Archivos para Abril 2009

28
Abr
09

El hombre con dos manos izquierdas. (y la mujer con dos manos derechas)

Algunos pecados son tan terribles que no pueden esperar al Infierno para ser expiados.

Esto era lo que pensaba Pascuala Sandiego, exiliada durante años en una casa de las afueras de la que se había convertido a la vez en prisionera y guardiana, ya que no permitía entrar o salir a nadie bajo ningún concepto.

Cuentan que todo comenzó hace unos ochenta años, cuando vino al mundo la primera hija de los Sandiego a la que quedaron en llamar Pascuala. Se dice que ella fue el fruto de una relación incestuosa entre hermanos y que por ese motivo, Pascuala había nacido con una pierna más larga que otra y con los pulgares atrofiados. Dijeron que su desfiguración era un castigo al pecado carnal de sus padres y la tacharon de maldita. La mujer, de fuerte carácter, no se dejó amilanar y consiguió salir adelante a pesar de su deformidad. Pero el destino puso en su camino al tío Ántico, que la cortejaba infatigable por los salones de la casa, y así fue como Pascuala quedó embarazada de su único hijo Ernesto.

Descubrieron las matronas con horror que el niño había nacido con una deformidad al final de la columna vertebral que se asemejaba a una cola. Pascuala, supo en seguida que aquello era fruto de la maldición y en seguida pensó que el niño era una reencarnación del diablo. Lo primero que se le ocurrió fue deshacerse de él y terminar así con la condena de la familia. Sin embargo, nadie tuvo valor suficiente para matar a la criatura, de modo que decidieron esconder al niño en la casa hasta el fin de sus días. El niño creció con la única compañía de una tía soltera, su madre y su abuela, y cuentan que una vez tuvo la edad suficiente, dejó preñada a su tía tras una noche de desenfreno y alcohol.

La tía parió a los nueve meses una criatura que bien podría tratarse de un esperpento de feria. Hubieran sido hermanas gemelas, pero a pesar de tener dos cabezas y dos cuerpos, ambas estaban unidas a la altura de las caderas, compartiendo piernas.

Tampoco en esta ocasión nadie tuvo valor de acabar con las niñas, que crecieron en cautividad al igual que su padre. Pascuala se veía envejecer encerrada en la casa con aquella colección de engendros familiares que ella se empeñaba en apartar del mundo.

Con el paso del tiempo, las niñas, se transformaron ante los ojos atónitos de su abuela en dos despampanantes medias-bellezas que además, parecían poseídas por algún espíritu infernal lujurioso, ya que disfrutaban haciéndose ver a través de las ventanas mientras se desnudaban. Ese inusual espectáculo llamó la atención de Joaquín, un cartero que era uno de los pocos seres humanos con acceso a la vivienda. El iluso Joaquín no supo resistirse a la inmensa atracción que le suponía copular con una mujer de dos cuerpos y con dos cabezas. Se materializaba así su fantasía sexual de satisfacer a dos mujeres a la vez con sus embestidas.
Los encuentros amatorios, aunque breves, eran bastante frecuentes, y cómo no, el cartero terminó por embarazar a sus amantes. O a su amante, si se la miraba por abajo.

Ni que decir tiene que la vieja Pascuala estalló en cólera y recluyó a las gemelas en la habitación más alta en espera de la siguiente generación maldita.

Nueve meses después vino al mundo un niño aparentemente normal. Pascuala miró su espalda en busca de alguna cola, por si hubiera salido a su abuelo, sus pulgares no eran deformes y sus piernas eran de la misma longitud, así que tampoco había salido a ella. No parecía sufrir ningún castigo del Señor. El detalle vino después, cuando intentó colocarle los primeros guantes y vio que solo le encajaba uno.

El niño tenía dos manos izquierdas.

«Está bien –pensó Pascuala– nadie tiene por que darse cuenta. Es el niño más normal que he visto en tres generaciones. Yo me ocuparé mientras viva de que no se junte con ningún familiar y así terminaré con la maldición.»

Era un lunes de mañana cuando el albacea de la difunta Pascuala llamó a los herederos y pasó a leer su legado. Matías, el hombre de las dos manos izquierdas, se hizo con la casa y los terrenos, y todo el ajuar que en ese momento hubiera. El dinero recayó sobre Ernestina, una prima lejana a la que no conocía y que curiosamente, tenía dos manos derechas. Pascuala en su esfuerzo por acabar con la maldición, se había cuidado de mantenerla lejos del alcance de Matías.

Hasta entonces.

