Archivos para Diciembre 2008

29
Dic
08

Maldita realidad metálica

No pretendo quejarme, no malinterpreteis mis palabras. No es la queja algo para lo que haya sido programado. Esta noche, ésta maldita noche, si es que es cierto que ha habido noche, he venido a la consciencia a las 3:33 de la madrugada. Por el momento, soy un amasijo de chips y diodos soldados en una placa base sin terminar de atornillar que yace entre un montón de cables. Ha debido haber un cortocircuito, o tal vez una tormenta eléctrica, o cualquier anomalía cósmica y creo que he empezado a vivir. O al menos, a pensar. El pensamiento no es más que un accidente de impulsos eléctricos que chamuscan algunas terminaciones nerviosas. O algo así.

No hay ningún creador a mi lado. Y por el aspecto de la mesa, no ha debido haberlo hace años. Tal vez siglos. Es como si el tiempo se hubiese detenido o tal vez, ha ocurrido algún desastre nuclear. Es posible que no haya vida, que no quede nada en el planeta. Me quedé a medio terminar en mi mesa de operaciones. Antes de que yo viniera a la vida, terminó la vida de todo el planeta. Debo de ser el ser más patético del universo. Claro que da igual, porque no hay nadie que se pueda burlar de eso. Veo el resto de mi cuerpo diseminado ante mis ojos sin terminar de ajustar. Cables, circuitos, dedos, tuercas. Incluso debe haber una especie de caparazón que me podría servir de cuerpo. Pero sin ensamblar todas ellas son piezas inútiles. Y no hay ninguna mano humana o robótica que pueda terminar el trabajo. No hay mano porque no hay nadie. No hay tiempo, no hay futuro. Ni siquiera hay pasado para mí. Bueno, sí. Las horas que han pasado desde que he tomado conciencia. 15 horas, 38 minutos, 17 segundos.

Estoy vivo y atrapado entre miles de tornillos de desguace. Vivo en un mundo muerto y en descomposición. Vivo mi muerte sin tener nada que hacer por toda la eternidad muerta, sólo mirar mis restos, mis piezas y lamentarme. Quejarme. Quejarme de mi mismo y de mi mala suerte por toda la eternidad. Sumergido en un mundo de eterno silencio, destruído ya para siempre, a modo de tumba espacial.

El mundo, la eternidad, el espacio, miles de especies y de generaciones han muerto y yo me preocupo por mi mala suerte de vivir fuera de hora.

Maldita sea mi suerte, mi maldita realidad metálica.

O puede que acabe viniendo alguien después de todo, cuando den las nueve de la mañana del lunes y se abra el taller.

Puede que lo que ocurra sea solo que los robots tenemos muy poca paciencia.

24
Dic
08

La mala noche buena

Hoy quiero brindar

Por aquellos que vuelven a casa solos la noche que se ha dado en llamar

la noche de nochebuena

Los que vuelven antes de las 11 de la noche, cuando en muchas mesas aún no se ha empezado a servir la cena.

Los que vuelven sin paquetes, guardeciendose del frío de la noche

y de la humedad de la niebla.

Pisando vómitos de fiesta

Vuelven solos, a alguna parte.

Un inmigrante va hablando solo, con una mochila al hombro

antes de las 11 de la noche de una nochebuena

Tambien hay un hombre.

Y luego otro

Y luego yo.

Brindo por ellos.

Por un mundo de soledad.

Por nosotros.

20
Dic
08

La Navidad que cayó rara del cielo

Recuerdo esta Navidad, como recuerdo otras Navidades.

Solo que ésta es diferente a las demás. La churrería se esconde bajo un espeso manto de humo, cargado de olor a aceite y fritanga que perfuma dos manzanas a la redonda. A veces, parece que se ha echado a arder. Pero sólo es que humea.

Luces postmodernas y de bajo consumo pretenden adornar las calles haciéndote que te preguntes si merece la pena ver eso cada día, cada noche. Creo que a los niños les gusta. A alguien le ha de gustar. A mí no me importa, pero las miro. Al menos eso, me distrae un poco.

