Archivos para Enero 2009

15
Ene
09

Insomnio

«Uno hace todo lo que tiene que hacer, se mete en la cama, busca postura, cierra los ojos, está cansado, muy cansado, pero aún así no me entra el sueño. No sé. Es como si se me hubiera olvidado dormir».

Cita de un insomne profesional.

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Seguramente el insomnio entra dentro de algun tipo de maldición infernal. Una tortura doméstica casi siempre incomprendida, porque es imposible encontrarle una causa.

Padre tiene muchos problemas para dormir. Se acuesta pronto y se queda dormido, agotado después del día, pero unas pocas horas después se levanta y no encuentra un sitio para quedarse. Entonces sale de la cama y vaga dando vueltas por el pasillo, perdiendose por las habitaciones, preguntandose qué es lo que está haciendo ahí y por qué algo va tan mal. Porque sin duda, algo va mal, muy mal.

Y recorre el pasillo arriba y abajo, hasta que cae rendido de nuevo a las nueve de la mañana. Y la tortura vuelve a empezar.

 

Yo padecí de insomnio antes de empezar siquiera a pensar en separarme. De pronto no podía dormir por las noches, y tenía esa sensación de haberme olvidado de cómo se duerme.

-¿Y por qué no duermes?

-No lo sé.

Porque yo no lo sabía.

No soy capaz de analizar una mente, ni las razones que le inducen a no permitir que el cuerpo descanse, como si estuviera enfadada con su propio cuerpo y quisiera castigarlo de la peor manera que se le ocurre.

Ahora no me desespero tanto cuando encuentro una noche de insomnio en mi camino. La padezco con resignación mirando el reloj que deja pasar sus minutos lentamente, asesinando la noche para que yo no descanse.

Tengo sueño, hoy no he dormido. Lucho por mantener los ojos abiertos y una expresión alegre en la cara mientras voy a buscar a padre, como cada día

 

-¿Qué tal has pasado la noche? -le pregunto cuando le encuentro como siempre, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.

-Bien. He pasado bien.

-¿Bien?

-Sí.

Está nervioso, se le nota. Mira al frente deseando que termine en algún momento esa maldita sensación de angustia que no le deja dormir. Ni vivir. No quiere hablar y la verdad es que a mi tampoco me apetece intercambiar palabras.

-Yo tampoco he dormido bien esta noche -digo al fín.

Y confío que la noche siguiente, quienquiera que sea que se ocupe de repartir el sueño, se acuerde de nosotros.

08
Ene
09

Después de las luces

Me di cuenta aquella misma tarde, de golpe. Uno de esos pensamientos que de pronto cruzan tu mente como una estrella fugaz. Rápido, lacerante. Y una vez que ha pasado, deja en ti una huella.
Ya no volveremos a ver las luces de navidad.
Y después… ¿Qué veremos?

Como cada día, voy a buscar a mi padre a la casa vieja. Mi madre siempre lo tiene preparado para cuando yo llego y me aguarda de pie, en la cocina.
No sonríe. Nadie sonríe.
Cuando me ve llegar intenta en vano abrocharse el abrigo, como si sus manos fueran demasiado torpes para acertar con la cremallera. A pesar de eso, lo intenta infatigable.
-Trae, trae, quita.
Es ella quien consigue finalmente atarle la cremallera.
-¿Llevas la llave?
-Sí. -contesto.
Meto en el bolsillo la tarjeta de metro, el bono para el ascensor y 5 euros. Ahora no llevo bolso, me molesta. Prefiero llevarlo todo en los bolsillos aunque aparezcan abultados y poco estéticos.
-Vamos.
Entramos en el ascensor. Él se coloca siempre en una esquina y no dice nada.
-¿Qué tal has estado hoy? -le digo mientras acaricio varias veces uno de sus brazos. Procuro que él note el roce debajo de tanta ropa. Creo que espera ese contacto, como si no tuviera muchos. O como si necesitara muchos.
-Bien. Bien. Bien.
No suele decir nunca muchas más cosas. Ya no es posible mantener una conversación con él y él lo sabe. Creo que por eso se muestra tan atento cuando siente que alguien le toca. Creo que sólo ese débil contacto le hace recuperar la sensación de seguir vivo.
Entonces, le doy un abrazo y un beso que él no devuelve nunca.
-¿Bien?
-Bien.
-Vamos pues.
Salimos del ascensor y no parece que él esté tan enfermo. Los vecinos (algunos) lo saben y nos miran entre curiosos y con un deje de lástima.
«Ahí va el del 12. No se entera de nada el pobre. Hay que ver, qué mala es la vida, dónde te hace llegar»
Voy guiando sus pasos con cuidado de que no tropiece por las escaleras. Pero de momento no hay ese problema. Baja bien. No quiere entretenerse nunca en el portal, quiere salir lo antes posible.
Y salimos.
-¿Qué te parece si hoy bajamos al centro? -como si algún día hicieramos otra cosa.
-Bien. Me parece bien.
-Venga, dame la mano.
Él siempre tiene la mano caliente. Entrelazamos los dedos y comenzamos a caminar.
Es día 7 de Enero y ya han terminado las fiestas. Las luces continuan fantasmagóricas y apagadas balanceandose de las fachadas.
-Ya se ha acabado la Navidad, así que ya no habrá luces. ¿Te acuerdas de las luces?
-¿Las luces?
-Sí, esas luces de Navidad. ¿No te acuerdas que había muchos árboles iluminados con luces azules?
-Sí. Sí. Me acuerdo. -miente él mirando al frente.

