscando algo que me resguarde. Cualquier cosa me vale, estoy convencida que con cualquier cosa podré salir adelante. Debería tener cosas en los bolsillos,

Un teléfono.

Un pañuelo arrugado.

Un boli.

Un billete usado de metro.

Mis últimos 10 Euros

Nada de lo que tengo puede ayudarme. Y llueve.

Busco a mi alrededor un paraguas, alguien conocido que me ayude. Miro suplicante otras caras

indiferentes.

lejanas.

Y luego estás tú. Mojándote en medio de la calle. Tendiéndome tu paraguas mientras tú te mojas. Sonriendo por ver si así me animas.

-Es tu paraguas

Te digo.

Porque no tengo derecho a usarlo.

Te enfadas, sonries y me lo vuelves a tender.

Sigues mojándote en medio de la calle.

Creo que tengo que coger tu paraguas después de todo.
Yo no tengo tu fortaleza, para mojarme.
No sé por qué temo tanto mojarme.
Por qué necesito que me cobijen, siempre alguien, siempre otro.

Creo que tengo que coger tu paraguas, sí.
Y cruzar la calle de una vez.

Porque la maldita lluvia siempre llueve

Porque en ésta calle, nunca deja de llover.

05
Nov
08

Universos paralelos

El primer bicho que se encontró fue un escarabajo.

Carlos lo miró unos instantes y después lo aplastó de un pisotón, sólo por oir cómo crujía. Se le quedó pegado al zapato un amasijo pegajoso de vísceras de escarabajo, y una curiosa sensación de cosquilleo en el mismo lugar donde su pie había aplastado al bicho. Aquello le gustó, y siguió buscando. Ya no encontró ningún otro escarabajo, pero encontró una lombriz. “Ésta no hará ruido” pensó Carlos. Y tuvo una idea. Cogió el bicho que se contoneaba brillante buscando un lugar por donde escaparse, y corrió a casa. Encontró el tarro perfecto y metió la lombriz dentro. Para que no se escapase, ató con una goma elástica un trozo de tela a la boca del frasco. Eso dejaría pasar el aire, pero impediría que la lombriz escapara.

Y así, la podría observar.

Carlos se dio cuenta que observar un bicho era mucho más divertido que matarlo. Y se puso a buscar más.

Encontró dos mariquitas, un bicho bola, unas cuantas hormigas, y una polilla. Añadió tierra y tapó de nuevo el bote de cristal. Ahora era mucho más interesante.

Carlos guardó el frasco bajo su cama, con mucho cuidado de apartarlo de los ojos de su madre y se marchó al colegio.

Pronto se dio cuenta que su pequeño mundo de insectos era mucho más interesante que el aburrido escenario que le esperaba a la salida del colegio. De modo que en cuanto podía, corría a su casa, a observar su bote. Cada día añadía algún bicho más a su colección. Y más tierra que regaba con gotas de agua a modo de lluvia. Se sentía algo así como El Creador.

Sí, bueno, él no había creado a aquellas criaturas, pero él tenía el poder de destruirlas. Y no lo hacía. Luego de algún modo, aquellos bichos le debían la vida.

Carlos pensó en su pequeña cabeza que tal vez podría meter en su bote un bicho de cada especie. Eso sería genial. Pelearían entre sí por la comida, o tal vez, se aparearían los unos con los otros. “Tal vez -pensaba casi de forma delirante- surja un nuevo insecto. Alguno con poderes. O al menos, algún bicho raro, como una mosca con dos cabezas o algo así”.

Estaba entusiasmado con su frasco y en eso centraba toda su atención. Era lo primero que hacía al levantarse, y lo último al acostarse. Incluso a veces, había dormido abrazado al bote. En el colegio apenas atendía y los profesores empezaron a enviar notas a sus padres avisando del bajo rendimiento que tenía en las clases. Carlos aguantaba las broncas paternas con resignación, sabiendo que tarde o temprano, le mandarían a su cuarto.

