Archivos para Septiembre 2009

16
Sep
09

Niña sin madre

Llueve y por dentro, estoy mojada. Un nudo en mi interior y una nube en mi cabeza se han confabulado y llevo ya tiempo sin poder sonreír.
Llueve y anochece pronto. El otoño va ganando terreno al agotado verano y lame cada día un poco las horas de luz. También hace más frío, bueno, un poco más.
Y llueve.
Debería ir a casa, ya no apetece tanto quedarse en la calle hasta tan tarde, cuando se hace de noche, y hace frío… y llueve. Pero en lugar de eso, esta noche he ido a casa de la Tía. Es curioso, porque a veces cuesta mucho subir a su casa, como si también tuviera ciertos poderes mágicos y no se dejara visitar.
Hoy no me ha costado subir la cuesta, y he decidido llevarle a la tía una botella de whisky. No he encontrado ningún sombrero de caballero, pero le he comprado unos zapatos. Tal vez le gusten.
La tía agradeció con risas la botella y examinó con cuidado los zapatos. Pareció satisfecha y me ofreció algo de beber.
-No quiero nada, tía, de verdad.
La tía arrugó la cara con un gesto y pareció comprender. En cambio no dijo nada. Arrastró sus pies convertida en una venerable anciana hasta encontrar una taza de porcelana en la que vertió una ración y media de whisky. Después me inquirió con la mirada.
-Es el trabajo. Hay una persona… bueno, varias personas… piensan que son mejores que yo. Llevan mejores ropas y mejores zapatos. Visten con estilo y jamás les he visto repetir modelito.
La tía dio un sorbo a su taza.
-Presumen… presumen de cosas, de cosas tontas. Presumen de lo grande que son sus casas, de lo bien ordenadas que están sus habitaciones, de lo agradable que son sus mascotas, de lo bien que organizan sus vidas. Y de sus maridos. Sus maridos son viriles, y fuertes, y aunque una se mete siempre con el marido de la otra, las dos hablan de ellos satisfechas, y parecen relamerse como lo hacen las vacas en el prado.
La tía siguió mirándome en silencio.
-La madre de una de ellas debe ser una pesada porque está todo el rato llamándola por teléfono. Y sólo por tonterías. A veces porque el gato no quiere comer. Otras veces porque no encuentra la llave del garaje. O porque busca unas tiritas y no sabe cual ponerse. Ahora, las tiritas también son complicadas de utilizar. Las hay para ampollas, para callos, para herpes…
La tía no sonreía aunque yo hubiera tratado de ser graciosa con mi última frase.
-Además, creo que me desplazan. Es como si me vieran más pobre y más vieja. Como si…
-Pobre niña –dijo al fin la tía- Pobre niña que nació sin madre y que se ha cansado ya de buscar abrazos en el fondo de las copas de vino.
De pronto mis ojos se llenan de lágrimas y una tormenta de dolor amenaza seriamente con desbordarse desde mi corazón.
No consigo detenerlo y comienzo a llorar en silencio.
La tía me abraza. Me abraza con su abrazo invisible de tía inventada. Y susurra en mi oído palabras dulces que apenas puedo descifrar.
-Finges que nada importa y te lo echas todo a la espalda, porque tienes la espalda grande. O eso crees. Crees que puedes soportar tú sola todos los problemas, crees que naciste fuerte o tal vez, sabes que no vas a encontrar a nadie que te ayude.
No son esas chicas del trabajo. No son sus casas ni sus ropas, ni su forma de hablar. Ni siquiera lo apasionados que sean sus hombres, ni el placer que sienten cuando yacen bajo ellos, sudando con cada empujón.
Ojalá pudiera ayudarte, niña. Pero sólo soy una proyección de ti misma que ha conseguido escapar de tu presente y no puedo ofrecerte consuelo.
Pero yo soy más fuerte que tú, sólo porque tengo más años. Aquello que tú no soportes, lo haré yo por ti.
Fundidas en nuestro inexistente abrazo, me encuentro llorando entre las sábanas. No sé cómo he llegado aquí, pero hay una botella de whisky volcada en el suelo. No me siento borracha, así que no creo que me la haya bebido yo.
-Recuerda que tienes suerte, niña. No lo olvides nunca. Tienes suerte no sólo porque aún estás viva. Si no porque tienes muchas ganas de vivir.
Nunca haces sola el camino, cuando cojes tus rutas camino del sur. Nunca llegas sola a tu destino aunque allí no haya nadie, nunca las nubes se ciernen únicamente sobre ti, ni eres tú la única a la que el sol ilumina.
Y si llueve –como hoy- no eres tú la única que se moja. Hay alguien siempre contigo. Y por eso, niña que nació sin madre, eres afortunada.

