-Hola. Me llamo Mari, pero todo el mundo me llama Madalenas. Como la canción. ¿Sabes?
La mano de Aquella chica rechoncha y risueña se quedó flotando en el aire, esperando que yo la estrechara. Mi silencio no fue suficiente para hacerla callar y siguió parloteando.
-Es tu primer día ¿verdad? No te preocupes. Poca gente habla en su primer día. Mira, ¿ves aquella de allí, la de coleta? Esa todavía no ha abierto la boca y ya lleva aquí dos meses. La llamamos Alex, por un tatuaje que lleva en un brazo. Pero creo que es el nombre de su novio. O tal vez ella se llame Alexandra. No lo sabemos, como no habla… Así que eres nueva.
Emití un gruñido tratando de parecer indiferente.
-¿Y qué eres? ¿Anoréxica o bulímica? ¿O eres alguna otra cosa?
-Anorexia -murmuré al fin
-¡Bien! Una más. Ya somos quince contra trece. Ya sabía yo que la siguiente sería de las nuestras.
Yo deseaba que se callara, pero a la vez, de forma extraña, me gustaba oírla hablar. Y ella siguió hablando.
-¿Aún no te han dado habitación? Aquí da igual el cuarto que te toque, todos son iguales. Todos la misma mierda. Las ventanas están cubiertas con paneles de madera, ya sabes, para evitar los cristales rotos. Por eso siempre está dada la luz artificial. Aquí siempre es de día, como en las granjas de pollos -la chica se rió y su risa era casi hermosa-. Aunque da igual, si uno abre la ventana lo único que encuentra son barrotes. Y por la noche, no te la dejan abrir, nunca entra aire. Acabas acostumbrándote, aunque al principio tal vez no puedas quitarte de encima el olor a cerrado.
Era cierto. Olía a hospital, a medicinas, a vómitos, a lejía y a cerrado.
-Aquella de allí, la rubia, esa está aquí por drogata. Es de las pocas que han metido y no sé que pinta aquí. Ha intentado cortarse las venas al menos tres veces. La llamamos la momia porque cada poco aparece con las manos vendadas.
La chica, esa Mari Madalenas, se quedó callada por un momento. Luego volvió a hablar pero ya no parecía contenta.
-Este sitio es una mierda, da igual lo que te hayan dicho. Una pura mierda. Pero es mejor aparentar que te gusta, así te dejan en paz. Yo -ella se acercó para hablarme en privado- yo voy a escaparme de aquí, ¿sabes? Lo tengo todo pensado. Será a la hora del recreo. Hay una ventana que no tiene barrotes, en el salón principal. Necesito que alguien monte un numerito para distraer a las celadoras y yo saltaré por la ventana. No es mucha altura, y a las once y media siempre hay aparcado debajo un camión, lo tengo controlado.
No es que tenga mucho ahí afuera, pero no soporto más este sitio.
De pronto, sus ojos se fueron nublando con dolor, y me pareció hermosa. Muy hermosa y triste.
-No… no tengo familia. Bueno, no es que no tenga, es que hace mucho que no sé nada de ellos. Mi madre no me habla por algo que hice y piensa que estoy loca. Y mi padre… bueno, lo último que sé es que estaba enfermo, pero no creo que haya muerto. Me lo hubieran dicho ¿no te parece? Nadie es tan cruel como para ocultarte que tu padre ha muerto. Así que seguramente, estará vivo, en el hospital. Podría ir a verle.
Y no solo eso. El otro día vi a mi sobrino. Tengo un sobrino mayor, ¿sabes? Treinta años, tiene. Le vi pasar por aquí debajo, por esta misma calle. Le saludé pero no me vio. No miró hacia arriba. Es el único que me queda, vive cerca. No se ha pasado a verme pero es que seguro que no se ha enterado de…
El dolor de sus ojos estalló en lágrimas y se abandonó a llorar encima de la mesa.
¡Pobre ser desgraciado, enfermo y solo! Una celadora vino corriendo y se la llevó para darle la medicación. Ella se resistió todo lo que pudo, entre gritos y patadas, chillando palabras ininteligibles acerca de su sobrino y de una montaña de magdalenas.
Miré a mi alrededor y me entró miedo. Todas esas personas solitarias y asustadas no eran más que reflejos de mi misma.
Una voz a mis espaldas me dijo que me levantara de allí.
-Deja este sitio libre, mézclate con las demás, así las vas conociendo. Vamos, anímate. Es tu primer día y el recreo acaba de empezar.
Las cosas que dicen