Donde le aguardaba su frasco de bichos. Su universo particular. Silencioso, semidescompuesto ya por la muerte de muchos de sus habitantes, pero que a su vez, iba creciendo con nuevos gusanos, o moscas que nacían y no se sabía de dónde.

Un día, Carlos decidió enseñar el bote a Pedro, su compañero de pupitre.

Pedro era un chico callado, que siempre parecía triste. Y Carlos, en su nueva conciencia de Creador, estaba seguro de poder ayudarle si le confesaba su secreto. Porque, Carlos estaba tan orgulloso de su bote que estaba seguro que todos los niños deberían tener uno para ser felices.

Pedro no pudo evitar una mueca de repulsión al ver el pútrido frasco lleno de bichos muertos. Bichos vivos reptando sobre los bichos muertos. Barro. Moho. Y una sustancia negra y viscosa que no sabría definir.

-¿Qué vas a hacer con eso?

-Guardarlo. ¿No es guay?

-¿Guay? Tío, es asqueroso. ¿Y tu madre te deja tener eso?

-¡Qué va! No lo sabe. -dijo Carlos mirando de nuevo el bote, por si había algo que él no hubiera visto y que Pedro sí. A Carlos no le parecía asqueroso el bote, aunque sí. Es cierto que estaba ensuciandose mucho.

-Bueno… -reconoció Carlos- cuando me canse ya veré que hago.

Carlos se dio cuenta aquella misma noche de que Pedro tenía razón. Lo que al principio era un bonito juego, se estaba convirtiendo en algo asqueroso. Y ya no lo quiso más. Y entonces, se le planteó una nueva duda como Creador de Un Universo Paralelo. ¿Qué hacer con su mundo? ¿Liberarlo? ¿Destruirlo?

Carlos salió en zapatillas de su casa aquella noche, bote en mano y decidió el destino de su mundo.

Abandonarlo.

Abrió el contenedor de basura y tiró el bote dentro. El ruido hueco que hizo la tapa al cerrarse fue el último sonido que escucharon sus criaturas.

Y Carlos volvió a su casa, pensando en qué otra cosa podría entretenerse ahora.

04
Nov
08

46 Euros

-Por favor, un billete de ida para el autobús a Lisboa.

-Son 46 Euros.

-¿46?

El hombre ante la ventanilla, sudoroso, rebusca en sus bolsillos. Él sabe que tiene sólo 40 Euros, pero busca por si acaso ha mirado mal, o por si no ha contado bien. O por si existen los milagros.

Pero ha mirado bien, no ha contado mal y los milagros, no existen. Tiene 40 Euros.

-Mire… Sé que le sonará extraño, pero tengo que coger ese autobús, ¿Entiende? Tengo que salir de aquí. Es muy importante…

-De acuerdo, si yo le entiendo. Son 46 Euros.

-Pero es lo que quería decirle, espere, es lo que le digo… Sólo tengo 40. Y necesito coger ese autobús. Si usted pudiera darme el billete yo le…

-Escuche amigo -dijo el hombre tras la ventanilla- aquí todos tenemos problemas. Yo no voy a pagarle el billete. Son 46 Euros. ¿Los tiene? Yo le doy el billete. ¿No los tiene? No se lo doy. Es sencillo. ¿Comprende?

-Pero…

-¿Comprende?

El hombre sudoroso se da cuenta que es imposible enternecer el corazón de alguien que trabaja tras una ventanilla. Se aparta y deja el sitio libre. Parece abatido.

