Son las 10 de la mañana. Una mujer arrastra un carro de la compra en el medio de la ciudad. Parece únicamente eso. Una mujer que arrastra un carro de la compra en el medio de la ciudad. Pero mira únicamente al suelo.
Al suelo.
Se apresura a llegar a su casa. Busca la llave, abre la puerta, arrastra el carrito por el primer tramo de escaleras, se le atasca, se para, retrocede. Abre la puerta interior del portal. Intenta agarrar su carrito, tiembla, lo endereza, el carrito pierde el equilibrio.
Ella tiembla.
Se detiene un momento. Gracias a Dios (o a quien sea) está sola. Recupera el control en unos segundos pero nota con disgusto que los ojos se le llenan de lágrimas. Así no se puede recuperar el control. Continúa subiendo el carrito por el resto de escaleras. Llora, llora, llora. Y se apresura a entrar en el ascensor llorando y rogando por que no haya nadie arriba, nadie que pueda verla.
No hay nadie.
Entra en su casa, cierra la puerta, descarga su compra, busca una cerveza.
Bebe.
Son las 10 de la mañana.
Ojalá supiera fumar
Piensa.
Y recuerda entonces un periquito que tuvo de niña. Uno de color amarillo. Rocky, se llamaba, porque bailaba mucho. Ese periquito, de viejo, le dio por picarse una pata a él mismo. Se hacía sangrar.
Los periódicos que recogían los excrementos del pájaro estaban manchados de sangre. Y Rocky se picaba a sí mismo la pata, deformándosela, convirtiéndose a sí mismo en inválido. Mortificándose
Pobre, está loco.
Pobre.
No se puede hacer nada por él.
Pobre.
Y uno se preguntaba por qué un animal podía llegar a mortificarse tanto, como si no quisiera vivir ya.
O algo así.
Y también se preguntaba, cuánta sangre puede tener un pájaro tan pequeño. Y por qué la sangre es tan, tan oscura.
Rocky murió, claro. Y se fue por el váter. No sé por qué a los animales se les tira por el váter. Será que hay una especie de cementerio de mascotas en las alcantarillas.
No sé por qué me he acordado ahora de Rocky, del color de la sangre y de las alcantarillas.
La mujer apura de un trago la cerveza y va a por otra.
Y piensa.
Ojalá supiera fumar.


Las cosas que dicen