Es entonces cuando me doy cuenta que ya no volverá a ver las luces. Aunque siga vivo hasta fin de año, no será capaz de verlas. Tal vez, ni siquiera pueda andar. Este año ha sido el último -pienso- y no siempre sabe uno cuándo será la última vez que hace una cosa. Me pregunto si soy afortunada al saberlo.
¿Y qué más da?

El alzhemier ha ido destruyendo cruelmente todas las conexiones en su cabeza. Poco a poco, como si algún Dios malvado disfrutara burlandose de los pobres desmemoriados.
Lo que en un principio, hace ya unos 6 años, comenzó siendo una sucesión de pequeños despistes, despistes cotidianos, como no saber dónde has dejado las llaves, o las gafas, o no encontrar las zapatillas, ha ido degenerando poco a poco hasta comerse todos sus recuerdos.
Al principio lo negaba. Pero creo que eso es lo que hace siempre el ser humano cuando le ocurre algo. Negación.
No, no me está pasando. Sólo es un fallo, pero lo solucionaré.
No tengo Alzheimer.
No voy a morir.
No le pasa nada a mi matrimonio.
No.
La negación es siempre la primera reacción a un problema. Hasta no superarlo, hasta no desterrar ese «No» de la cabeza, no hay modo de solucionarlo.
Claro que no siempre hay solución.

Mi padre iba perdiendolo todo en forma de desinterés. Un día descubrió que ya no le gustaba el fútbol, (con lo que era él, que no se perdía un partido), ni ver los Sanfermines por la tele cada día, ni jugar al ajedrez, ni leer libros, (libros, cuántos libros tenía, cómo le gustaba devorarlos, comentarlos, releerlos…) ni siquiera hacer crucigramas.
Decían que hacer crucigramas era muy bueno, que mantenía la mente activa.
Desde luego, no será porque él no hizo crucigramas, ¡tenía cientos de ellos esparcidos por toda la casa!
Ahora es incapaz de entender uno.

Pero el Alzheimer no se contenta con quitarte la ilusión por hacer las cosas que te gustan. También va robando los nombres de las cosas. Sabes lo que es una cosa, pero eres incapaz de nombrarla. Los médicos han optado en llamar a eso afasia, y después a clasificarla. Los médicos siempre clasifican las cosas, es su trabajo.
Pues bien. Cuando mi padre no sabía cómo se llamaba una cuchara sufría de afasia. Y esa afasia luego, afectó al resto de cosas y llegó a los seres queridos. Conocía la cara pero no el nombre. «¿Eres tú?» «¿Soy yo?».
Ahora creo que todas las caras le parecen iguales. Como si de pronto hubiera desembarcado en Oriente. O si eres oriental, de pronto desembarcas en Occidente, tanto da.