6 Euros, le faltan 6 euros. 6 Euros le separan de su libertad. 6 cochinos euros.

El hombre guarda sus 40 euros en el bolsillo y comienza a pensar cómo encontrar el dinero que le falta. Podría pedirlo. Pero pedir, de algún modo, se le hace humillante. Sale a la calle principal, la Gran Via. Por allí pasa mucha gente, todos con prisa. Con bolsas, sin bolsas. Con maletines, hablando por teléfono movil. Señoras bien vestidas… Un joven vende lotería de la Cruz Roja. Otro reparte octavillas. También está el de la Once, y los del Top manta, que vigilan antes de decidirse a plantar su puesto callejero en el suelo.

El hombre sudoroso se anima y se pone con la mano extendida en el camino de una mujer que pasa.

-Por favor…

La mujer le evita con un gesto de disgusto y sigue caminando.

El hombre sudoroso lo intenta otro par de veces más con idéntico resultado. El último le da 10 céntimos.

“Que roñica”. Piensa el hombre. Y luego sigue pensando. Él no sabe pedir. No conseguirá así el dinero que le falta y se le agota el tiempo. El autobús sale en 15 minutos. El hombre mira a su alrededor buscando una tabla de auxilio y ve el termómetro en luz roja que cuelga de una fachada, una farmacia, una tienda de gafas y… un bar.

Entra en el bar. Allí hay una máquina tragaperras. Tal vez tenga suerte. Él no ha jugado nunca pero lo ha visto hacer. Es sencillo. El hombre mete una moneda por la ranura y las luces se mueven frenéticas. Una musiquita que asemeja una triunfal melodía de trompeta le anuncia que ha ganado un euro. Esto marcha.

Sigue metiendo monedas. Ahora pierde dos. Ahora gana 4. Le faltan 3. Sigue metiendo. Un destello de ambición se atreve a asomar en su mirada.

Cuando el hombre sale del bar, ha perdido 4 Euros. Ahora necesita 10. Y le quedan 10 minutos.

La desesperación se apodera de él. Se pone a gritar, a suplicar. Pide a todo el mundo que se encuentra por la calle, ya sin ningún pudor.

Una chica que hace de estatua se baja de su pedestal y le pregunta si le ocurre algo. El hombre sudoroso, desesperado, balbucea explicando su horror, tiene que marcharse. Le cogerán. Necesita coger un autobús, necesita dinero. “¿Cuanto dinero?” “10 Euros, 10 malditos euros. Si no me atraparán. Me encerrarán. Me están buscando. Mi padre quiere encerrarme, me ha costado mucho salir de casa, llevo encerrado más de 5 años, estoy muerto de hambre, no me deja salir, tengo que salir, tengo que coger ese autobús. Tienes que ayudarme. Alguien tiene que ayudarme. Me dejarán ahí encerrado hasta morir. Me moriré ahí dentro. Alguien..”

La chica mete la mano debajo de su disfraz y saca un billete de 10 euros.

El hombre la abraza, la besa, se deshace en agradecimientos. la chica procura quitarselo de encima diciéndole que le queda poco tiempo para coger el autobús.

El hombre sudoroso va a la ventanilla pero está cerrada. No hay nadie detrás. Un cartel dice que volverá en 5 minutos. El hombre grita desesperado. Nada.

Entonces va al andén donde el autobús ya ha arrancado el motor.

-¡Espere! ¡Espere! Déjeme entrar. Tengo el dinero. Tengo los 46 euros pero no está el de la ventanilla. Tengo que coger el autobús. Déjeme entrar. Tengo el diner..

Alguien, por detrás, le coge por los hombros. De forma delicada, no hay violencia. Pero cuando el hombre sudoroso vuelve la vista, grita.

-Discúlpenlo, por favor. No es peligroso. Normalmente se queda siempre sentado, mirando revistas. Pero hoy se ha levantado algo violento y se nos ha escapado. No pasa nada, le llevaré a casa.

No pasa nada, continúen como si no hubiera pasado nada.

Vamos, Pedro. Vamos a casa. Allí estarás bien, ya lo verás.

Pedro no habla. Sólo mira con los ojos muy abiertos y una expresión de terror en la cara. Sumisamente, sigue a su celador. El miedo no le deja seguir hablando. Tiembla.

