Archivos para Octubre 2009

07
Oct
09

Se traspasa librería. Buena zona. Razón Aquí.

Se puede decir que mi padre murió por su amor a la lectura. Atesoraba libros con la misma pasión que un niño colecciona bichos, como un cura colecciona feligreses o como una puta guarda su dinero. Los apilaba por toda la casa pero su santuario era sin duda la biblioteca, una habitación completamente llena de ellos. Montañas de libros ordenados por algún criterio que sólo mi padre conocía, pero que al ojo extraño parecía un desastroso caos. Por desgracia, uno de esos días en que mi padre se había encerrado en la biblioteca a deleitarse con alguna nueva adquisición, una de las enormes montañas de libros, la encabezada por Perez Reverte, cedió desencadenando un imparable efecto dominó que cayó sin piedad sobre su cabeza, dejandole sepultado bajo una tonelada de papel encuadernado. Nos costó tres días sacarlo de allí.

La terrible noticia llegó a mi madre, famosa escritora, justo cuando se encontraba en medio de la presentación de su última novela “El mundo en un cajón”. Salió tan precipitadamente del centro comercial donde firmaba autógrafos que desgraciadamente, fue arrollada por una carretilla que transportaba diez pallets de la última novela de Ken Follet y que quedaron esparcidos por doquier en el pasillo de oportunidades.

Mi hermana Ágata quedó al frente de la librería familiar, pero por desgracia murió dos días después, intoxicada mientras colocaba en el almacén la última remesa de la trilogía de Steig Larsson, que había sido encuadernada con una dosis letal de  tricloroetano.

Creo que lo más sensato es que me aparte de las letras todo lo posible, así que esta misma mañana he puesto el anuncio.

¿Hay algún interesado?

04
Oct
09

Hikikomori

Explotó el último chip que quedaba en su cabeza, haciendo un ruido que podría considerarse silencioso, pero que a pesar de todo, pudo escucharse aquella noche.

La luz bellamente artificial que emanaba del ordenador, era la única que había en la habitación, y por lo tanto, en el mundo. Bañaba su cara pintándola de un color blanco azulado mortecino, hiriendo sus retinas pero eso ya no importaba.

Sentía que el sueño ya no volvería nunca más y eso le hacía sentirse fuerte, diferente. Como un Dios, o tal vez un robot. Sin sentimientos e inmortal. Sin vida. Eternamente sin vida.

Tenía más de cien pestañas abiertas en su navegador de internet. Sus páginas sociales, sus cuentas de correo, sus ventanas de chat, (muchas, muchas conversaciones a la vez) ventanas de exploración para cualquiera de sus dudas, actualizaciones, programas… Todo a la vez y él sabía que podía con todo. Su mente iba evolucionando y haciendose grande y mejor.

El sueño había desaparecido para siempre de su cabeza. A veces tenía microsueños que le transportaban a extraños mundos y le hacían vivir fantasías imposibles. Luego, en su duermevela  eterno, seguía investigando por todas las  páginas posibles de la red. Como si pudiera verlo todo.

Emitió un gruñido porque ya no le salía la voz.

Dicen que algunas personas, viven durante años e incluso toda su vida dentro de su cuarto. Que no salen ni siquiera para comer y se alimentan de lo que algún alma caritativa les pasa por debajo de la puerta. La comida que en ocasiones le llegaba tras la puerta no tenía ya ningún interés para él y se quedaba amontonada pudriendose por todas partes.

El aislamiento hace que  esos seres olviden la forma de hablar, terminan volviendose ermitaños salvajes dentro de su cuarto y ya no pueden volver a convivir con nadie nunca más. Había una página abierta en alguna parte de su ordenador que hablaba de los hikikomori. Pero él no era uno de ellos.

Él había dejado de ser alguien hacía ya mucho tiempo.