Al principio yo no quería ver cómo la enfermedad estaba destruyendo a mi padre. Lo reconozco. No quería implicarme. Quería fingir que todo seguía igual. Despés de todo, yo tampoco tenía mucha relación con ellos. Pasaban mucho tiempo fuera y el tiempo que estaban aquí, apenas nos veíamos en ocasiones especiales. Yo prefería vivir mi vida, esa extraña vida que me envolvía y que yo trataba de descifrar. Porque ahora que lo pienso, (ahora tengo mucho tiempo para pensar), lo que yo deseaba era encontrar mi vida. No me quería conformar con el designio que me habían preparado, y eso que era un buen designio. Cómodo. Triunfal, se podría decir.

Yo tenía 30 años. Y no sabía vivir. Sólo estar viva.
Ahora tengo 40.

Tengo 40 años y paseo con mi padre octogenario por las calles, agarrandole de la mano, pisando siempre el mismo suelo, rumbo a ninguna parte, desorientado él y desorientada yo. Sin nada que hacer al llegar. Sin llegar nunca y luego volver.
Estamos los dos igual de solos. Lo que pasa, es que en mi caso, yo lo he elegido.

Recuerdo cuando se iluminaron las calles el mes pasado. Pensé que todas aquellas luces nos animarían. Siempre es bonito ver la ciudad adornada, uno se distrae más.
Ya no habrá más luces.
¿Y qué habrá ahora?

01
Ene
09

La ameba

«Pide un deseo»


dijo una voz desde el fondo de alguna parte.
Y mi cabeza se puso a saltar frenéticamente, buscando un deseo importante, algo digno de ser deseado. No todos los días se le ofrece a uno la posibilidad de cumplir un deseo.
«Pide un deseo, forma de vida compuesta de Carbono.»


Eso ya suena peor. Analizar la composición de uno lo denigra. Quiere decir que el que ofrece el deseo, está compuesto de otra cosa que no es Carbono. Bueno, por eso tal vez, pueda conceder deseos.
Sigo pensando.
¿Dinero? Todo el mundo quiere dinero. Dinero es algo bueno. Quita problemas. Si tienes mucho dinero no te hace falta pensar. Sí, el dinero es una buena cosa. Espera. Espera.
¿Salud? La salud es muy importante. La base de todo en realidad. Como falle, ya da igual el dinero y todo lo demás. Hace falta ser tonto para no preocuparse por eso, para no cuidarse… Pero tambien es cierto que solamente pide salud aquel que no la tiene.
Seguramente, porque la salud es básico sí. Pero no apacigua el alma.
¿Amor? Ya solo queda eso. el amor, ¿no? es lo que dicen.
Con el amor uno vive ilusionado, pleno.
Eso al menos, los primeros días.
Pero algún demonio malparido decidio crear al amor con fecha de caducidad. Y le otorgó la virtud de destrozar emocionalmente a todos los enamorados desenamorados.
¿Felicidad?
Si tienes felicidad, lo tienes todo. No te hace falta ni dinero, ni salud ni amor, ya que eres feliz.
«Pide un deseo»


dice con un tono insistente y autoritario esa voz tan rara.
Ya voy, ya voy. Estoy pensando.
Felicidad es lo mejor, si. Creo que pediré eso.
-Quiero ser feliz.

«Tú no puedes serlo.»
-¿Por qué?
«Tu mente se preocupa demasiado. Del final. De los problemas. Del futuro. Tu mente no puede ser feliz. Las hormigas pueden ser felices. Algunas amebas también. Pero eso es porque no piensan. Si uno piensa, la felicidad se espanta.»
-Esta bien. Dinero. Elijo tener mucho dinero.
«Creo que eso, querida, no lo necesitas.»

Y la voz desapareció en alguna parte.

Va a resultar -pienso- que tampoco existen los deseos. Si tengo ocasión, en la próxima vida me pido ser una ameba.

01
Ene
09

El día uno de enero

Silencio.

Eso es lo que suele gritar la calle en su resaca del día uno de enero.

Supongo que eso mismo es lo que gritan todos aquellos que han pasado la noche en un espasmo obligatorio de fiesta. O no tan obligatorio. No sé. Ya no me acuerdo de lo que era eso.

Silencio.

Es el grito que oigo en mi cabeza. No quiere hablar, hoy no.

Es lo que le digo al tiempo cuando me pregunta por lo que va a ser el año dosmilnueve.

Silencio, hoy.

Silencio.




Un Rincón Tranquilo

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