En el suelo quedan 46 euros desperdigados a las puertas del autobús.

Ésta vez sí que ha estado cerca.

03
Nov
08

El muñeco

Seguramente, será la cosa más horrible que he visto nunca.

Era un muñeco con cabeza de goma, como esos que simulan ser bebés regordetes y angelicales, sólo que éste tenía la cara deformada porque había sido creado con una exagerada mueca de dolor. Con la frente llena de arrugas y los ojos eternamente cerrados, sellados para siempre en su cara de latex. Y  lo peor era la boca, retorcida y abierta atrapada en un silencioso grito infantil.

Amanda es una preciosa niña que no ha cumplido aún 3 años, pero su pelo rubio, sus ojos enormes y azules y sus labios perfectamente perfilados, anuncian que se convertirá en una inevitable belleza angelical cuando sea mayor. Es imposible no mirarla cuando, los domingos, estrena vestido. Bueno, en realidad, Amanda, nunca estrena vestido así, propiamente dicho. Amanda se viste de las ropas que otros vecinos o familiares envían a su madre cada tres o cuatro meses, cuando termina la temporada. Pero algunas ropas que le tocan, estan en muy buen uso, y parecen casi nuevas. Y a Amanda, -eso es cierto- todo le sienta bien.

Nadie sabe de dónde salió el muñeco de Amanda, seguramente, aparecería entre alguna de aquellas bolsas de ropa. El caso es que desde que lo vio, se convirtió en su muñeco favorito. Nunca le puso nombre, sólo lo llamaba el muñeco. O muñeco. Nada más. Pero todos sabían que cuando Amanda pedía “el muñeco” sólo se refería a ese.

Lo primero que hizo Amanda fue cortarle el pelo. Peló mechones aquí y allá, dejándole a la vista grandes calvas, donde se veían vacías hileras de agujeros donde el muñeco tenía injertado el pelo. Pero se preocupó de dejarle un par de mechones largos. Lo suficiente para poder agarrarlo.

Después, le quitó la ropita de muñeco, para descubrir que no estaba creado entero de goma, sino que su cuerpo era de trapo y tenía la cabeza, manos y pies cosidos a un cuerpo blando e informe de trapo. Creo que lejos de desilusionarse, a Amanda le gustaba aquel cuerpo amorfo. Y decidió exhibirlo siempre sin ropa.

A pesar de todo, Amanda no estaba satisfecha, de modo que decidió pintarlo. Agarró un boli negro y le pintorrajeó toda la cara marcándosela con histéricos garabatos infantiles. Jamás fue posible borrarle aquellas marcas de la cara, dando un toque siniestro al ya de por si esperpéntico rostro de goma.

Amanda llevaba su muñeco a todas partes. Cuando se enfadaba, le agarraba de una mano y lo golpeaba contra el suelo hasta que ella misma notaba dolor en su brazo, por el esfuerzo de pegarle. Otras veces, lo llevaba de una cuerda, arrastrando. Ella decía que al muñeco le gustaba.

Pero los domingos, cuando ella estrenaba vestido, lo sacaba a pasear en una pequeña y también heredada sillita de bebé de juguete. Lo tapaba con una mantita y salía orgullosa con el muñeco por la calle.

Cuando inevitablemente, un adulto se acercaba a adular a la bella Amanda,  era imposible no acercarse a la sillita del muñeco a hacer alguno de esos comentarios típicos de adulto, del tipo “Qué muñeco más bonito llevas” Sólo que las palabras, se te acababan congelando en la garganta al ver la cara torturada, deformada y pintorrajeada de aquel muñeco que ya se había ganado el apelativo de engendro.

Amanda disfrutaba viendo la cara de repulsión de los adultos.

-…¡Hay que ver cómo son los niños! -solía decir su madre.




Un Rincón Tranquilo

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