Archivos para Febrero 2009

25
Feb
09

El color de la sangre

Son las 10 de la mañana. Una mujer arrastra un carro de la compra en el medio de la ciudad. Parece únicamente eso. Una mujer que arrastra un carro de la compra en el medio de la ciudad. Pero mira únicamente al suelo.

Al suelo.

Se apresura a llegar a su casa. Busca la llave, abre la puerta, arrastra el carrito por el primer tramo de escaleras, se le atasca, se para, retrocede. Abre la puerta interior del portal. Intenta agarrar su carrito, tiembla, lo endereza, el carrito pierde el equilibrio.

Ella tiembla.

Se detiene un momento. Gracias a Dios (o a quien sea) está sola. Recupera el control en unos segundos pero nota con disgusto que los ojos se le llenan de lágrimas. Así no se puede recuperar el control. Continúa subiendo el carrito por el resto de escaleras. Llora, llora, llora. Y se apresura a entrar en el ascensor llorando y rogando por que no haya nadie arriba, nadie que pueda verla.

No hay nadie.

Entra en su casa, cierra la puerta, descarga su compra, busca una cerveza.

Bebe.

Son las 10 de la mañana.

Ojalá supiera fumar

Piensa.

Y recuerda entonces un periquito que tuvo de niña. Uno de color amarillo. Rocky, se llamaba, porque bailaba mucho. Ese periquito, de viejo, le dio por picarse una pata a él mismo. Se hacía sangrar.

Los periódicos que recogían los excrementos del pájaro estaban manchados de sangre. Y Rocky se picaba a sí mismo la pata, deformándosela, convirtiéndose a sí mismo en inválido. Mortificándose

Pobre, está loco.

Pobre.

No se puede hacer nada por él.

Pobre.

Y uno se preguntaba por qué un animal podía llegar a mortificarse tanto, como si no quisiera vivir ya.

O algo así.

Y también se preguntaba, cuánta sangre puede tener un pájaro tan pequeño. Y por qué la sangre es tan, tan oscura.

Rocky murió, claro. Y se fue por el váter. No sé por qué a los animales se les tira por el váter. Será que hay una especie de cementerio de mascotas en las alcantarillas.

No sé por qué me he acordado ahora de Rocky, del color de la sangre y de las alcantarillas.

La mujer apura de un trago la cerveza y va a por otra.

Y piensa.

Ojalá supiera fumar.

25
Feb
09

Un buen día para morir

El árbol que crecía detrás del muro, ese que llevaba ahí toda la vida, ese árbol, ese.

Recuerdo cuando el árbol era joven, y yo también lo era. Recuerdo tardes nubladas y de calor, esperando la tormenta. Yo hacía comiditas de barro y piedras para amigos invisibles al lado de aquel árbol. Pero nunca hablaba con él. ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Sólo era un árbol!

Era demasiado pequeño para dar sombra entonces, aquel árbol. Recuerdo aquellos veranos en los que yo corría con aquel vestido blanco jugando a que era un caballo que podía volar. Mi pelo era demasiado liso. Mis pies demasiado grandes. Mi mirada demasiado triste. Tal vez por eso no podía, tal vez.

Nadie sabe por qué uno no puede volar.

El árbol creció sólo, ahí, detrás del muro. Ajeno al resto del mundo, exactamente igual que yo. No me preocupaba de él del mismo modo que él no se preocupaba por mí. Ni por nadie. Un árbol sólo se preocupa de crecer.

Y creció mucho, en algún momento, pero eso tampoco importó nunca a nadie.

Creo que el árbol ha muerto hoy. No sé si hay un día especial en el que mueren los árboles, o es una suma de días y de tormentas lo que los hace morir. El árbol ha muerto solo ahí, detrás del muro. Y ahora es cuando me he dado cuenta de todo lo que creció su tronco. De lo que se retorció. De la sed que pasó los veranos, de cómo aguantó la riada aquel invierno.

No creo que la primavera consiga despertarlo este año, tal es el daño que tienen sus raices. Una plaga, tal vez. No lo sé. Me parece que eso no importa a nadie.

El árbol murió solo.

Pero…

¿De qué otra forma puede morir un árbol?

17
Feb
09

Conversación con malnacida

A veces uno se encuentra con alguien que hace mucho tiempo que no ve, y es imposible evitar una conversación.

-¿Qué tal todo?

Decir que todo va bien es la mejor manera de hacer que la gente no siga preguntando. Si dices que va bien, como mucho, el interlocutor pregunta «¿Bien?» Y tú dices «Bien». Y ahí debería acabarse la conversación. Si dices que te va mal, entonces se pueden abrir nuevas preguntas «¿Mal? ¿Por qué? ¿Qué te pasa?» Y entonces, debes seguir explicando por qué tal cosa o tal otra.

