Cuenta la leyenda que hubo una mujer que fue nombrada Papa. De origen humilde, Juana descubrió pronto que era más inteligente que sus hermanos y que tenía más facilidad para los estudios. Aprovechando una terrible revuelta que hubo por parte de unos bárbaros en la ciudad, Juana se vistió de hombre y consiguió así escapar del saqueo. Juana se convirtió entonces en Juan y se dio cuenta que así vestida, todo era mucho más fácil. No tardó en hacerse camino en el difícil mundo eclesiástico y terminó en la curia de Roma, siendo elegida Papa con el nombre de Benedicto III.
Cuentan que fue ella la que propuso mojar el pan en vino en la comunión, evitando así la costumbre de la época en que se pasaba el mismo cáliz por todos los feligreses, contagiándose la peste.
Dicen que Juana quedó embarazada de un apasionado amor y que dio a luz en el transcurso de una procesión, en medio de Roma, donde murió.
Por supuesto que se intentó por todos los medios ocultar cualquier cosa que pudiera recordar aquel terrible episodio y es por eso que hay una etapa en los archivos donde todas las referencias al pontificado son confusas o no existen.
Desde entonces, las procesiones en Roma evitan el trayecto del Vaticano a Letran, a pesar de ser ese el camino más lógico para seguir.
También se dice que desde entonces se utilizó el método de “la silla” para elegir el papa, en el que el candidato se sentaba sin ropa interior en una silla a la que se le había quitado parte del asiento. Un cardenal se ocupaba de entrar debajo de la silla y comprobar los genitales del nuevo papa y con las palabras “Tiene dos y cuelgan bien” el Papa podía pasar a ser elegido.


Las cosas que dicen