23
Abr
09

El país de las Maravillas

El viejo y loco hacedor de sombreros rie estúpidamente mientras sirve otra taza de té. Está de buen humor y eso es bueno, piensa Alicia. Hace tiempo que ella está atrapada en esa horrible casa de la que no puede salir por más que lo intente, como en una pesadilla. El hombre se empeña en que ella beba, pero él siempre derrama el contenido de su propia taza. El suelo está sucio, la mesa está sucia, el aire está sucio. Alicia suspira. Desea llorar, pero cree que es mejor no hacerlo.

Nadie dijo que el País de las Maravillas fuera algo bueno, después de todo. Uno termina deseando escapar de cualquier parte.

El viejo loco se quita el sombrero y llena su taza de té. Una baba le cae por la cara, entre su barba descuidada de tres días. Ríe y su voz es chillona, da algo de miedo.

-¡Vamos niña! -grita- ¡Bebe! Aquí todo el mundo es feliz.

Alicia encuentra entonces una galleta en medio de la mesa. Tiene forma de Popeye, y no se lo piensa.

Con el primer bocado crece tres veces su tamaño. Con el segundo, quince veces. Con el tercero, es una gigante de cien metros.

Todo es cuestión de perspectiva. Si uno es grande, los problemas se  hacen pequeños, la gente deja de ser un problema y las cosas no tienen ninguna importancia. Todo se puede destruir y destruir es divertido. Alicia es ahora un monstruo despiadado y cruel que no duda en acabar de un pisotón con la casa del viejo cose-sombreros y ahoga al sátiro enano con un escupitajo. Le gusta verle retorcerse y suplicar piedad. Es genial ser grande.

Ahora sí que parece que ocurren maravillas, ahora la suerte está de su parte. La niña se  comporta como lo podría hacer un malvado Ogro de cuento. Da igual, esto es una pesadilla de todas formas.

Alicia sabe que no le durarán mucho los efectos de la galleta, y que en cuanto vuelva a su tamaño normal y alguien pueda abusar de ella, lo hará. Debe aprovechar el tiempo y destruirlo todo a su alrededor. Todo. Así nada le hará daño.

Y los efectos se pasan, claro que sí. Alicia vuelve a su tamaño de niña pequeña, tal vez algo más bajita que lo habitual. Ahora tiene que huir, hay un gato con una enorme sonrisa que parece querer burlarse de ella, tal vez, robarla, o algo peor. Y hay unas cartas gigantes que la están buscando.

Ojalá alguien le indicara la salida mas cercana del Pais de las maravillas.

13
Abr
09

La moraleja

-¿Qué tal, tía? ¿Cómo está?

-Ya lo ves. Sigue dormido. Ven que te de dos besos, estás muy guapa.

-Gracias -digo dejando que me bese la mejilla. No se me ocurre ninguna otra cosa que decir, ni siquiera devolverle el cumplido. Lo cierto es que la tía está bastante desmejorada. Vieja, está vieja. Y tiene unas profundas ojeras azules que casi le abarcan toda la cara. No está alegre, pero es que ahora, ya nadie está alegre.

A mi padre le han sentado en un sillón azul de piel artificial y está atado con un arnés para que no se caiga. Aún así, le cuelga la cabeza. Está dormido en una especie de coma que tal vez sea sueño, pero que parece coma, y del que no termina de despertar.

Mi tía se llama Blancanieves, pero todos le llaman Blanqui. No sé mucho de ella, de modo que no sé bien cómo iniciar una conversación. Me siento enfrente y trato de acomodar a mi padre, por hacer algo. Hay silencio, pero de pronto, ella empieza a hablar:

-Un día, recuerdo un día… Un día, el tío Martín nos llama a mi hermano y a mí, y nos dice que tenemos que vestirnos guapos porque el Padre quiere vernos. Dice que acabamos de cumplir años y que quiere estar con nosotros. Hacía mucho que no veíamos al Padre, y que por eso quería vernos, porque habíamos cumplido años.

Y nosotros le creímos.

Cuando entramos en la casa, vemos al padre muerto encima de la cama y con dos velas encendidas, una a cada lado.

¡Mira! Tú no sabes qué impresión nos dio eso. Las velas movían la sombra del padre muerto haciendo dibujos en las paredes.

Nos caemos, recuerdo que los dos nos caímos al suelo del susto. ¡Qué cosas se hacían antes! ¿No? Diez años tenía yo y mi hermano ocho. ¿Por qué haría eso el tío Martín?

Te juro que no olvidaré nunca aquel día. Nunca, da igual el tiempo que viva.

La tía Blanqui se calló de pronto. Mi padre seguía dormido luchando por cada respiración.