-Bien, todo va bien.

-Ah, me alegro.

Y hay una pausa que pretendes aprovechar con un rápido movimiento de huída. Y entonces, el interlocutor añade

-¿Y qué tal tu padre? ¿Va mejorando?

-No. Mi padre se está muriendo. No puede ir a mejor, cada vez se va deteriorando más. Dicen que acabará en posición fetal y siendo alimentado por sonda. Pero aún puede comer por si mismo.

-Pobre, así que aún puede estar así mucho tiempo ¿no?

(Cabrona)

-Sí.

-¿Y el trabajo?

-Bien.

Busco la forma de salir. Tengo prisa.

-¿Sigues en el mismo sitio de antes? Ya no te veo salir en coche por las mañanas.

-La verdad es que estoy en paro.

-Huy, qué mala época para eso, ¿no?

(Cabrona, cabrona)

-Sí.

-Y dicen que va a durar mucho la crisis, ¿habías oído?

-Tengo que irme ya…

-Pero tu marido sigue trabajando en el mismo sitio ¿no? ¿No trabajabais juntos?

-Él sigue trabajando, sí.

-¿Y cómo es que él sigue trabajando y tú no? ¿Tan mal van las cosas?

-La verdad es que nos hemos separado.

-Vaya, ¿Y qué tal se lo ha tomado la niña?

(Hijadeputa)

-Bien. Tengo que irme.

-Los niños son siempre los que más sufren.

-Sí, es cierto -busco desesperadamente una forma de salir de allí.

-Tienes mala cara. ¿No estarás preñada?

-No, eso no.

-Vaya, pues enhorabuena.

-Gracias.

-Pues nada. A ver si nos van mejor las cosas la próxima vez que nos veamos.

(Maldita cabrona hijadeputa).

13
Feb
09

Cerca del final

Amargo, sabor amargo.

Como cuando te tomas una pastilla machacada que te deja enganchado en el paladar el sabor de la bilis.

Así es como me siento al salir de esa habitación, y doy pasos apresurados, queriendo quitarmelo de encima. Cuatro, cinco, seis, siete pasos. Ocho. El ascensor. La luz roja me avisa que está ocupado. Siempre está ocupado. No quiero esperar. No. Bajo las escaleras pero estas tampoco logran disolver la amargura de mi boca. Uno, dos, tres pisos. Llego abajo.

Dos fornidos celadores sujetan a una vieja mujer por los brazos. Ella ruega, suplica que le dejen salir de allí.

Llora.

Consiguen meterla a una habitación por una puerta en la que hay que teclear un código para que se abra. Uno de los celadores me mira y sonríe. Y su sonrisa dice «Pobre, está loca».

Yo no le devuelvo la sonrisa. En su lugar, busco con la mirada el hombre de detrás de la mesa de la recepción. No hay hombre, es una mujer, se ve que han cambiado de turno. Ella me abre la puerta apretando un timbre bajo la mesa.

Empujo, empujo la puerta. Se abre.

La bofetada de aire fresco no es suficiente para quitarme la sensación de la cabeza y mi mano busca nerviosa el teléfono móvil. Quiero oir una voz que me lave la pena que llevo dentro.

Él está en el tercer piso de un edificio viejo que parece un hospital pero que no lo es. Cuando le veo, mis ojos visten el cuerpo del hombre que un día fue mi padre de la dignidad que la enfermedad y los médicos se han empeñado en despojar.

Los huesos van tomando cada vez más importancia en ese cuerpo, ya asoman por todas partes bajo la piel. Piel cubierta de manchas, cicatrices y llagas. Piel que baila brillante sobre los huesos cuando la tocas. O si él se quiere rascar.

Atado, siempre está atado. «Es por su bien» «Lo sé, sí». Atado a la cama, atado a la silla, atado a la sonda.

El rostro desnudo de sonrisas, la mirada siempre baja. Es difícil saber si duerme o sólo es que no desea mirarte a la cara. Pero últimamente, casi siempre está dormido.

A veces se mueve haciendo ver que sigue vivo, en un esfuerzo que tal vez podría considerarse titánico. ¿Merece la pena vivir si sabes que no vas a volver nunca a sonreir? Ni una sola sonrisa. Nada. ¿Merece la pena?

-¿Hasta cuándo va a durar esto?

-Calla, no digas eso.

Y yo, callo.




Un Rincón Tranquilo

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