Se puede decir que mi padre murió por su amor a la lectura. Atesoraba libros con la misma pasión que un niño colecciona bichos, como un cura colecciona feligreses o como una puta guarda su dinero. Los apilaba por toda la casa pero su santuario era sin duda la biblioteca, una habitación completamente llena de ellos. Montañas de libros ordenados por algún criterio que sólo mi padre conocía, pero que al ojo extraño parecía un desastroso caos. Por desgracia, uno de esos días en que mi padre se había encerrado en la biblioteca a deleitarse con alguna nueva adquisición, una de las enormes montañas de libros, la encabezada por Perez Reverte, cedió desencadenando un imparable efecto dominó que cayó sin piedad sobre su cabeza, dejandole sepultado bajo una tonelada de papel encuadernado. Nos costó tres días sacarlo de allí.
La terrible noticia llegó a mi madre, famosa escritora, justo cuando se encontraba en medio de la presentación de su última novela “El mundo en un cajón”. Salió tan precipitadamente del centro comercial donde firmaba autógrafos que desgraciadamente, fue arrollada por una carretilla que transportaba diez pallets de la última novela de Ken Follet y que quedaron esparcidos por doquier en el pasillo de oportunidades.
Mi hermana Ágata quedó al frente de la librería familiar, pero por desgracia murió dos días después, intoxicada mientras colocaba en el almacén la última remesa de la trilogía de Steig Larsson, que había sido encuadernada con una dosis letal de tricloroetano.
Creo que lo más sensato es que me aparte de las letras todo lo posible, así que esta misma mañana he puesto el anuncio.
¿Hay algún interesado?


Las cosas que dicen