01
Oct
09

El recreo

-Hola. Me llamo Mari, pero todo el mundo me llama Madalenas. Como la canción. ¿Sabes?
La mano de Aquella chica rechoncha y risueña se quedó flotando en el aire, esperando que yo la estrechara. Mi silencio no fue suficiente para hacerla callar y siguió parloteando.
-Es tu primer día ¿verdad? No te preocupes. Poca gente habla en su primer día. Mira, ¿ves aquella de allí, la de coleta? Esa todavía no ha abierto la boca y ya lleva aquí dos meses. La llamamos Alex, por un tatuaje que lleva en un brazo. Pero creo que es el nombre de su novio. O tal vez ella se llame Alexandra. No lo sabemos, como no habla… Así que eres nueva.
Emití un gruñido tratando de parecer indiferente.
-¿Y qué eres? ¿Anoréxica o bulímica? ¿O eres alguna otra cosa?
-Anorexia -murmuré al fin
-¡Bien! Una más. Ya somos quince contra trece. Ya sabía yo que la siguiente sería de las nuestras.

Yo deseaba que se callara, pero a la vez, de forma extraña, me gustaba oírla hablar. Y ella siguió hablando.

-¿Aún no te han dado habitación? Aquí da igual el cuarto que te toque, todos son iguales. Todos la misma mierda. Las ventanas están cubiertas con paneles de madera, ya sabes, para evitar los cristales rotos. Por eso siempre está dada la luz artificial. Aquí siempre es de día, como en las granjas de pollos -la chica se rió y su risa era casi hermosa-. Aunque da igual, si uno abre la ventana lo único que encuentra son barrotes. Y por la noche, no te la dejan abrir, nunca entra aire. Acabas acostumbrándote, aunque al principio tal vez no puedas quitarte de encima el olor a cerrado.

Era cierto. Olía a hospital, a medicinas, a vómitos, a lejía y a cerrado.

-Aquella de allí, la rubia, esa está aquí por drogata. Es de las pocas que han metido y no sé que pinta aquí. Ha intentado cortarse las venas al menos tres veces. La llamamos la momia porque cada poco aparece con las manos vendadas.

La chica, esa Mari Madalenas, se quedó callada por un momento. Luego volvió a hablar pero ya no parecía contenta.

-Este sitio es una mierda, da igual lo que te hayan dicho. Una pura mierda. Pero es mejor aparentar que te gusta, así te dejan en paz. Yo -ella se acercó para hablarme en privado- yo voy a escaparme de aquí, ¿sabes? Lo tengo todo pensado. Será a la hora del recreo. Hay una ventana que no tiene barrotes, en el salón principal. Necesito que alguien monte un numerito para distraer a las celadoras y yo saltaré por la ventana. No es mucha altura, y a las once y media siempre hay aparcado debajo un camión, lo tengo controlado.
No es que tenga mucho ahí afuera, pero no soporto más este sitio.

De pronto, sus ojos se fueron nublando con dolor, y me pareció hermosa. Muy hermosa y triste.

-No… no tengo familia. Bueno, no es que no tenga, es que hace mucho que no sé nada de ellos. Mi madre no me habla por algo que hice y piensa que estoy loca. Y mi padre… bueno, lo último que sé es que estaba enfermo, pero no creo que haya muerto. Me lo hubieran dicho ¿no te parece? Nadie es tan cruel como para ocultarte que tu padre ha muerto. Así que seguramente, estará vivo, en el hospital. Podría ir a verle.
Y no solo eso. El otro día vi a mi sobrino. Tengo un sobrino mayor, ¿sabes? Treinta años, tiene. Le vi pasar por aquí debajo, por esta misma calle. Le saludé pero no me vio. No miró hacia arriba. Es el único que me queda, vive cerca. No se ha pasado a verme pero es que seguro que no se ha enterado de…

El dolor de sus ojos estalló en lágrimas y se abandonó a llorar encima de la mesa.
¡Pobre ser desgraciado, enfermo y solo! Una celadora vino corriendo y se la llevó para darle la medicación. Ella se resistió todo lo que pudo, entre gritos y patadas, chillando palabras ininteligibles acerca de su sobrino y de una montaña de magdalenas.
Miré a mi alrededor y me entró miedo. Todas esas personas solitarias y asustadas no eran más que reflejos de mi misma.
Una voz a mis espaldas me dijo que me levantara de allí.
-Deja este sitio libre, mézclate con las demás, así las vas conociendo. Vamos, anímate. Es tu primer día y el recreo acaba de empezar.




Un Rincón Tranquilo

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