Algunos pecados son tan terribles que no pueden esperar al Infierno para ser expiados.
Esto era lo que pensaba Pascuala Sandiego, exiliada durante años en una casa de las afueras de la que se había convertido a la vez en prisionera y guardiana, ya que no permitía entrar o salir a nadie bajo ningún concepto.
Cuentan que todo comenzó hace unos ochenta años, cuando vino al mundo la primera hija de los Sandiego a la que quedaron en llamar Pascuala. Se dice que ella fue el fruto de una relación incestuosa entre hermanos y que por ese motivo, Pascuala había nacido con una pierna más larga que otra y con los pulgares atrofiados. Dijeron que su desfiguración era un castigo al pecado carnal de sus padres y la tacharon de maldita. La mujer, de fuerte carácter, no se dejó amilanar y consiguió salir adelante a pesar de su deformidad. Pero el destino puso en su camino al tío Ántico, que la cortejaba infatigable por los salones de la casa, y así fue como Pascuala quedó embarazada de su único hijo Ernesto.
Descubrieron las matronas con horror que el niño había nacido con una deformidad al final de la columna vertebral que se asemejaba a una cola. Pascuala, supo en seguida que aquello era fruto de la maldición y en seguida pensó que el niño era una reencarnación del diablo. Lo primero que se le ocurrió fue deshacerse de él y terminar así con la condena de la familia. Sin embargo, nadie tuvo valor suficiente para matar a la criatura, de modo que decidieron esconder al niño en la casa hasta el fin de sus días. El niño creció con la única compañía de una tía soltera, su madre y su abuela, y cuentan que una vez tuvo la edad suficiente, dejó preñada a su tía tras una noche de desenfreno y alcohol.
La tía parió a los nueve meses una criatura que bien podría tratarse de un esperpento de feria. Hubieran sido hermanas gemelas, pero a pesar de tener dos cabezas y dos cuerpos, ambas estaban unidas a la altura de las caderas, compartiendo piernas.
Tampoco en esta ocasión nadie tuvo valor de acabar con las niñas, que crecieron en cautividad al igual que su padre. Pascuala se veía envejecer encerrada en la casa con aquella colección de engendros familiares que ella se empeñaba en apartar del mundo.
Con el paso del tiempo, las niñas, se transformaron ante los ojos atónitos de su abuela en dos despampanantes medias-bellezas que además, parecían poseídas por algún espíritu infernal lujurioso, ya que disfrutaban haciéndose ver a través de las ventanas mientras se desnudaban. Ese inusual espectáculo llamó la atención de Joaquín, un cartero que era uno de los pocos seres humanos con acceso a la vivienda. El iluso Joaquín no supo resistirse a la inmensa atracción que le suponía copular con una mujer de dos cuerpos y con dos cabezas. Se materializaba así su fantasía sexual de satisfacer a dos mujeres a la vez con sus embestidas.
Los encuentros amatorios, aunque breves, eran bastante frecuentes, y cómo no, el cartero terminó por embarazar a sus amantes. O a su amante, si se la miraba por abajo.
Ni que decir tiene que la vieja Pascuala estalló en cólera y recluyó a las gemelas en la habitación más alta en espera de la siguiente generación maldita.
Nueve meses después vino al mundo un niño aparentemente normal. Pascuala miró su espalda en busca de alguna cola, por si hubiera salido a su abuelo, sus pulgares no eran deformes y sus piernas eran de la misma longitud, así que tampoco había salido a ella. No parecía sufrir ningún castigo del Señor. El detalle vino después, cuando intentó colocarle los primeros guantes y vio que solo le encajaba uno.
El niño tenía dos manos izquierdas.
«Está bien –pensó Pascuala– nadie tiene por que darse cuenta. Es el niño más normal que he visto en tres generaciones. Yo me ocuparé mientras viva de que no se junte con ningún familiar y así terminaré con la maldición.»
Era un lunes de mañana cuando el albacea de la difunta Pascuala llamó a los herederos y pasó a leer su legado. Matías, el hombre de las dos manos izquierdas, se hizo con la casa y los terrenos, y todo el ajuar que en ese momento hubiera. El dinero recayó sobre Ernestina, una prima lejana a la que no conocía y que curiosamente, tenía dos manos derechas. Pascuala en su esfuerzo por acabar con la maldición, se había cuidado de mantenerla lejos del alcance de Matías.
Hasta entonces.


Las cosas que dicen