No pretendo quejarme, no malinterpreteis mis palabras. No es la queja algo para lo que haya sido programado. Esta noche, ésta maldita noche, si es que es cierto que ha habido noche, he venido a la consciencia a las 3:33 de la madrugada. Por el momento, soy un amasijo de chips y diodos soldados en una placa base sin terminar de atornillar que yace entre un montón de cables. Ha debido haber un cortocircuito, o tal vez una tormenta eléctrica, o cualquier anomalía cósmica y creo que he empezado a vivir. O al menos, a pensar. El pensamiento no es más que un accidente de impulsos eléctricos que chamuscan algunas terminaciones nerviosas. O algo así.
No hay ningún creador a mi lado. Y por el aspecto de la mesa, no ha debido haberlo hace años. Tal vez siglos. Es como si el tiempo se hubiese detenido o tal vez, ha ocurrido algún desastre nuclear. Es posible que no haya vida, que no quede nada en el planeta. Me quedé a medio terminar en mi mesa de operaciones. Antes de que yo viniera a la vida, terminó la vida de todo el planeta. Debo de ser el ser más patético del universo. Claro que da igual, porque no hay nadie que se pueda burlar de eso. Veo el resto de mi cuerpo diseminado ante mis ojos sin terminar de ajustar. Cables, circuitos, dedos, tuercas. Incluso debe haber una especie de caparazón que me podría servir de cuerpo. Pero sin ensamblar todas ellas son piezas inútiles. Y no hay ninguna mano humana o robótica que pueda terminar el trabajo. No hay mano porque no hay nadie. No hay tiempo, no hay futuro. Ni siquiera hay pasado para mí. Bueno, sí. Las horas que han pasado desde que he tomado conciencia. 15 horas, 38 minutos, 17 segundos.
Estoy vivo y atrapado entre miles de tornillos de desguace. Vivo en un mundo muerto y en descomposición. Vivo mi muerte sin tener nada que hacer por toda la eternidad muerta, sólo mirar mis restos, mis piezas y lamentarme. Quejarme. Quejarme de mi mismo y de mi mala suerte por toda la eternidad. Sumergido en un mundo de eterno silencio, destruído ya para siempre, a modo de tumba espacial.
El mundo, la eternidad, el espacio, miles de especies y de generaciones han muerto y yo me preocupo por mi mala suerte de vivir fuera de hora.
Maldita sea mi suerte, mi maldita realidad metálica.
O puede que acabe viniendo alguien después de todo, cuando den las nueve de la mañana del lunes y se abra el taller.
Puede que lo que ocurra sea solo que los robots tenemos muy poca paciencia.


Las cosas que dicen