-Desde luego, es increíble -digo y no se me ocurre decir otra cosa.

Luego, hubo silencio otra vez.

Algunas historias, sencillamente, no tienen ninguna moraleja.

01
Abr
09

Cerrado por derribo

Me ocurre a veces un déjà-vú, cuando vuelvo a casa por la calle Caminolafuente. Creo que es sólo eso, un déjà-vú, pero siempre es el mismo, y en el mismo lugar.

Camino de regreso a casa, mirando hacia abajo, mientras veo como el suelo se queda atrás bajo mis pies cuando de pronto miro a la derecha y ahí está la vieja tienda de caramelos «Dulces Gloria», pintada de verde pistacho y con la eterna luz amarilla encendida dentro, exactamente igual que estaba cuando solíamos ir de niños a pasar allí la tarde. A pesar de llevar el nombre de «Gloria», detrás del mostrador siempre hubo un viejo, que siempre fue viejo y que se llamaba José. Miro la tienda y José me hace señas con la mano, para que cruce la calle y entre.

Entonces miro al suelo porque no quiero mirar al viejo, y veo como el suelo desaparece bajo mis pies, y yo trato de avanzar, y de hecho creo que he avanzado y miro a la derecha y veo con angustia que no me he movido del sitio, sigo estando a la altura de la tienda de caramelos y el viejo me hace señas para que cruce. Y yo miro al suelo porque no quiero mirar al viejo y el bucle se repite una y otra vez hasta hacerme enloquecer.

Puede que no sea un déjà-vú. Puede que sea una obsesión.

Entonces me paro tratando de buscar cordura en todo aquello y levanto los ojos. La tienda hace años que ha desaparecido, la madera hinchada y negra de la entrada parece una boca desdentada que no acierta a sujetar bien la puerta. La persiana deformada por los años hace tiempo que no carraspea. Lleva en sus entrañas acumulada el polvo y la grasa de años que hoy parece que son miles. El escaparate, inexistente, me mira desde una negra oscuridad que debe conducir directamente al infierno, y siempre, siempre, escupe frío. El Infierno,  en contra de lo que piensa la gente, debe ser frío y mucho. Y sin duda esa tienda es la entrada al mismo reino de Lucifer.

Entonces recuerdo aquel mes de Febrero, el invierno de la nevada. Los niños jugábamos con la nieve y nos enfrascamos en una dura batalla de bolas que terminó en la Tienda de Gloria. Y allí fue donde golpeé a Teresa sin querer, y allí fue donde vi sus ojos. Me enamoré de aquellos ojos azules y entonces fui besado por primera vez.

El amor pronto se vio sacudido por el deseo y mis manos, muertas de curiosidad, no se conformaron con el tierno cuerpo de Teresa, y perseguí a Inés, y a Marta. Las mujeres son bellas porque son muchas, y en eso radica precisamente el amor. En poder ver muchas, muchas caras. Muchos labios.

Teresa siguió esperandome dentro de la tienda de caramelos, aunque yo procuraba evitar pasar justo por delante de la puerta. Igual que hago ahora, siempre regreso a casa por la acera de enfrente.

Si aquel invierno no hubiera nevado, si no hubiera yo sentido el roce del amor, si el suelo no hubiese estado tan congelado después de la pelea, si aquel coche hubiera decidido no pasar por allí esa tarde…

Yo volvía a casa por Caminolafuente, mirando al suelo, no quería que me viera Teresa. Pero no pude evitar mirar a la derecha, y el viejo José me hacía señas para que cruzara -Teresa estaba allí, seguro- y yo desvié la mirada al suelo para no verla a ella, pero ella salió de pronto, y el suelo estaba muy resbaladizo, y el coche no pudo frenar y yo seguía caminando.

Teresa murió aquella tarde y yo ni siquiera me paré a mirar. De eso hace ya más de treinta años.

No me gusta pasar por Caminolafuente, de regreso a casa. Pero hoy he vuelto a ir por allí. No entiendo por qué deseo mortificarme algunas veces, por qué necesito vivir aquella tarde una y otra vez. Hoy he pasado por allí y me he detenido justo en frente. José no me hacía señas desde dentro, ni estaba Teresa esperandome, ni la luz era amarilla ni las paredes verdes. Lo que entonces fue una tienda de golosinas hoy solamente es una lonja abandonada dentro de un ruinoso edificio de tres plantas, comido de polución y humedad.

Hoy en la persiana cuelga un cartel que dice «Cerrado por derribo».

Ojalá sea así.




Un Rincón Tranquilo

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