El preso ve la navaja encima del marmol. Es una navaja pequeña, uno de esos cortauñas que regalan como publicidad., pero para él es suficiente. Le separan apenas unos metros de ella, no puede dejar de mirarla, como si con la fuerza de la mirada la pudiera atraer de algún modo.
O algo así.
-Mea sin hacer ruido -dice el carcelero- hazlo apuntando a las paredes de la taza, no quiero que despiertes a Jack. Tiene el oido muy fino.
El preso obedece sin poder quitar la vista de la navaja. Intenta no hacer ruido pero a veces se le escapa y el chorrito suena. El carcelero aprovecha entonces para zarandearle de la camisa que un día fue de color verde pastel.
Todos los recuerdos se le amontonan en la cabeza y siente una náusea al ver aquel pestilente váter que parece ser un aviso de lo que será su futuro en adelante. Su vida ha terminado en realidad, a partir de ahora sólo vivirá retazos de su muerte.
No se lo piensa y decide actuar. Se lanza a por la navaja y en un movimiento brusco e inesperado consigue clavarsela en la cara al carcelero, que ciego de ira y dolor, desenfunda su pistola y la vacía en el cuerpo del preso que ya no orina.
-Gracias – murmura el preso antes de morir.
El carcelero se lleva la mano a la herida y dice solamente
-Hijo de puta.


Nos deja como siempre sin palabra con ese sabor agridulce de tus escritos… saludos