Me di cuenta aquella misma tarde, de golpe. Uno de esos pensamientos que de pronto cruzan tu mente como una estrella fugaz. Rápido, lacerante. Y una vez que ha pasado, deja en ti una huella.
Ya no volveremos a ver las luces de navidad.
Y después… ¿Qué veremos?
Como cada día, voy a buscar a mi padre a la casa vieja. Mi madre siempre lo tiene preparado para cuando yo llego y me aguarda de pie, en la cocina.
No sonríe. Nadie sonríe.
Cuando me ve llegar intenta en vano abrocharse el abrigo, como si sus manos fueran demasiado torpes para acertar con la cremallera. A pesar de eso, lo intenta infatigable.
-Trae, trae, quita.
Es ella quien consigue finalmente atarle la cremallera.
-¿Llevas la llave?
-Sí. -contesto.
Meto en el bolsillo la tarjeta de metro, el bono para el ascensor y 5 euros. Ahora no llevo bolso, me molesta. Prefiero llevarlo todo en los bolsillos aunque aparezcan abultados y poco estéticos.
-Vamos.
Entramos en el ascensor. Él se coloca siempre en una esquina y no dice nada.
-¿Qué tal has estado hoy? -le digo mientras acaricio varias veces uno de sus brazos. Procuro que él note el roce debajo de tanta ropa. Creo que espera ese contacto, como si no tuviera muchos. O como si necesitara muchos.
-Bien. Bien. Bien.
No suele decir nunca muchas más cosas. Ya no es posible mantener una conversación con él y él lo sabe. Creo que por eso se muestra tan atento cuando siente que alguien le toca. Creo que sólo ese débil contacto le hace recuperar la sensación de seguir vivo.
Entonces, le doy un abrazo y un beso que él no devuelve nunca.
-¿Bien?
-Bien.
-Vamos pues.
Salimos del ascensor y no parece que él esté tan enfermo. Los vecinos (algunos) lo saben y nos miran entre curiosos y con un deje de lástima.
«Ahí va el del 12. No se entera de nada el pobre. Hay que ver, qué mala es la vida, dónde te hace llegar»
Voy guiando sus pasos con cuidado de que no tropiece por las escaleras. Pero de momento no hay ese problema. Baja bien. No quiere entretenerse nunca en el portal, quiere salir lo antes posible.
Y salimos.
-¿Qué te parece si hoy bajamos al centro? -como si algún día hicieramos otra cosa.
-Bien. Me parece bien.
-Venga, dame la mano.
Él siempre tiene la mano caliente. Entrelazamos los dedos y comenzamos a caminar.
Es día 7 de Enero y ya han terminado las fiestas. Las luces continuan fantasmagóricas y apagadas balanceandose de las fachadas.
-Ya se ha acabado la Navidad, así que ya no habrá luces. ¿Te acuerdas de las luces?
-¿Las luces?
-Sí, esas luces de Navidad. ¿No te acuerdas que había muchos árboles iluminados con luces azules?
-Sí. Sí. Me acuerdo. -miente él mirando al frente.
Es entonces cuando me doy cuenta que ya no volverá a ver las luces. Aunque siga vivo hasta fin de año, no será capaz de verlas. Tal vez, ni siquiera pueda andar. Este año ha sido el último -pienso- y no siempre sabe uno cuándo será la última vez que hace una cosa. Me pregunto si soy afortunada al saberlo.
¿Y qué más da?
El alzhemier ha ido destruyendo cruelmente todas las conexiones en su cabeza. Poco a poco, como si algún Dios malvado disfrutara burlandose de los pobres desmemoriados.
Lo que en un principio, hace ya unos 6 años, comenzó siendo una sucesión de pequeños despistes, despistes cotidianos, como no saber dónde has dejado las llaves, o las gafas, o no encontrar las zapatillas, ha ido degenerando poco a poco hasta comerse todos sus recuerdos.
Al principio lo negaba. Pero creo que eso es lo que hace siempre el ser humano cuando le ocurre algo. Negación.
No, no me está pasando. Sólo es un fallo, pero lo solucionaré.
No tengo Alzheimer.
No voy a morir.
No le pasa nada a mi matrimonio.
No.
La negación es siempre la primera reacción a un problema. Hasta no superarlo, hasta no desterrar ese «No» de la cabeza, no hay modo de solucionarlo.
Claro que no siempre hay solución.
Mi padre iba perdiendolo todo en forma de desinterés. Un día descubrió que ya no le gustaba el fútbol, (con lo que era él, que no se perdía un partido), ni ver los Sanfermines por la tele cada día, ni jugar al ajedrez, ni leer libros, (libros, cuántos libros tenía, cómo le gustaba devorarlos, comentarlos, releerlos…) ni siquiera hacer crucigramas.
Decían que hacer crucigramas era muy bueno, que mantenía la mente activa.
Desde luego, no será porque él no hizo crucigramas, ¡tenía cientos de ellos esparcidos por toda la casa!
Ahora es incapaz de entender uno.
Pero el Alzheimer no se contenta con quitarte la ilusión por hacer las cosas que te gustan. También va robando los nombres de las cosas. Sabes lo que es una cosa, pero eres incapaz de nombrarla. Los médicos han optado en llamar a eso afasia, y después a clasificarla. Los médicos siempre clasifican las cosas, es su trabajo.
Pues bien. Cuando mi padre no sabía cómo se llamaba una cuchara sufría de afasia. Y esa afasia luego, afectó al resto de cosas y llegó a los seres queridos. Conocía la cara pero no el nombre. «¿Eres tú?» «¿Soy yo?».
Ahora creo que todas las caras le parecen iguales. Como si de pronto hubiera desembarcado en Oriente. O si eres oriental, de pronto desembarcas en Occidente, tanto da.
Al principio yo no quería ver cómo la enfermedad estaba destruyendo a mi padre. Lo reconozco. No quería implicarme. Quería fingir que todo seguía igual. Despés de todo, yo tampoco tenía mucha relación con ellos. Pasaban mucho tiempo fuera y el tiempo que estaban aquí, apenas nos veíamos en ocasiones especiales. Yo prefería vivir mi vida, esa extraña vida que me envolvía y que yo trataba de descifrar. Porque ahora que lo pienso, (ahora tengo mucho tiempo para pensar), lo que yo deseaba era encontrar mi vida. No me quería conformar con el designio que me habían preparado, y eso que era un buen designio. Cómodo. Triunfal, se podría decir.
Yo tenía 30 años. Y no sabía vivir. Sólo estar viva.
Ahora tengo 40.
Tengo 40 años y paseo con mi padre octogenario por las calles, agarrandole de la mano, pisando siempre el mismo suelo, rumbo a ninguna parte, desorientado él y desorientada yo. Sin nada que hacer al llegar. Sin llegar nunca y luego volver.
Estamos los dos igual de solos. Lo que pasa, es que en mi caso, yo lo he elegido.
Recuerdo cuando se iluminaron las calles el mes pasado. Pensé que todas aquellas luces nos animarían. Siempre es bonito ver la ciudad adornada, uno se distrae más.
Ya no habrá más luces.
¿Y qué habrá ahora?
Las cosas que dicen