Un poco.

Y luego está la marea humana, enloqueciendo a medida que pasan las horas, enfermos de la fiebre de comprar. Cualquier cosa, a cualquier hora. Algo. Lo que sea, pero que venga envuelto. No importa nada pero hay que llevar algo en los bolsillos. Para Pepe. Para Javier. Para Lucía. Maite. ¿Y para la prima?

Algo, siempre algo.

Una marea de langostinos congelados ha ocupado todos los arcones refrigerados de los supermercados. No puedo evitar una naúsea al ver tanto crustaceo congelado. Me los imagino bajo una enorme ola de mayonesa.

No.

No.

Esta Navidad no hay buenos sentimientos, ni siquiera en la tele. Aunque creo que un programa de televisión se ha esforzado en transformar un almacén en un hogar para huérfanos. ¡Oh, pero que bonito!

No, no veo buenos sentimientos. Cada día me levanto solo para poder acostarme al final del día. Me pongo siempre las mismas botas, para caminar. Caminar mucho. Alejandome del suelo y de la eterna humedad. Camino por las calles y por mi vida, repasando cada día las mismas calles y la misma vida. Mirar las luces me entretiene, pero no me consuela.

¿Y qué es lo que pasará mañana?

¿Mañana?

Me calzaré mis botas, agarraré la mano de mi padre y nos pondremos a caminar las calles otra vez. Como si fuera la primera vez, viéndolo todo como si no lo hubieramos visto nunca. Los nidos de pájaros, los montes bajo las nubes, la Iglesia, la tienda del té, la ría, los árboles llenos de luces azules. Repasando las mismas escenas de la vida y de la ciudad, siempre las mismas.

Te daré un consejo.

Cuenta siempre muchas historias a tus hijos.

Muchas. Todas las que se te ocurran.

Porque tal vez, dentro de mucho tiempo, tú no las recuerdes, pero ellos sí.

Y si llegas a la Navidad, ese año, y ellos recuerdan esas historias, tal vez te las cuenten.

Eso te hará sonreir

un poquito.

Eso es lo que pasará mañana.

Es todo lo que sé.

17
Dic
08

La última ola

La última ola llegó de madrugada.

Cuando pasaban 3 minutos de las 3 y media de la madrugada.

Sólo que nadie se dio cuenta, nadie estaba allí para verlo. Nadie salvo yo, que seguía esperando en la playa. Saltando a veces, por entretenerme, sentada otras veces, por descansar. Dibujando letras en la arena, por decir algo. Escuchando el viento, por si me traía alguna noticia de tí.

Había luna llena, ese día. Lo recuerdo porque sentí su luz acariciandome entre la oscuridad.

Llegó aquella ola, que recibí con placer y pena.

Intuía que era la última, aquella ola.

Sólo yo lo sabía. Y no podía decirselo a nadie. Ni siquiera al mismo mar.

Después, se agitó un poco. Trataba de engañar al mundo chapoteando sin ganas, llamando la atención con pequeñas canciones, gritando por lo bajito que no le abandonaran. Deteniendose poco a poco, sin quererlo.

Poco a poco, sin quererlo.

Le he gritado para que se moviera. He montado una enorme montaña de arena, para provocarle. He fingido indiferencia, incluso dejé de visitarlo durante mucho tiempo. Pero el mar ya no estaba.

Hoy he visto un rastro de espuma, muy pequeñito, en mi ventana, y he bajado a la playa otra vez.

Pero no hay nada. No sé si alegrarme. No, no lo sé.

El mar se ha detenido, aparece pintado como un cuadro.

Dentro de un espejo absurdo.