09
Sep
09

El sueño

Esta noche no me vestiré de fantasma para ir a recorrer viejas calles de mi recuerdo. No, no me apetece. Hoy esperaré paciente a que llegue el sueño. Quietita, como una niña buena. Arrebujada entre las sábanas, apretando la almohada, esperando, sólo eso.

Aunque sabes que no me llevo muy bien con ese tipejo, Morfeo. Es un idiota, y  creo que yo tampoco le caigo muy bien, porque no hay manera de que se anime a traerme mi ración de sueño. El muy cabrón.

Esta noche me ha llevado a un lugar nuevo. Es una especie de anfiteatro romano, con gradas en piedra y al frente, un escenario en semicírculo.

Apenas hay gente, da la sensación de que he llegado demasiado pronto. En las manos tengo dos piedras con números romanos tallados. El XII y el V. No sé qué significa. No sé si indican la fila y butaca. Pero en ese caso, no sé si indican la fila V y el asiento XIII o la fila XIII y el asiento V.

Da igual, me he sentado en un sitio cualquiera. Ya vendrán a echarme si acaso pasara algo.

Pero no viene nadie. Al menos, la noche es muy agradable. Una ligera brisa me refresca y el cielo no puede estar más estrellado. No hay luna aún, pero eso no importa.

Sigo esperando mi ración de sueño y entonces alguien se sienta al lado mio. Parece locuaz y no deja de hacerme preguntas pero por algún motivo, yo no quiero contestar. Al final se cansa y se queda callado.

Detrás se ha sentado alguien vestido con una túnica y con la cara oculta por una enorme capucha, como si fuera un monje fuera de lugar.

Creo que es un remordimiento.

No habla y se lo agradezco. No es necesario que hable para que una punzada de dolor atraviese mi corazón. Tengo un asunto pendiente con mi familia que cada vez se hunde más en un pozo sin fondo, y ahora no sé cómo sacarlo de ahí. A veces lo miro pensando si no sería mejor huir e imaginar que nunca he visto cómo se hundía.

El tipo de la capucha no se marcha. Yo finjo no verle y me convenzo de que así es mejor.

En el escenario, alguien aparece de pronto. Enciende una tea con fuego y luego se marcha. Parece aburrido, como si cada día tuviera que hacer  la misma labor.

Me pregunto dónde andará el estúpido de Morfeo. ¿Será capaz de dejarme otra noche en vela con el tipo locuaz a mi lado y el monje silencioso a mi espalda?

La brisa comienza a susurrar una canción apenas audible. Alguien aplaude en la primera fila y noto una rapaz volando cerca de mi cabeza.

Creo que sonríe. Tal vez seas tú.

-Ya no pienso en viejos amores brasileños -dice.

Y me doy cuenta que me he dormido.

Agradecida, sonrío en sueños y aprovecho esos minutos de paz.

El monje se mueve en su asiento y yo tengo una pesadilla. Apenas han pasado dos horas y ahora tengo que volver a encontrar sitio.

Vago por las gradas buscando un espacio libre hasta que al fin consigo hacerme un hueco en el pasillo de la primera fila.

No puedo ver la función, que a estas horas ya está muy avanzada, pero el sonido de las voces me adormece otra vez. Tú no estás pero afortunadamente, el monje tampoco.




Un Rincón Tranquilo

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