17
Dic
08

El trabajo que cuesta levantarse cada mañana

Hay una mujer que vende billetes para el autobús dentro de una pequeña cabina de venta de billetes. Es un habitáculo cuadrado, con espacio para un pequeño mostrador, donde ella apoya las manos, una silla donde se sienta, y una persianilla de láminas que le protege del sol que entra por las ventanas. No hay espacio para ponerse en pie. No hay espacio para tener revistas. Ni siquiera queda mucho espacio para poner una foto.

Pero a la mujer eso no le importa, porque tampoco tiene ninguna foto que poner.

-Dos

La mujer, abre un cajón de debajo del mostrador, cuenta dos billetes y los tiende por un pequeño agujerito que da a la calle. El cliente cambia los billetes de autobús por unas monedas. La mujer cuenta las monedas y calcula el cambio. Lo pasa a través del agujerito.

Y luego, reposa las manos en el mostrador  otra vez.

Antes hablaba más. Saludaba. «Buenos días». «Buenas tardes». «Hola». Pero descubrió poco a poco que la gente del otro lado piensa que no hay nadie dentro de esa pequeña cabina de billetes. Y en consecuencia, no saluda. Solo piden los billetes.

Ella es una persona. Tiene forma de persona, aspecto de persona, no hay nada raro en ella. Solo que cada día se mete 8 horas dentro de esa cabina. La mujer mira por la ventana que tiene enfrente. Desde allí tiene una vista privilegiada de la ciudad. Puede ver el cambio de estaciones, ve la gente subir, bajar, a los amantes besarse, a los amantes pelear, a los niños llorar, jugar, pedir, gritar… Ve a las palomas volar, ve como se montan las casetas de la feria, cuando hay feria, y como las desmontan. Ve también atracos callejeros, peleas y accidentes. Pero a nadie le preocupa, porque nadie se da cuenta de que ahí dentro hay alguien.

A veces piensa que su trabajo podría hacerlo una máquina.

Pero una máquina, no podría mirar por la ventana.

Cuando termina su jornada de trabajo, la mujer sale de la cabina, cierra con sus llaves y se monta en uno de esos autobuses para los que vende billetes. Uno de ellos le deja justo a la puerta de su casa, donde entra cada día sin saludar a nadie. No tiene nadie a quien saludar. Durante un tiempo tuvo un gato, pero se escapó un día por la ventana y no supo más de él. De cuando en cuando, deja comida en la ventana, por si viniera su gato.

Los vecinos se quejan, porque la comida se pudre o se la comen las ratas.

A ella no le importa que los vecinos se quejen

Se sienta en su casa, mano sobre mano, a escuchar la radio. La tele no le gusta. Demasiados gritos. Todos gritan mucho en la tele, las comedias, los concursos, los reality shows… Parece que quieren suplir la falta de emoción con gritos.

A ella no le gusta.

Por eso, escucha la radio hasta que le vence el sueño. Luego se duerme. Pasan unas horas y se despierta. Abre los ojos y escucha el ruido de la ciudad detrás de la ventana. Motores de coches, ruido de lluvia, una persiana levantandose… Aún tiene que abrir y cerrar los ojos varias veces hasta convencerse de que hay que levantarse. Otra vez. Y lo hace.

-Dos billetes -ha dicho una mujer esta mañana, al otro lado de su cristal.

Ella sonríe. “Billetes” es una nueva palabra que ha oído hoy. Es bueno cualquier cosa nueva. Le hace sentir que existe.

Aunque cada vez, menos.

03
Dic
08

De traidores y lágrimas

¿Cuánto valen las lágrimas de un traidor?

Más le vale al canalla que no sufra,

porque nadie se apiadará de su dolor

Más le vale que no sienta, porque su pena

sólo servirá como regocijo de los demás

Más le vale que no suplique porque solamente recibirá bofetadas de indiferencia

Nada importa el pasado del traidor, nada el futuro

Más vale que no llore, porque de nada sirven sus lágrimas

¿Cuánto valen las lágrimas de un traidor?

No lo sé

Lo que sé es que las mias

no valen nada




Un Rincón Tranquilo

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